
Me mira raro, muy raro. El novio de Ana no me mira normal, esto está claro. Cada vez que termina una frase, para durante dos segundos antes de continuar con la siguiente, como esperando que yo diga algo, o quizá que lo haga. Cada fin de frase es una invitación. Pero no son solo esos dos segundos, es la postura de todo su cuerpo durante esa pausa lo que me hace pensar que espera algo de mí. Y eso cada o solo dos segundos y en todas las frases. Todas y cada una, sin excepción. Da igual que declare al camarero las tapas que queremos cenar o que recite un poema de Benedetti. Siempre están ahí esos dos segundos. ¿Cómo explicarle esto Ana? “Mira, Ana, tu novio crea una intimidad periódica conmigo con la cadencia de una frase y la escasa duración de dos segundos. Ya a mí me gusta”. Los empiezo a necesitar. Espero ansiosa a que termine de pronunciar “pimientos de Padrón” o finalice un verso, para encontrarme con él a solas en esos dos segundos, entre la gente, en el bar o en su coche. ¿Podemos alargar esos dos segundos? ¿Podemos lograr construir un universo paralelo uniendo eternamente esos dos segundos nuestros para hacerlos interminables? ¿Podemos así vivir esto que nos une sin que nadie sufra? Ansío como una loca el siguiente encuentro con Ana y su novio, para disfrutar juntos de nuestros siguientes dos segundos y que al fin estos sean el comienzo de nuestra eternidad juntos.
