Tareas que no pude leer el día 21/07/2016
Roberto reía sonoramente en la mesa mientras hablaba. La luz de la mañana se colaba por los cristales desde la terraza en la que un pinche colocaba afanosamente las mesas metálicas junto a sus correspondientes sillas e iluminaba brevemente el hielo de su vaso. Gustavo escuchaba atentamente las palabras, mientras apuraba un cigarrillo. No debían permitir fumar en la cafetería, pero era una reunión especial, como las que siempre hacían antes de salir a trabajar. Juan y Manuel terminaban sus cafés. Desde la barra el encargado sirvió una ronda de licor y los cuatro hombres recogieron las copas y apuraron su contenido, de un trago.
– Siempre he querido tener un coche amarillo – gritaba Roberto- Hace que te miren más. El amarillo es un color de chulos ¿eh? No como tú, triste, que lo único que haces es estar serio – dijo dirigiéndose a Juan.
El interpelado le miró malhumorado y no dijo nada. Roberto siguió hablando.
– Los coches amarillos son los mejores, y corren más ¿sabes por qué? Porque nadie cree que alguien lento vaya en un coche amarillo. Si es negro, o rojo, sí, pero amarillo nunca. El amarillo es el coche de los que van deprisa – e hizo un gesto con la mano abierta, como el de un avión que despegara del suelo. Juan, tú deberías vender ese coche de mierda que tienes y comprarte uno amarillo también.
– Vámonos ya – dijo Gustavo, limpiándose la boca con la mano. Tanto hablar hará que se nos haga tarde.
Los cuatro salieron a la calle, sin pagar. Pedro, el encargado, les recordó que los vería a la vuelta. Gustavo y Manuel saludaron con la mano al alejarse. Roberto tropezó con una de las mesas y le bufó al pinche. Juan permanecía en silencio. A unos metros estaba aparcado un BMW familiar en el que entraron. Conducía Manuel, Manolo para los amigos. A su lado iba Roberto, que estaba perceptiblemente ebrio. Juan y Gustavo se acomodaron atrás y mientras Manolo hacía emitir al motor de seis cilindros un ruido ronco al acelerarlo en el arranque, Juan miró fijamente a Gustavo moviendo la cabeza de un lado a otro mientras señalaba imperceptiblemente a Roberto. Gustavo parecía confiado y se dirigió a éste.
– O sea que quieres un coche amarillo y nos has traído uno gris muerto.
– Pilla tú un jaco de 300 caballos de color amarillo, listo.
– La próxima vez traigo el mío –se carcajeó Manolo.
– ¿Pero tú tienes coche?
La mañana era fresca y la calefacción del coche les hizo adormecerse a pesar del café y a favor del alcohol. Manolo conducía con tranquilidad, sobriamente, como lo haría un relojero. Pronto llegaron al destino. Se bajaron Juan, Gustavo y Roberto, mientras Manolo se frotaba las manos y les seguía con la mirada mientras cruzaban la calle. No se podía aparcar en la otra acera, lo que sin duda era un pequeño problema, pero sin mayor dificultad que la de encontrar un hueco enfrente donde esperar.
Juan seguía callado. No le gustaba nada la actitud de Roberto, y menos aun lo que ella denotaba, que no quería expresar por respeto a Gustavo, quien era muy evidente que confiaba en el corpulento y estruendoso bebedor. “Es un tío serio y leal” le había respondido la única vez que había manifestado sus dudas Juan, con esa voz tajante, con la que cerraba las conversaciones antes incluso de iniciarlas. Y quería creerlo, pero no tenía modo de comprobarlo, porque era la primera vez que hacían algo juntos, y las referencias que tenía de ellos eran buenas, así lo habían informado. Roberto en cambio sentía cariño por Juan, al que veía un muchacho inexperto y aburrido de quien mofarse un poco, y ésta cualidad en según qué oficios era una garantía de buenos resultados. Así que cuando pasó junto a la puerta de la Caja le cedió el paso y le palmeó el culo.
– No te cagues hijo mío, que aquí no pasa nada.
