Publicado en Relato

La leyenda de Silvia

 

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El mundo es redondo. Gira y gira sobre sí mismo desde hace millones de años. Hace tantos años, que no tiene sentido contarlos. ¿Cuál es la diferencia entre tres trillones de años y un billón de trillones? Ninguna para la raza humana. La ventana de tiempo que manejamos es tan diminuta en comparación, que poner un número a la edad del mundo es, a nivel práctico, una pérdida de tiempo y perspectiva. ¿Desde cuándo el mundo es como lo conozco ahora? ¿desde qué instante todos los seres que lo habitan empezaron a ser como los puedo ver hoy mismo? Voy a utilizar el argumento de mi sobrina Olivia, un ser excepcional, a cerca de la existencia de Dios. Olivia admite que Dios existe, e incluso admite con esfuerzo razonable que no tenga fin, dando algo de tregua a la pobre monja que la educa. Sin embargo, ante los atónitos ojos de su maestra y la indiferencia de una clase de niños de 9 años, proclama que, si Dios existe desde siempre, en algún momento ha tenido que empezar a existir desde siempre. Según ella, todo tiene que tener un principio. Y yo no puedo estar más de acuerdo. Por eso, aplico sus enseñanzas al mundo que nos rodea, mucho más interesante que Dios, desde mi irreverente y terrenal punto de vista. Por tanto, todas las cosas han empezado en algún momento a ser como las conocemos ahora. Y eso es lo que yo quiero contaros. Pero como no puedo abarcarlo todo, todo, todo, como no puedo aspirar a contaros como todas las cosas empezaron a ser como son, ni en un trillón de trillones de palabras, voy a centrarme en una sola cosa. ¡Uy, no! ¡Ya sé lo que estáis pensando! No puedo hablaros del cuerpo del hombre que amo. No tengo palabras para eso. Voy a contaros la historia de cómo Silvia cambió el mundo para siempre, bueno, mejor digamos que cambio el mundo en adelante. Como veis, incluso eligiendo palabras cuidadosamente es realmente complicado pensar en que las cosas tienen final. Igual de complicado que encontrar su principio. Silvia tenía un papel muy importante en su mundo: ella contaba. Contaba las personas que vivían en su comunidad, cuantas casas había en su pueblo, contaba las vacas que pastaban en sus prados, contaba en cuantos prados se podían alimentar los animales, contaba los cubos de leche que se ordeñaban, cuantos pastores conocía, cuantos perros llevaban los pastores, …Ella contaba…sin fin. Silvia contaba, aún sin fin. Eso sí, comenzó a contar un día, cuando con 4 años, su madre le pidió dos cubos de agua para llenar la bañera. Fue a por uno de ellos, y con mucha dificultad, casi lo arrastró hasta el baño. Cuando lo dejó allí, junto a la gran bañera, su cabecita pensó: “uno”. Salió hacia el pozo para llenar su segundo cubo de agua y logró llevarlo hasta el suelo del cuarto de baño de su madre. Cuando lo depositó allí, Silvia musitó: “dos”. Y una sensación de placer la inundó por completo. Desde aquel primer día, contar le producía una sensación envolvente de trabajo bien hecho, de triunfo, de pequeño final.

Pasaron años y años y Silvia siguió contando. Hasta que conoció a Santiago. Tardó dos horas, tres minutos y 6 segundos en enamorarse perdidamente de aquel muchacho lánguido, tranquilo y valiente. Apenas dos horas y supo que le amaría para siempre. Perdón, supo que le amaría en adelante. Pero su mundo se trastocó para siempre, cuando Santiago, ciego de amor, le preguntó inocente: “¿Silvia, tú cuanto me quieres?”. Los ojos de Silvia se abrieron de par en par. ¿Cuánto? ¿Cómo que cuánto? Ella podía, quería, adoraba contarlo todo, pero no podía contar a su amado cuanto le quería. Sencillamente, no podía. ¿Mucho? No servía. ¿Para siempre? Era engañoso. ¿en adelante? No era suficiente. ¿Cómo se mide el amor? ¿cómo podía Silvia saber si ella quería a Santiago más que él a ella? ¿Se querían ellos dos más de lo que se quisieron sus padres? ¿Más o menos que Romeo a Julieta? ¿Igual que Lancelot amaba a Ginebra? Preguntó a viejos y sabios, y descubrió que no se conocía una medida válida para el amor. Se sabía medir la luz, los colores, el sonido, …Incluso otras emociones para ella menos sagradas, carecían de medidas tangibles, pero se podían comparar: ella podía afirmar sin ningún género de dudas que su hermano era más feliz que su hermana, y que su gato era más listo que su perro…pero eso no funcionaba con el amor. ¿Acaso puede ser el tiempo una medida del amor? Te quiero mucho porque hace mucho que te quiero. ¿O era mejor medir con besos? ¿o en regalos? ¿O en orgasmos? ¿Te amo más si mis ojos no pueden ocultar el deseo? ¿O te amaré menos si no huelo tu pelo al abrazarte? La mente y el corazón de Silvia quedaron atrapados en este laberinto de preguntas, amor y medidas. Santiago pronto descubrió que su amada estaba más interesada en medir su amor que en disfrutar de él. Silvia sentía la responsabilidad de dar al amor una medida válida, para que su amante y todos los amantes después de él, pudiesen saber exactamente cuánto les amaban. Ella contaba desde casi siempre, por lo que, si había alguien que pudiese conseguirlo, esa era ella.

Tres años, dos meses y 6 horas después, Santiago comenzó a amar a otra, cansado de intentar sacar a Silvia de su círculo infinito (perdón, casi infinito). Silvia ni siquiera se dio cuenta de que ya no quedaba nada que medir.

Y ahí sigue Silvia, en alguna parte de este mundo, aun contando vacas y pastores, e intentando encontrar una medida para el amor, algo que nos asegure que nuestro amor es correspondido con la cantidad que necesitamos. El resto del planeta confiamos en que, si alguien puede triunfar en semejante hazaña, esa es Silvia. Y es por esto por lo que nadie más en la historia ha osado a seguir sus pasos e intentar contar unidades de amor. Es algo que no nos enseñan de pequeños pero que sabemos desde el principio de nuestras vidas. Silvia está ahí contando por todos nosotros, buscando para nosotros algo que nadie más que ella quiere encontrar. Puedo afirmar, sin miedo a equivocarme, que Silvia buscará y contará para siempre.

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