
Un escalofrió era siempre la respuesta inmediata de su cuerpo al encargado de mantenimiento. Todas las mañanas lo sentía, y no sabía decir porqué, no podía identificar qué era lo que había en aquel viejo que hacía que su instinto de gata pasara a primer plano. Su voz interna le susurraba: alerta. Después su cerebro le hacía retroceder: es solo el tío de mantenimiento de la oficina, y entonces ella continuaba obediente con su café con leche y su cigarro. Cada mañana el mismo e inerte proceso, que terminaba con ella levantándose de la silla azul y dejando la terraza con la misma extraña sensación de supervivencia.
Aquella tarde tenía mucho trabajo. Estaba inmersa en una traducción que tenía que entregar en dos días. Le había costado bastante concentrarse y no quería parar y estropear otra mañana pegándose con aquel dichoso manual de taxidermia: pensar en zorros disecados hacía su día mucho más gris. Decidió hacer una parada para tomar un café y lanzar después su último asalto al morboso texto. Bajó a la terraza. Estaba atardeciendo. El sol anaranjado hacía mucho más intenso el rosa del suelo, convirtiendo aquella terraza en una enorme tarta de fresa. Las sillas azules eran ahora casi negras y las mesas adoptaban el naranja del sol dejando a un lado su blanco matutino. El pequeño pinar contiguo pasaba a ser, por la tarde, un espeso bosque en el que no podía penetrar la luz, y la chimenea del crematorio se erigía al fondo como un gigantesco testigo de la caída de la noche.
A esas horas ya no servían nada en la cafetería, así que ella sacó un café de la máquina y se sentó en su mesa de siempre, intentando sacar de su mente unos ojos muertos de zorro y meter en su lugar aquel precioso atardecer. Antes de verle, ya notó que estaba allí. Alerta, le susurró su voz interna. Ella giró su cabeza y se encontró al viejo allí parado, justo detrás de su silla, con la mirada perdida en el bosque. Sus ojos se encontraron y él sentenció: Señorita, no se puede estar aquí después de las 6. Arrastró cada palabra, monótonamente, sin inmutarse. Ella continuó mirándolo, esperando a que añadiera algo más, pero los ojos del viejo ya estaban de nuevo escudriñando el bosque. Seguía inmóvil detrás de ella, casi rozando con su barriga la parte de atrás de la silla. Alerta, repitió su voz y ella recogió su tabaco de la mesa mientras giraba sobre sí misma para dirigirse a la entrada al edificio. Al pasar por la puerta, se volvió: el hombre seguía allí sin moverse mirando hacia la oscuridad del bosque, como si aquella chimenea le hubiese hipnotizado. Justo antes de que ella continuara su camino, el viejo giró su cabeza lentamente hacia ella y mantuvo su mirada, plana, sin forma, marcando territorio, para que no hubiese ninguna posibilidad de que la muchacha volviera sobre sus pasos.
Tres horas después, ella se sentía asfixiada en el despacho. Casi podía oler las tripas de los animales abiertos en canal de aquellas páginas, que parecían multiplicarse según avanzaba en su tarea. Necesitaba un cigarro. Inmediatamente sintió el rechazo de su cuerpo ante la posibilidad de encontrarse de nuevo al viejo. No podría soportar verle tres veces en un día. Enseguida su cerebro le hizo sonreír: recordó que se largaba a su casa a las 8. ¡Por fin algo de suerte! Estaba tan ansiosa que bajó los tres pisos corriendo por las escaleras y llegó rápidamente a la terraza. Antes de que la puerta se cerrase tras de sí, ella ya había encendido su cigarro. Inhaló ansiosa el humo y, al sacarlo de sus pulmones, se sintió mucho más relajada. Con esa sensación, se acercó a su mesa y se sentó. Estaba prácticamente a oscuras. La escena solo se iluminaba con la luz de la salida de emergencia, que casi no llegaba donde ella estaba. Dio una segunda calada al cigarro, y la calma de aquel lugar la envolvió.