Juan le devolvió una mirada glacial, sin mover ni un músculo. Le bullían muchas cosas en la cabeza. No había tenido apenas tiempo de fijarse en lo que pasaba en la calle cuando cruzaron, así que simplemente trató de concentrarse en lo que tenía que hacer, que era evidentemente algo que no había hecho nunca. Tal y como estaba previsto Roberto se quedó fuera y él y Gustavo entraron en la pequeña oficina.
Gustavo esperó pacientemente a que la puerta de cristal del control le franqueara el acceso y anduvo pesadamente hacia la cola de la caja. Eran exactamente las diez de la mañana y, si sucedía como de costumbre, habría una pequeña fila de jubilados pagando recibos, lo que le permitiría esperar unos buenos diez minutos. Que era justo lo que necesitaban. A través de la cristalera ahumada Gustavo vigilaba, cubierto por una gorra y tras las gafas, el BMW del otro lado de la calle, a Roberto que definitivamente sí había bebido un poco más que otras veces y a Juan, que estaba adquiriendo un tono pálido. Entonces, puntualmente, a las diez y tres minutos, sucedió: un vehículo amarillo con letras negras, achatado y pesado se detuvo frente al banco. De él se bajó un guardia de seguridad vestido con una chaqueta marrón y solapas amarillas; sacó de la parte trasera de la furgoneta un par de sacos vacíos. Se cruzó con Roberto, quien no le hizo mucho caso, entró en el edificio y esperó en el control de acceso. Un pitido metálico saludó el acero gris de su revólver, puesto que el hombre estaba armado. El cajero saludó en voz alta al guardia y pulsó un botón debajo de la mesa. El botón no pasó desapercibido a Juan, que asintió a Gustavo, aún con un par de jubiladas esperando en la cola.
– ¡Buenos días! – Saludó el guardia.
– ¡Buenos días! – Respondió un empleado que se acercó por el lateral del mostrador a recibirle y recogió los dos sacos vacíos, adentrándose en la parte trasera de la oficina.
Gustavo esperó pacientemente. A Juan la peluca y las gafas le molestaban y estaba empezando a sudar, porque tras ellas había visto algo que no le gustaba en absoluto y le volteó el estómago. Trató de serenarse, obviando lo delicado de su situación. Todo iba a suceder en apenas un minuto. Sólo tenía que girarse lateralmente y esperar, evitando todo contacto visual con el guardia de seguridad. Miró un folleto de publicidad que cogió de un expositor lateral, pero la mano le temblaba de forma ostensible, así que dejó el papel en una mesa baja. Por fin, el empleado de la sucursal salió del fondo de la oficina. Llevaba los sacos completamente llenos. La información era correcta; como habían cerrado la oficina del otro banco por una reforma, la recaudación de los almacenes había llegado íntegramente allí. Gustavo sintió de inmediato que en esos sacos estaba su ansiado retiro, y por eso cuando de un único paso se situó a la espalda del guarda y le golpeó con una pesada pieza de piedra que llevaba escondida en el bolsillo de la gabardina en la base del cráneo no pudo evitar sentir un punto de euforia. Con una enorme rapidez lo sujetó en la caída y buscó lo que necesitaba para controlar la situación, que no era otra cosa que el arma de su cinto, ésa que él mismo había introducido en el banco ahorrándoles muchos quebraderos de cabeza a los dos intrusos.
– ¡Quietos todos! – Gritó con furia. Juan estaba completamente inmóvil. Gustavo le miró con odio tras las gafas. – ¡Vamos! – le exhortó.
En Juan se activó un resorte que le devolvió sangre a las mejillas y de un salto apartó a las dos señoras de la cola, que se habían abrazado. Otra mujer a su espalda había empezado a gritar y los cajeros, en un acto reflejo, se habían agachado tras el mostrador.
– ¡No! ¡Todos arriba, con las manos arriba! ¡Ya! Gritó Juan, con una voz que sonó agria.
Ágilmente franqueó la puerta que separaba la zona de los clientes de la oficina y arrebató con violencia los dos sacos al joven con traje que los sujetaba.
– ¡Contra la pared! Todos contra la pared.
