Publicado en Curso Escritura, Microrrelatos

Sólo un cuerpo

Esto me lo sé. Siempre es lo mismo, dos brazos, dos piernas, un pecho, un culo, unos labios, una cara, un cuello, y otra vez los labios. La anatomía no tiene ningún secreto, no es algo extraño. No tiene nada que no haya visto ya. El proceso me lo sé de memoria, incluso diria que lo tengo automatizado. Tampoco me toca de manera diferente, no me mira de forma diferente ni me besa de manera difetente. Pero este cuerpo me petrifica y excita a partes iguales. Es especial, no quiero tocarlo por temor a que no sea real, pero tampoco puedo no hacerlo. Esa mezcla de sensaciones que invaden tu cuerpo: la humedad, el cosquilleo en el estomago y ese «¿No hace calor aquí?». 
El acercamiento tampoco es distinto a tantos otros. Ni el momento en que sabes que vais desnudarnos el uno al otro, con la prisa que te da el saber a ciencia cierta lo que viene después. Eso que suena alto y claro es el latido de mi corazón al sentir su mano sobre mi espalda intentando atraerme hacia él aún más fuerte. ¿Le llegará el sonido, o estará demasiado ocupado escuchando el suyo? En realidad, es lo de menos, cuando puedo entretenerme paseando los dedos por su pelo, los labios por su cuerpo o rodearle con las piernas, y cambiar de intensidad según me lo vaya pidiendo su aliento en mi cuello, o mi piel de gallina, o el deseo irrefrenable de fundirnos en un beso perfecto. Hasta que nos cansemos o hasta que salga el sol, lo que ocurra primero. En ese preciso instante en el que vuelve a ser solamente dos brazos, dos piernas, un pecho, un culo, unos labios, una cara y un cuello. Y otra vez unos labios que no negaré que me vuelven loca.

Publicado en Curso Escritura, Microrrelatos

Cambio de destino

 

pepino

“Esto definitivamente no es lo que me habían contado. Me habían hablado de mil y una torturas. En el huerto, todos te asustaban desde semilla, describiendo con detenimiento los mil horrores que pueden hacer con un pobre pepino crecidito. Cuando llegué a tamaño adulto, mis pepitas internas temblaban de miedo. Me iban a cortar en pedazos, a masticar, a echar sal en las heridas y después vinagre…Pero esto no es lo que yo esperaba. Estoy en un lugar bastante acogedor y calentito. Lo único que no termina de encajarme es este trasiego continuo que me traigo dentro y fuera del refugio. Al menos, una mano humana muy suave me acaricia y me guía en el camino. Dentro, fuera, dentro, fuera. No entiendo donde me va a llevar todo esto, pero mientras no vea un cuchillo cerca, todo va bien.”

Publicado en Relato

La leyenda de Silvia

 

