No me puedo creer que llegue este momento. Sí, es cierto, cada día es igual pero siempre es diferente. No sabría explicar lo que me pasa por la cabeza, o las mariposas que siento en el estómago cuando se acerca la hora. El resto de día me es indiferente. Puedo estar haciendo algo o no. Puedo estar matando el tiempo o muñecos de trapo. Lua es buena compañía pero nada ni nadie hace que se me iluminen los ojos como ella. Sé que no vamos a hacer ningún plan nuevo y emocionante, pero el simple hecho de pasear por el parque a su lado me hace no desear nada más. La semana pasada, un día llegó malhumorada del trabajo. Había tenido un día duro y tuve que sacar mis mejores armas de seducción. ¿Qué si conseguí hacerle reír? ¿Acaso lo dudabas?
Pasamos apenas tres horas juntos al día, pero las vivo intensamente sin separarnos ni un segundo. Cuando llega la hora de dormir, siempre me avisa para que me tumbe junto a ella en la cama. Puede que ese sea, definitivamente, mi momento favorito del día. Me mira y el tiempo se paraliza. Sé que conoce cada mancha de mi cuerpo y le encanta acariciar todas ellas mientras hace balance del día y repasa mentalmente la agenda del día siguiente. En ese instante en el que se le cierran los ojos, me encantaría poder decirle «buenas noches», pero sólo puedo ladrar y hacer que mi cola inquieta se exprese por mi.