Los cajeros, dos chicos y una joven con un recogido en el pelo, estaban muy asustados. Permanecían inmóviles. Juan estaba muy, muy nervioso, y en un acto reflejo abofeteó a la chica con violencia. Ésta gritó y cayó sobre una rodilla. Uno de los hombres hizo ademán de acercarse pero Gustavo lo detuvo con tono firme levantando el arma:
– Te mato, ¿me oyes?
Finalmente se pusieron frente a la pared y de espaldas. Con unas abrazaderas corredizas Juan les sujetó firmemente las muñecas por la espalda a los tres. Lo único importante era que no accionaran la alarma. Las otras personas que estaban en la oficina estaban aterrorizadas, aunque se conducían con docilidad. Juan no tuvo ningún problema en hacer lo mismo con ellas, llevándolas a la parte de atrás de la oficina, pero el tiempo iba en su contra. Podía llegar más gente a la sucursal y fuera el compañero del guardia podía impacientarse.
– Vámonos, venga – Dijo Gustavo en tono calmado pero apremiante.
Ya sólo quedaba meter los sacos con el dinero en las dos mochilas que, vacías, llevaban plegadas Juan y Gustavo para evitar que en la calle pudieran reconocerlos. Los sacos estaban a rebosar pero cupieron afanosamente. Ya había pasado lo peor. Sólo tenían que salir. Entonces Gustavo se detuvo y dijo a Juan:
– Queda él –señalando al guardia.
Juan sintió un escalofrío pero asintió. Se aproximó a él y lo incorporó. El hombre, menudo, estaba recobrando el sentido y eso hizo que Juan se pusiera nervioso y volviera a sudar. Intentó acertar con las abrazaderas pero se le escurrieron por dos veces. El hombre casi había vuelto en sí, aunque la conmoción apenas lo dejaba moverse. Finalmente le sujetó con muchísima fuerza las dos muñecas a la espalda y apretó la abrazadera tanto que se le hendió en la carne desprotegida bajo la mano. El hombre sintió el lacerante dolor y lanzó un grito agudo, despierto al fin. Entonces se giró y se cruzó con el rostro de Juan. Sus ojos se abrieron de par en par y sólo pudo gritar:
– Pero, ¡Antonio! ¿Qué haces aquí?
Gustavo miró con perplejidad la escena, primero al guardia y luego a Juan, que por toda respuesta echó la cabeza hacia atrás y golpeó brutalmente al otro, partiéndole la nariz con la frente, ahogándola en un borbotón de sangre roja. El hombre cayó inconsciente de nuevo. Gustavo le miró y señalándole con el arma, preguntó a su acompañante:
– ¿Te conoce?
– No, se ha tenido que confundir, no sé quién es éste hombre.
– ¿Cómo te ha llamado?
– Y yo qué sé.
Gustavo dudó por un instante, pensó en su jubilación, en lo que había sucedido y por un instante creyó que era el momento de no dejar cabos sueltos. Si por cualquier motivo reconocían a alguno de ellos eso terminaría por generar problemas y con sus años no tenía tiempo que perder en la cárcel, por lo que alzó el arma con su mano derecha, apuntó a la cabeza del hombre en el suelo y levantó la aguja del percutor. Inmediatamente después disparó, mientras se escuchaban gritos aterrados desde el fondo de la oficina, pero la bala erró el destino, desviada, porque Juan le había apartado la mano con un gesto firme. Gustavo se sorprendió justo lo suficiente para entender que definitivamente algo no iba bien, pero no lo bastante rápido para evitar que Juan le golpeara en el riñón con fuerza y le hiciera encogerse, mientras le arrebataba el arma de la mano con la que la empuñaba.
– Maldito – dijo un instante antes de que Juan le apuntara entre los ojos y apretara el gatillo.
