Publicado en Cadáver exquisito, Curso Escritura

Cadáver Exquisito (VII)

 

Sentía frío, tiritaba. Sentía hambre, me dolía el estómago. Me desperté, estaba solo en la cama. Solamente estaba deshecha mi parte. Parece que Elena no ha vuelto. Me preocupo y llamo a su madre. No lo coge. Luego recuerdo de golpe que hace ya 15 años que Elena no viene a deshacer su lado de la cama y el frío se hace aún mayor. Y esta falta empezó cuando Victoria, puta como la más zorra del barrio, se metió en mi cama. No recuerdo muy bien cómo llegó ahí, sólo sé que en esa noche de invierno sentí más calor que nunca, pero como era de esperar, fue fugaz. En ese mismo momento decidí estudiar filosofía y Letras. No entendía el mundo anteriormente descrito, así que lo achaqué más a mi ignorancia o falta de pericia que a que el mundo fuera complejo. Y profundicé en Platón, Aristóteles, Hume y Mourihno. Este último en el Marca del bar de la facultad. Con tales guías de espíritu filosófico, pude entender que no es solamente que el mundo sea complejo, es que además cada uno se monta una película distinta y encima nos la contamos en idiomas distintos.

¿Es esta la idiosincrasia del ser humano? ¿Para esto hemos venido aquí? Hay algo que nos une pese a todo, algo que no se puede describir con palabras coherentes. Es como si todos viviésemos el mismo sueño, un relato que se compusiera sin hilo, o con el hilo de todos: un hombre, una frase…y la vida es la concatenación de todas. La cuestión es saber entonar el batiburrillo resultante, puntuar las preguntas, gritar las exclamaciones, recitar quedamente los besos. O no…Para mí, todas esas frases juntas no significaban nada. Y no fue ni por torpeza mía, ni por la complejidad del mundo, ni porque el ruido del sueño común lo hiciese ininteligible. Fue porque Elena ya no deshacía su lado de la cama junto a mí, y porque se llevó con ella mi vida entera.

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