La reina miró a su rey justo cuando su orgasmo se hizo inevitable. Y en ese mismo segundo, después de 10 años de compartir lecho con su amor, supo que iba a ser madre. Mordió la lengua de su marido y, apretando aún su cuerpo contra sus muslos, le susurró al odio: ¡Esta vez, sí!
Y llegó ella. Y con su llegada colmó de felicidad a sus padres y a todo el reino. La bella Aurora brillaba con luz propia en aquel castillo de vicio y perdición. Y las hadas del reino acudieron encantadas a palacio a regalar sus hechizos a la recién nacida: tus labios serán tan dulces que nadie podrá besarte solo una vez, tus manos serán tan suaves que hombres y mujeres temblarán sin remisión bajo tus caricias, tu sexo será tan caliente que hasta los caballos querrán vivir dentro de ti…Y así se sucedieron los bellos deseos hasta que llegó Morgana. Roja de rabia y celos, cambió virtud por castigo y dijo así: Cuando el deseo de tu amado te envuelva y a tu sexo acceda apremiante, caerás en un sueño eterno del que no podrás despertarte. Y marchó dejando una corte desolada tras de sí.
16 años estuvieron escondiendo a Aurora de cualquier muchacho. Aun cuando la última hada buena hubo mitigado el horror de aquel presagio, el peligro era demasiado. Ya no sería un dormir sin fin: despertaría si podía ser tan deseada, que fuese besada con pasión, aun a costa de la propia muerte del incauto ardiente.
Ignorando esta maldición que cargaba sobre sus dulces hombros, una mañana en el bosque, Aurora encontró un leñador. Cortaba leña sin descanso. Su cuerpo se dibujaba perfecto y potente a través de su humilde atuendo, y ella cayó presa de un nuevo deseo, de una urgencia sin conocer. Y se acercó para tocarle, mientras él soltaba rápidamente su hacha y buscaba los labios de Aurora. Y la besó una y otra vez hasta que sus pantalones no pudieron contenerlo. Desnudó jadeante a la febril Aurora, que abrió sus piernas, deseosa de recibir al leñador. Y en ese instante justo en que sus sexos se tocaron, la joven cayó muerta en brazos de su ardoroso amante.
Así, inerte y sin vida, permaneció hasta que ,100 años después, un apuesto príncipe la encontró tendida en un lecho de flores en el bosque, a los pies de un letrero que rezaba: No besar, peligro de muerte. No pudo dejar de contemplar extasiado la extremada belleza de Aurora: su delicada piel blanca, sus largas pestañas, sus rosados labios carnosos, sus jóvenes pechos apuntando al sol y sus largas piernas abiertas. Sin poder evitarlo, iba acercándose lentamente hacia la muchacha y sin remedio, olvidando el aviso, selló sus labios con el beso mortal tanto tiempo esperado. Muerto el príncipe, resucitó Aurora que, viendo su cadáver desconocido a los pies del lecho, pasó sin pudor por encima, y de una gran zancada, se adentró en el bosque rápidamente, en busca de su leñador 100 años soñado.