Una nube de piel, pelo quemado y sangre pulverizada de un indefinido color rojo grisáceo se escapó por la coronilla fracturada de Gustavo cuando la bala se aplastó contra la pared trasera del cráneo, abriendo un apreciable agujero por el que empezó a derramarse su masa encefálica cuando cayó al suelo, tras estar un instante en equilibrio sobre sus rodillas. Los ojos, blanquecinos y con la mirada desviada hacia un lado, quedaron abiertos. En apenas unos segundos un caño de sangre roja se derramó como lo hacía el vino fermentado de un vaso roto. La oficina era quedó en silencio, sólo roto por algún sollozo apagado. Juan recogió la otra mochila del suelo, pasó a la parte trasera del mostrador y apretó el botón que abría la mampara de seguridad que franqueaba el acceso a la calle. Justo en ese momento entraba Roberto, que vio su chaqueta manchada de sangre.
– ¿Pero qué coño pasa? He oído tiros.
– Gustavo, el guarda… lo ha matado.
– ¿Cómo que lo ha matado?
– Joder que lo ha matado, le ha reventado la cabeza. Ya le di lo suyo, vámonos hostia.
– Pero ¿está muerto?
– Sí, está muerto, mírame, esto son sus sesos. Esto va a ser un puto matadero si no nos vamos ahora. ¡Vámonos!
Y tirándole la mochila del muerto se acercó a la puerta. Se sujetó las gafas como pudo y trató de que su descomposición no fuera demasiado evidente. Dentro del camión el otro guardia estaba inquieto, porque pese a no haber podido escuchar nada notaba que se retrasaba su compañero. Roberto y Juan estaban entrando en el BMW, donde Manolo esperaba con las manos enguantadas y el motor en marcha cuando vieron cómo bajaba del camión blindado y se acercaba a la sucursal.
– Sal pitando – dijo Juan a Manolo.
– ¿Y Gustavo? No me voy sin él.
– El puto guarda le ha volado la cara. Le disparó, mierda.
– ¿Pero qué dices? ¿Está muerto?
– Sí, está muerto, le ha sacado todos los sesos de la cabeza, le ha reventado la cabeza. Está muerto, muerto ¿entiendes? Muerto.
– ¿Y qué coño has hecho tú?
– Pues llevarme el dinero y aplastarle la cara a ese hijo de puta ¿qué quieres?
– Por dios, arranca –gritó Roberto, a quien las brumas del alcohol no le nublaban el juicio tanto como para comprender que apenas tenían unos instantes antes de que llegara la policía.
El BMW arrancó con la premura justa para escabullirse entre el tráfico. Los tres guardaron silencio. De vez en cuando Manolo hablaba, consternado.
– Gustavo, Gustavo.
Roberto estaba volviendo cada vez más en sí y miraba a Juan.
– Tenía que haber entrado yo con Gustavo. Si es que eres un puto crío.
– Estaba inconsciente, estaban todos atados menos él, pero al atarlo se revolvió y le quitó el arma. Le pegó un tiro en la cara el muy hijo de puta. Le golpeé pero no pude hacer nada. Mierda.
– Gustavo, Gustavo. Quería dejarlo maldita sea. Nunca dudaba. Tenía que ser ahora.
– No se dio ni cuenta, le borró la mirada de un tiro. No he visto nunca algo así.
– Cállate.
Finalmente llegaron a un almacén en las afueras. Allí Pedro, quien les había atendido en el bar y organizaba el golpe, les estaba esperando junto a su hijo Luis, un veinteañero pasado de vueltas y que siempre parecía nervioso y colocado. Bajaron del coche y entraron por una puerta trasera con los sacos. Luis cogió el coche y lo llevó a un cobertizo cercano donde sería bautizado para evitar que lo identificaran. Entraron a una oficina pequeña con un sofá, una mesa baja al centro y un escritorio tras la cual se sentó Pedro.
– ¿Dónde está Gustavo?
– Muerto – dijo Roberto.
Pedro torció el gesto y calló un momento. Apreciaba a su antiguo colega.
– ¿Qué ha pasado?
– Un guardia de seguridad, le arrebató el arma y lo mató.
– ¿Quién entró con él al banco?
– Él – dijo Manuel señalando a Juan.
– ¿El nuevo? ¿Por qué no entraste tú, Roberto?
– Porque estaba borracho – murmuró Manuel.
