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Sensaciones (I)

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Alicia se acercó pausadamente a la ventana sur de la sala. El sol de Julio golpeaba violentamente las lamas exteriores y parecía escarbar  virutas de barniz de aquella madera centenaria. Eran las cinco en Florencia.

Al tocar la madera, rugosa ya por el paso de los años, le alcanzó la yema de los dedos un calor vivo y orgánico que le recordó al roce de los dedos de Mario. No supo calcular con exactitud, pero al menos hacía tres años que no le veía. Y la última vez había sido en aquella habitación con vistas. Se acercó más a las lamas convirtiéndose en la mujer cebra que entornaba los ojos para poder vislumbrar las aguas verdes del Arno deslizarse justo en la otra acera. Y viendo aquel agua deslizarse como una caricia aceitosa, sintió también entonces el tacto fluido de sus grandes manos en los hombros. También fue en Julio, ¿no? Apenas le había oído acercarse, más le intuyó, como una presencia animal, y al instante su respiración suave en el cuello frágil y erizado. El soplo lento, el ritmo del aire viajaba adelante sobre su piel y volvía hacia atrás hacia los pulmones que ella solo adivinaba. Él permanecía en silencio. Las fuertes manos se deslizaron hacia abajo pero no lo suficiente para sobrepasar la blanca tela de lino. Excavaron surcos profundos de calor entre sus costillas, pero allí se mantuvieron sin moverse ni un milímetro. El tiempo se detuvo y el tic tac del reloj sobre la chimenea de mármol dejó de oírse. El aire de la respiración masculina se apagó y dejó de acariciar su nuca enervada. ¿Qué hora era? ¿El Arno seguía fluyendo? Era imposible. Supo sin mirar al río que el agua se había parado. La quietud de las manos, la perla de sudor detenida en el labio, los tendones tensándose bajo su fina piel de papel arroz. El verano se paró bajo las manos de Mario y el corazón de Alicia dejó de latir en aquel instante de años. Tanto silencio, la presión apenas deslizada de las manos. La enorme presencia que intuía como un país entero detrás de ella, como un ejército armado y silencioso. Suplicó en silencio que el momento no acabase. Que aquella incandescencia continuara quemando la casa una hora más. Un día más, una vida. Que la camisa no cediera, que las manos no bajaran, que el Arno resistiera embalsado. Notó la perla de sudor deslizarse cruzando el labio entreabierto. Florencia se licuaba entera desde aquel salón en el Lungarno.

Sonó el timbre de la puerta y él respiró como un vendaval sobre su nuca. Mario giró con brusquedad sobre sus talones y fue a abrir. El mundo entonces metió primera y arrancó ruidosamente.

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