corazon de papel_2

El mundo es redondo. Gira y gira sobre sí mismo desde hace millones de años. Hace tantos años, que no tiene sentido contarlos. ¿Cuál es la diferencia entre tres trillones de años y un billón de trillones? Ninguna para la raza humana. La ventana de tiempo que manejamos es tan diminuta en comparación, que poner un número a la edad del mundo es, a nivel práctico, una pérdida de tiempo y perspectiva. ¿Desde cuándo el mundo es como lo conozco ahora? ¿desde qué instante todos los seres que lo habitan empezaron a ser como los puedo ver hoy mismo? Voy a utilizar el argumento de mi sobrina Olivia, un ser excepcional, a cerca de la existencia de Dios. Olivia admite que Dios existe, e incluso admite con esfuerzo razonable que no tenga fin, dando algo de tregua a la pobre monja que la educa. Sin embargo, ante los atónitos ojos de su maestra y la indiferencia de una clase de niños de 9 años, proclama que, si Dios existe desde siempre, en algún momento ha tenido que empezar a existir desde siempre. Según ella, todo tiene que tener un principio. Y yo no puedo estar más de acuerdo. Por eso, aplico sus enseñanzas al mundo que nos rodea, mucho más interesante que Dios, desde mi irreverente y terrenal punto de vista. Por tanto, todas las cosas han empezado en algún momento a ser como las conocemos ahora. Y eso es lo que yo quiero contaros. Pero como no puedo abarcarlo todo, todo, todo, como no puedo aspirar a contaros como todas las cosas empezaron a ser como son, ni en un trillón de trillones de palabras, voy a centrarme en una sola cosa. ¡Uy, no! ¡Ya sé lo que estáis pensando! No puedo hablaros del cuerpo del hombre que amo. No tengo palabras para eso. Voy a contaros la historia de cómo Silvia cambió el mundo para siempre, bueno, mejor digamos que cambio el mundo en adelante. Como veis, incluso eligiendo palabras cuidadosamente es realmente complicado pensar en que las cosas tienen final. Igual de complicado que encontrar su principio. Silvia tenía un papel muy importante en su mundo: ella contaba. Contaba las personas que vivían en su comunidad, cuantas casas había en su pueblo, contaba las vacas que pastaban en sus prados, contaba en cuantos prados se podían alimentar los animales, contaba los cubos de leche que se ordeñaban, cuantos pastores conocía, cuantos perros llevaban los pastores, …Ella contaba…sin fin. Silvia contaba, aún sin fin. Eso sí, comenzó a contar un día, cuando con 4 años, su madre le pidió dos cubos de agua para llenar la bañera. Fue a por uno de ellos, y con mucha dificultad, casi lo arrastró hasta el baño. Cuando lo dejó allí, junto a la gran bañera, su cabecita pensó: “uno”. Salió hacia el pozo para llenar su segundo cubo de agua y logró llevarlo hasta el suelo del cuarto de baño de su madre. Cuando lo depositó allí, Silvia musitó: “dos”. Y una sensación de placer la inundó por completo. Desde aquel primer día, contar le producía una sensación envolvente de trabajo bien hecho, de triunfo, de pequeño final.

Pasaron años y años y Silvia siguió contando. Hasta que conoció a Santiago. Tardó dos horas, tres minutos y 6 segundos en enamorarse perdidamente de aquel muchacho lánguido, tranquilo y valiente. Apenas dos horas y supo que le amaría para siempre. Perdón, supo que le amaría en adelante. Pero su mundo se trastocó para siempre, cuando Santiago, ciego de amor, le preguntó inocente: “¿Silvia, tú cuanto me quieres?”. Los ojos de Silvia se abrieron de par en par. ¿Cuánto? ¿Cómo que cuánto? Ella podía, quería, adoraba contarlo todo, pero no podía contar a su amado cuanto le quería. Sencillamente, no podía. ¿Mucho? No servía. ¿Para siempre? Era engañoso. ¿en adelante? No era suficiente. ¿Cómo se mide el amor? ¿cómo podía Silvia saber si ella quería a Santiago más que él a ella? ¿Se querían ellos dos más de lo que se quisieron sus padres? ¿Más o menos que Romeo a Julieta? ¿Igual que Lancelot amaba a Ginebra? Preguntó a viejos y sabios, y descubrió que no se conocía una medida válida para el amor. Se sabía medir la luz, los colores, el sonido, …Incluso otras emociones para ella menos sagradas, carecían de medidas tangibles, pero se podían comparar: ella podía afirmar sin ningún género de dudas que su hermano era más feliz que su hermana, y que su gato era más listo que su perro…pero eso no funcionaba con el amor. ¿Acaso puede ser el tiempo una medida del amor? Te quiero mucho porque hace mucho que te quiero. ¿O era mejor medir con besos? ¿o en regalos? ¿O en orgasmos? ¿Te amo más si mis ojos no pueden ocultar el deseo? ¿O te amaré menos si no huelo tu pelo al abrazarte? La mente y el corazón de Silvia quedaron atrapados en este laberinto de preguntas, amor y medidas. Santiago pronto descubrió que su amada estaba más interesada en medir su amor que en disfrutar de él. Silvia sentía la responsabilidad de dar al amor una medida válida, para que su amante y todos los amantes después de él, pudiesen saber exactamente cuánto les amaban. Ella contaba desde casi siempre, por lo que, si había alguien que pudiese conseguirlo, esa era ella.

Tres años, dos meses y 6 horas después, Santiago comenzó a amar a otra, cansado de intentar sacar a Silvia de su círculo infinito (perdón, casi infinito). Silvia ni siquiera se dio cuenta de que ya no quedaba nada que medir.