Roberto lo miró con una mezcla de desprecio y culpabilidad.
– No es así, Juan quiso entrar – repuso.
– ¿Tú? – preguntó Pedro. – ¿Cómo lo dejasteis? No sabe una mierda de esto. Y ahora Gustavo está muerto. ¿Estás seguro?
– Sí, está muerto – respondió Juan – Completamente. Un tiro en la cabeza, así – e hizo el gesto de apoyar el arma en la frente.
Todos guardaron silencio. Pedro pidió a Manuel que lo acompañara a otra habitación. Juan y Roberto quedaron sentados en el sofá, con los sacos de dinero, frente a frente. Juan aún tenía el revólver en el bolsillo de la gabardina sucia. Estaba nervioso. Miraba el reloj con insistencia. Roberto ya estaba demasiado despejado, y empezó a buscar por la habitación una botella, sin éxito. Volvió a sentarse y miró fijamente a Juan. En su cabeza comenzó a repasar lo ocurrido. Recordaba claramente el día anterior, cuando hablaron del plan y acordaron que uno de ellos tenía que esperar fuera y actuar si el compañero del guarda abandonaba el vehículo. De hecho iba armado por si eso sucedía. Juan había pedido acompañar a Gustavo al interior, que era la parte de mayor riesgo porque tenían que reducir al guardia y arrebatarle la pistola, lo que les causaba inquietud a los otros, pero Juan entonces había parecido muy decidido. Roberto pensó en sí mismo mucho tiempo atrás, intentando impresionar a sus nuevos colegas en su primer asunto. En aquella ocasión apenas le permitieron intervenir. Siempre quiso saber si habría sido capaz. No quería arrebatarle la respuesta a Juan. Infundiéndole valor, le dijo:
– Harás tu robo, maricón, y yo mientras estaré fuera fumando.
Pero en el fondo sabía que no debía habérselo permitido. No tenía culpa de que le hubiera caído simpático. De alguna manera le recordaba a él más joven, antes de que la mala vida le arruinara el hígado y la paciencia. Salió a la calle a respirar aire frío, dándole vueltas al sentimiento de culpa. Cuando regresó en la sala la situación se había vuelto tensa. Pedro estaba encarado con Juan, que permanecía sentado, aún con la gabardina, como solía, en silencio. A Pedro no le convencía la explicación de Juan de lo ocurrido en el banco.
– Gustavo jamás dudaría en una situación complicada. Por eso con su edad seguía en esto. Nunca lo habían pillado ¿sabes? Jamás. Siempre hacía lo que tocaba. ¿Qué dices que hizo?
– Iba a atar al guarda. Estaba inconsciente, o eso creíamos. Entonces se revolvió antes de estar atado y, recuperó la pistola y lo mató.
Pedro estaba completamente inmóvil, con un rostro imperturbable. Podía estar de acuerdo con lo que escuchaba, o no. Ninguno de los tres en la sala sabía qué estaba pensando, aunque entendían que aquello era un juicio y que de él saldría un veredicto. Por eso la tensión era grande. Roberto sorprendió a Manolo estrujándose los dedos, de pie junto a la ventana.
– ¿Por qué no lo ataste tú, si él tenía el arma?
– Yo estaba con las dos mochilas. Estaba tardando mucho en atar a la gente. La verdad es que lo pude hacer mejor.
– Lo pudiste hacer mejor – apuntilló Pedro. – ¿Tienes la pistola aquí?
– Aquí – dijo Juan señalándose la gabardina.
Pedro sin decir nada se acercó a Juan despacio y le registró la gabardina. Sacó el revólver, de seis disparos. Abrió el tambor y vio que había dos casquillos vacíos
– Disparó dos veces.
– Sí, una en la cabeza y otra lo hice yo.
– ¿Tú?
– Se la quité, por eso la tengo. Le di fuerte.
Por un instante Pedro sopesó el arma y finalmente la guardó en un bolsillo.
– Contad el dinero – dijo.