Una vez se hubo acostumbrado a la falta de luz, comenzó a ver un poco mejor a su alrededor. El silencio sepulcral de aquel edificio vacío dejaba oír perfectamente todos los sonidos del bosque: las hojas secas del otoño movidas por el viento que rascaban el suelo rugoso de la terraza, las ramas de los arboles meciéndose en la noche, acariciándose levemente unas a otras, y …otro sonido que no reconocía. Era algo continuo, muy tenue. Jugó en su mente a pensar que eran hormigas, centenares de hormigas moviéndose como un manto sobre la tierra, entre la vegetación, acercándose a ella. Su piel se erizó cuando vio la primera sombra en el suelo de la terraza. Su voz interna advirtió: alerta, pero su cerebro vino de nuevo a poner las cosas en orden: solo era la sombra de las ramas sobre las plaquetas rosas. Se regañó a si misma por elegir insectos imaginarios para pasar unos minutos de descanso lejos de sus animales disecados. Decidió dejar la tierra y pasar a revisar las estrellas. No recordaba que en Madrid es difícil encontrarlas con tanta farola y letrero luminoso. Anduvo buscando unos segundos en el cielo, pero no tuvo suerte. Le guiñó un ojo a la estrella polar, la única que no había desaparecido aquella noche. Alerta, susurró insistente su voz interior. Aun no sabían ambas que habían perdido unos segundos cruciales y que ya era demasiado tarde para ellas. Al volver la mirada hacia el suelo de nuevo, lo encontró más oscuro. Inmediatamente pensó que tenía que volver a acostumbrarse a la falta de luz después de su saludo celeste, pero enseguida se dio cuenta de que algo no iba bien. No veía las rayas entre unas baldosas y otras. Y al fijarse mejor, se dio cuenta de que algo se movía en aquel suelo. Instintivamente, subió las piernas para alejar sus pies de aquello. O eso intentó, porque aquella especie de fina arena gris, que cubría todo el solado de la terraza, mantenía sus pies firmemente sujetos al piso. Se levantó despacio, como si lo que estaba sintiendo fuese fruto de su imaginación, los zorros tiesos y la noche. Y entonces una ráfaga de aire levantó aquel polvo gris del suelo y la muchacha quedó cubierta en un segundo por una fina capa de ceniza. Supo que era ceniza cuando se posó en sus ojos, en su boca, en sus manos. La textura, el sabor, el peso, no había duda. Intentó llevarse las manos a la cara, para limpiarse, pero tampoco pudo mover los brazos. El miedo la cubrió y paralizó del mismo modo que aquel polvo gris. Su voz interior gritaba: corre. Por primera vez su cerebro estuvo de acuerdo, pero su cuerpo no respondía. Y empezó a sentir como la ceniza se movía sobre ella. Subía desde sus pies, por sus piernas en lo que parecían ser dos lenguas grises que bordeaban su cadera, cruzándose alrededor de su cintura, como dos cintas oscuras de fina arena. Subieron hasta su cuello para llegar una a su boca y la otra a su ojo derecho. No veía nada, no oía nada. Solo el terror que hacía aullar a su pobre voz interna y la paralizaba un poco más de lo que ya estaba. Su cerebro intentaba sin éxito tomar el control. Intenta coger el mechero, sopla con todas tus fuerzas, escupe a esta cosa…Es difícil luchar contra lo que no se entiende. Y el polvo comenzó a colarse dentro de ella. Comenzó a espesarse por dentro, el agua de su cuerpo se mezclaba con aquella cosa como si fuese cemento. Y notó que esta mezcla de agua y polvo, no solo estaba en su sangre, en su saliva, en sus lágrimas, también afectaba a su voz interior. Cada vez la oía más lejana, más cansada, como si alguien estuviese dando un golpe de estado en su alma. Tardó muy poco en sentirse llena, hinchada, desbordada de ceniza húmeda. Pesada, demasiado pesada. Tan pesada que de repente, se desmoronó sobre el suelo rosa como un castillo de arena en la playa. Seguía teniendo conciencia de ella misma pero ya no sentía su cuerpo como antes. Comprendió que ya no tenía forma humana. Era como sentir en toda su piel el tacto del suelo, de las hojas secas, de las patas de la mesa, …En todo su cuerpo: era como si se hubiese convertido en una piel granular gigante que se arrastraba por todo el suelo. Ella hizo un último intento de ponerse a los mandos, y entonces, oyó una voz en su interior. No era su voz interior: era ese algo externo que se la había colado dentro y la había descompuesto. Tranquila, ahora mando yo-dijo la nueva voz. Y ella notó como cada una de las partículas de ceniza que ahora formaban su cuerpo, obedecían y se adentraban en el bosque, uniéndose al rio gris de polvo que desembocaba en el crematorio.
Como cada mañana, el viejo abrió la puerta de la terraza para barrer las hojas caídas antes de que llegase el personal del edificio. Enseguida se dio cuenta de que una silla azul no estaba en su sitio. Se acercó a aquella mesa y vio sobre ella el paquete de tabaco de la muchacha. Acercó su mano lentamente, lo cogió y se lo guardó en el bolsillo. Levantó la vista hacia el sendero del bosque y solo dejo de mirar, cuando las lágrimas le impidieron distinguir a lo lejos la chimenea del crematorio.