Y ahí sigue Silvia, en alguna parte de este mundo, aun contando vacas y pastores, e intentando encontrar una medida para el amor, algo que nos asegure que nuestro amor es correspondido con la cantidad que necesitamos. El resto del planeta confiamos en que, si alguien puede triunfar en semejante hazaña, esa es Silvia. Y es por esto por lo que nadie más en la historia ha osado a seguir sus pasos e intentar contar unidades de amor. Es algo que no nos enseñan de pequeños pero que sabemos desde el principio de nuestras vidas. Silvia está ahí contando por todos nosotros, buscando para nosotros algo que nadie más que ella quiere encontrar. Puedo afirmar, sin miedo a equivocarme, que Silvia buscará y contará para siempre.

Publicado en Cadáver exquisito, Curso Escritura, Poesía

Cadáver Exquisito (V)

Con lo que tengo ¿Qué puedo hacer? Si solamente tuviera una oportunidad de amarte, de olerte entera, de buscar tu pelo bendito, tu cuello fino y pálido, sugerente que desaparece en el escote, que es un arte de pagar equitativo, igualitario, como tus besos populares. Las fiestas de mi pueblo son populares también, como luces de interminables guirnaldas prendidas al partir. Un beso, una flor y todos los momentos que me besas en las mejillas. Me gustan, los besos en la boca son lo mío ¿o era lo tuyo? Hay veces que la propiedad privada es tan necesaria como una bufanfa en verano

Publicado en Cadáver exquisito, Curso Escritura, Poesía

Cadáver Exquisito (IV)

Reunión perfecta, todo en su sitio. Miradas vivas y cuerpos despiertos cada mañana en tus brazos y tu boca, que es el buenos días que se alarga hasta que ni siquiera es de dia. En realidad siempre te he amado pero nunca lo he sabido y hoy lo sé. Tú no me comprendes, ni te lo imaginas, pero es verdad, ángel de amor, en esta… palabras venid a mi, rescatadme porque mi alma se quedó seca cuando tus ojos se apagaron, cuando desfilabamos frente al barco de la virgen de temores y prejuicios, de cargas y sin sabores, como si nunca antes hubieses existido.

Publicado en Cadáver exquisito, Curso Escritura

Cadáver Exquisito (VII)

 

Sentía frío, tiritaba. Sentía hambre, me dolía el estómago. Me desperté, estaba solo en la cama. Solamente estaba deshecha mi parte. Parece que Elena no ha vuelto. Me preocupo y llamo a su madre. No lo coge. Luego recuerdo de golpe que hace ya 15 años que Elena no viene a deshacer su lado de la cama y el frío se hace aún mayor. Y esta falta empezó cuando Victoria, puta como la más zorra del barrio, se metió en mi cama. No recuerdo muy bien cómo llegó ahí, sólo sé que en esa noche de invierno sentí más calor que nunca, pero como era de esperar, fue fugaz. En ese mismo momento decidí estudiar filosofía y Letras. No entendía el mundo anteriormente descrito, así que lo achaqué más a mi ignorancia o falta de pericia que a que el mundo fuera complejo. Y profundicé en Platón, Aristóteles, Hume y Mourihno. Este último en el Marca del bar de la facultad. Con tales guías de espíritu filosófico, pude entender que no es solamente que el mundo sea complejo, es que además cada uno se monta una película distinta y encima nos la contamos en idiomas distintos.

¿Es esta la idiosincrasia del ser humano? ¿Para esto hemos venido aquí? Hay algo que nos une pese a todo, algo que no se puede describir con palabras coherentes. Es como si todos viviésemos el mismo sueño, un relato que se compusiera sin hilo, o con el hilo de todos: un hombre, una frase…y la vida es la concatenación de todas. La cuestión es saber entonar el batiburrillo resultante, puntuar las preguntas, gritar las exclamaciones, recitar quedamente los besos. O no…Para mí, todas esas frases juntas no significaban nada. Y no fue ni por torpeza mía, ni por la complejidad del mundo, ni porque el ruido del sueño común lo hiciese ininteligible. Fue porque Elena ya no deshacía su lado de la cama junto a mí, y porque se llevó con ella mi vida entera.