Roberto, Juan y Manuel vaciaron los sacos sobre la mesa y comenzaron a hacer montones de billetes, separando los fajos por cantidades. Estuvieron un buen rato contando, en silencio. De vez en cuando Manuel miraba a Juan y agitaba la cabeza.
– Aquí hay dos millones.
Una voz los sacó del ensimismamiento. Era Pedro, que los llamaba. Se incorporaron los tres pero Pedro señaló a Juan y le habló:
– Tú no. Cerrad la puerta.
Manuel, Roberto y Pedro se quedaron en la habitación contigua. Pedro les miró a ambos.
– Este tío miente.
– ¿Cómo?
– He escuchado las noticias. Están hablando del atraco en la televisión. El guardia de seguridad estaba atado. ¡Atado! Dice que le golpearon, pero no estaba herido. ¿Acaso no dice que le disparó?
A Roberto no le gustaba la expresión de Pedro y por eso se interpuso entre él y Manuel.
– Mira, yo estaba fuera. El muchacho salió en cuanto pudo, estaba blanco como el papel y manchado de sangre. No pretenderás que en su primer día que trabaja vea cómo le revientan la cabeza a un compadre y luego vaya por ahí como el jodido Clint Eastwood. El tío estaba cagado, pero salió de allí con el dinero y no perdió la cabeza.
El rostro de Pedro ahora mostraba ira. Gustavo era un compañero desde hacía más de diez años y le había sacado de muchos apuros. Miró a Roberto con desprecio.
– Si hubieras entrado tú ahora el único muerto sería ese puto guardia. Aparta.
– No, Pedro, no te confundas. Es un atraco, decidimos arrebatarle el arma a un guardia de seguridad. Nos la jugamos en cada trabajo. No la caguemos ahora. Tenemos que repartir y salir de aquí, ya aclararemos las cosas luego. No nos conviene detenernos mucho y lo sabes.
– No nos detendremos mucho – finalizó Pedro.
Se apresuró y abrió la puerta. Juan seguía sentado. Al verlo llegar se puso en pie. Pedro había sacado el revólver del bolsillo y apuntaba a Juan. Éste miró a los otros dos, como sopesando la situación.
– Nos has mentido. Di la verdad, ahora.
– Pero si he dicho la verd…
No pudo acabar de hablar, porque Pedro disparó a Juan en la pierna derecha, que del impacto se levantó del aire e hizo que se cayera hacia atrás en el sofá. Empezó a sangrar abundantemente y casi al instante. Juan se retorcía de dolor sujetando el pantalón a la altura del agujero por el que había entrado la bala. Apretaba los dientes. En unos segundos todo el pantalón estaba empapado en sangre. Pedro se acercó a él y le apretó el arma en la sien.
– Ahora, hijo de puta, me vas a decir qué mierda hiciste dentro del banco.
Juan comenzó a llorar de dolor, con la cabeza aprisionada entre el respaldo del sofá y el cañón del arma. Pedro le apretaba en la sien y con la otra mano lo sujetaba de la chaqueta. Juan seguía agitándose apretando la herida con las dos manos, con los ojos cerrados. Manuel se había repuesto del sobresalto del disparo y estaba apoyado en el marco de la puerta. Roberto miraba perplejo. Se llevó la mano a la boca reseca, deseando haber encontrado antes la botella que lo aliviara. Se palpó la parte trasera del pantalón y recordó que estaba armado. Pedro parecía querer disparar. Juan lloraba y tenía el cuello humedecido por el miedo. Pedro gritaba y gritaba, y empezó a golpearle con el cañón en la sien. De repente amartilló el revólver y se incorporó. Iba a matarle.
– No Pedro. Es un puto crío. No lo vas a hacer.
Roberto había desenfundado y estaba apuntando a Pedro con su pistola automática. Manuel dudó, pero sacó su arma y apuntó a Roberto, confundido e incrédulo. Roberto tenía la cabeza de Pedro en el punto de mira, mientras éste seguía sosteniendo el cañón orientado a Juan, que se arrastraba lentamente sobre el sofá, completamente bañado en sangre, alejándose de él. Gemía de dolor.
– Estás loco. Este tío nos ha mentido y Gustavo ha muerto. Míralo cómo se arrastra. Es un mierda.
– Es un crío, Pedro.
– ¿Estás borracho otra vez? – Intervino Manuel.
– No te metas en esto. Vamos a guardar todos las armas y vamos a repartir el puñetero dinero. Si quieres deja a éste aquí y nos vamos, pero no lo vas a matar.
Pedro sonrió. Roberto era un hombre grande y avejentado, que había sido muy fuerte en otro tiempo y aún conservaba determinación en su cuerpo ancho y pesado de hombros. No era, pese a su locuacidad, hombre dubitativo. Si tenía que apostar, Pedro probablemente habría puesto su dinero a que Roberto abriría fuego, pero en un entorno como aquél era tan importante la seguridad con la que se hacía algo como el valor que se demostraba cada vez. Si Roberto quería pararle tendría que hacerlo con sangre.
- Voy a matar a quien me salga de los cojones.
Sonó un disparo y uno de los ojos de Pedro desapareció en una noche profunda, una gruta seca y quemada que lo derribó, como si abrieran una madriguera en un folio blanco con un marco de cabellos canos, pero no lo bastante aprisa para evitar que disparara su revólver y una nueva bala castigara a Juan. Al instante, un proyectil del arma de Manuel atravesó el pecho de Roberto y éste, en un gesto instintivo que ni veinte años de alcohol habían podido arruinar giró la automática y comenzó a apretar el gatillo sobre Manuel, Manolo, el hábil conductor, el individuo que lo había sacado de apuros con la policía más de una docena de veces. Una, dos, cuatro, seis proyectiles rompedores atravesaron la estancia destrozándole el hombro, seccionándole el cuello en una cascada púrpura, arrancándole parcialmente la oreja, destrozándole el labio superior y la base de la nariz. Manuel, aún vivo, cayó hacia atrás y estruendosamente atravesó con su espalda el cristal de la puerta del despacho, prendido de los cristales, sin llegar al suelo. Respiró sin voz afanosa y profundamente varias veces hasta que el pecho se le hinchó grotescamente en un gorgoteo áspero que le arrebató el último aliento.
Roberto sintió un profundo dolor entre las costillas. El disparo había atravesado el pulmón y le costaba tomar aire. Las piernas le empezaron a temblar y no pudo evitar apoyar una rodilla en tierra estremeciéndose. Aguantó como pudo y sujetándose en la mesa se incorporó. Trató de erguirse y escupió sangre. Miró a Juan que estaba inerte, pero vivo, bañado en saliva, sangre y sudor.
– Nos tenemos que ir de aquí antes de que llegue el hijo de Luis y su gente – le susurró.
Juan lo miraba y lloraba, cerraba los ojos y giraba la cabeza. Lo volvía a mirar y seguía llorando de dolor. Finalmente asintió y trató de moverse.
Roberto se aferró a una de las mochilas y la llenó de dinero tanto como pudo. Se la echó sobre la espalda trabajosamente y se acercó a Juan, al que le dio el revólver con que había empezado todo.
– Aún tiene tres balas. Si esto va mal que no te jodan y deja una para ti ¿de acuerdo? Vámonos.
En un esfuerzo ímprobo lo sujetó sobre su hombro y lentamente salieron a la calle. Se acercaron al coche que había preparado Roberto para la huida. Juan cada vez estaba más débil por la pérdida de sangre. Estaba más sereno, aunque las mejillas y los labios estaban cubiertas de un desvaído color gris. Murmuraba palabras en voz baja. Al llegar al coche, Roberto lo dejó caer en el asiento de atrás y él se sentó para conducir. Arrancó el motor.
– Te voy a sacar de aquí muchacho. Nos vamos.
Se giró para mirar a Juan, pero Juan ya no era Juan, sino que era por fin Antonio, su enemigo, y estaba apuntándole con el revólver semivacío.
– Lo siento, Roberto. Lo siento.
Roberto no entendió qué estaba sucediendo. Por un momento creyó que era una alucinación producto del efecto combinado de tanta neurona bañada en licor y las punzadas del pecho. Pero aquellos ojos de repente se habían vuelto duros, lastimeros pero duros, y tenían la misma determinación que la tarde en que le convenció de ser él quien entrara en el banco en su lugar. La convicción de quien siente que cumple con su deber.
– No tienes por qué perder – dijo en un susurro Antonio – La policía va a llegar en cualquier momento. Márchate y déjame aquí con el dinero. No les avisaré de inmediato. Deja esto. Vete a tu casa. Largo.
Roberto sintió la tentación de acudir a su pistola, pero de alguna manera el cansancio le sobrevino y desistió, porque sabía que si lo hacía iba a morir. En la radio sonaba una pieza de Albéniz, Evocación, que conocía de su niñez en el colegio de los curas. La escuchó por unos instantes y apagó el motor del coche.
– Tienes un par de huevos – dijo mientras abría la puerta y salía fuera. – Habrías sido uno de los mejores de los nuestros.
Antonio, con la mirada borrosa por la falta de sangre, vio cómo se alejaba tambaleándose y se apoyaba en la pared del almacén. Empezó a llegar el lejano sonido de las sirenas de la policía, que se dirigía hacia donde Antonio les había informado que se haría el reparto del dinero y se concentraría la banda. Roberto se apresuró a cruzar la calle. Estaba justo en mitad de la calzada, al sol frío del mediodía, cuando unos chasquidos lo prendieron y lo hicieron detenerse. De detrás del almacén surgió Luis, el hijo de Pedro, que tenía un fusil de asalto y disparaba sin parar sobre el viejo borracho mientras éste caía sin emitir ni un sonido. Se acercó al cuerpo inerte sobre el asfalto y recargó el arma para seguir disparando. Antonio quiso abatirle, pero apenas acertaba a sostener el cañón, así que cuando disparó la bala marchó por encima del hombro de Luis. Aún tenía dos disparos.
Éste se giró hacia la fuente del sonido, exaltado, hasta que lo vio dentro del coche con la ventanilla bajada y corrió hacia él. Se escuchó un nuevo disparo. Antonio volvió a fallar. Luis comenzó a disparar, pero estaba hasta arriba de coca y corriendo no tenía la precisión necesaria. Vociferaba e insultaba mencionando a su padre, a quien había visto con la cabeza abierta en flor dentro del despacho. Antonio sentía las balas volar hacia él, pasando lentamente en torno a su cabeza, rompiendo cristal, agujereando el reposacabezas delantero, astillando el marco del que colgaba el cinturón de seguridad. Intentaba esperar a que el cuerpo de Luis creciera, fuera más y más grande, más que la dispersión de su puntería ocasionada por el temblor de sus miembros casi agotados, asfixiados por la escasez de hemoglobina. Aguantó. Sintió un dolor lacerante procedente puede que del pie, pero no era capaz ya de precisarlo. Sólo importaba el loco que corría hacia la puerta del coche. Tal vez ya sin balas. Él tenía una.
Por fin disparó.
Un estallido rojo nació en la camiseta deportiva de Luis, desgajándole el esternón y fracturándole las costillas, que desviaron la bala del calibre 44 haciéndola girar en su cuerpo como una peonza que en su avance destrozaba la pleura, atravesaba el pulmón y seccionaba como una navaja el músculo contraído del corazón en plena sístole. El estallido del músculo herido expulsó por la apertura un borbotón de sangre que saltó medio metro fuera del cuerpo, calentando el suelo sobre el que Luis iba a caer. La incercia le hizo avanzar unos metros hacia adelante hasta golpearse la cabeza con la puerta del coche donde Antonio se dejaba ir en el asiento justo antes de desmayarse.
Mientras le abandonaban las fuerzas, Antonio pensó que no volvería a ser Juan nunca más, porque no le gustaba sentir que estaba detrás de la muerte de borrachos cansados y honorables. Tal vez si sobrevivía podría decírselo a sus compañeros, esos que creía sentir sujetándolo con cuidado mientras lo sacaban del vehículo y lo conducían a la ambulancia donde en unos minutos el destino decidiría si habría un mañana para él.
ALP, 20/07/2016