Se enciende la luz. Una mujer y un hombre sentados frente a frente en dos sillas. Todo es muy oscuro, no hay nada en escena excepto las sillas y ellos. Dos focos les iluminan.
Mujer: ¿No piensas decir nada más?
Hombre: ¿Qué más quieres que te diga? Estoy seco, no tengo más palabras, ya no me queda saliva.
Mujer: (Feroz) Para pedir la cena no necesitabas saliva.
Hombre: (Pensativo, insensible) Es verdad, esas palabras sigo teniéndolas en los labios. No me cuestan, apenas requieren saliva.
Mujer: (Dolida) Acabo de sentir todo tu odio en la cara. Como un soplo amargo. Sabía que no me querías, pero no creí que me despreciaras tanto.
Hombre: (Cruel) No entiendo por qué. Llevo años regalándote mi desprecio con cada sílaba. He llegado a pensar que estabas sorda.
Mujer: ¿Sorda? Nunca supe hasta hoy que vivía con un monstruo. No me malinterpretes, querido, te escuchaba. Solo confundí tu desprecio con indiferencia y hastío.
Hombre: Me alegra que por fin nos entendamos.
Se apaga el foco que alumbra al hombre. La mujer seria, despacio, muy despacio, se sitúa de frente al público y permanece un segundo sin hablar. Recorre las butacas con la vista.
Mujer: Fue el miedo. (Mira al patio esperando asentimiento y aclara) Se preguntan qué me hizo llegar a esto, ¿verdad? (Señala el espacio donde transcurrió la escena anterior). El miedo, señores, el miedo. Se te cuela por los poros de la piel, por los agujeros de la nariz. Y es mal consejero, el miedo. Cuando me dijo que me dejaba, que había encontrado el amor, me invadió un miedo atroz. ¿Qué iba a hacer yo? No es que le amara entonces, no es eso. No temía que él se fuera, sufría porque creía que ningún otro ocuparía su lugar. Que yo ya no valía nada si él me dejaba (Sonríe triste). La soledad me acechaba y supliqué. Hice que pasara por un infierno, que la culpa lo atara a mí. Supliqué y supliqué… hasta que se quedó.
Se apaga el foco de ella, que permanece frente al público, impasible, a oscuras. Él se levanta despacio. Mira al público y comienza a hablar.
Hombre: Lo entiendo, me desprecian. Todos ustedes creen que soy cruel, que no tengo corazón. Hace tiempo lo tuve. Corazón, digo. Fue mi corazón estúpido el que me retuvo a su lado (señala a la mujer), el que me convirtió en lo que soy. No quise terminar con su vida, ¿qué haría ella sin mí? Y sobre todo, ¿Qué haría yo sin su red? Y me acurruqué en su refugio con las manos en mis oídos para no oír al amor llamarme desde el mar. (Pausa, con asco) Y me desprecio profundamente por aquella cobardía. Odio mi refugio, la odio a ella, porque me recuerda, cada segundo, mi asquerosa debilidad.
Se encienden las luces. Los personajes se encaran uno al otro, de pie. Se mueven por la escena.
Mujer: ¿Te parece que ahora nos entendemos?
Hombre: Así es, sí.
Mujer: (Suplicante)¿Entiendes que le quiero más que a mi vida? ¿Entiendes que necesito oírle respirar a mi lado para poder vivir?
Hombre: (A gritos, en su cara, apartándola) ¡Que sí, coño, que lo entiendo! (Se recompone. Con rencor) Una vez estuve en tus zapatos, ¿te acuerdas? Te entiendo; nos entendemos.
Mujer: Necesito que me dejes marchar, que me liberes de esta casa que me aplasta. ¡No puedo moverme! Querría volver atrás. Daría cualquier cosa por arrancarme la lengua entonces y separar nuestros caminos cuando aún éramos personas. Pero no puedo. Sólo puedo suplicarte que me ayudes ahora.
Hombre: Más súplicas, esto ya no es nuevo. ¿Suplicaste que me quedara y ahora que te empuje a dejarme? Haz lo que tengas que hacer y déjame tranquilo.
Mujer: Ojalá pudiera. Solo tú tienes la llave que abre esta amarga cárcel que nos encierra a los dos. Úsala, por Dios. ¡Déjanos vivir!
Hombre: ¡Ja, ja, ja, ja! Yo ya vivo, querida. ¿No me ves? Y por lo que parece, tú también.
Vuelve la luz a iluminarle solo a él, de pie, frente al público. Ella permanece callada frente al público, a oscuras, como antes.
Hombre: Sí, damas y caballeros, esto es lo hace el odio con un hombre. Le devora por dentro y le convierte en otra cosa. Ahora este odio es lo único que me ata a la vida. Sin ella a mi lado, no sentiría nada. Necesito esa arcada diaria que me asalta al sentirla despertar a mi lado o cuando me miro al espejo. Entonces me siento vivo. No pienso renunciar a esa victoria.
Él se sienta en la silla y se queda a oscuras. Ella en el proscenio, habla de nuevo al público.
Mujer: Hay errores que te persiguen toda la vida. No puedes escapar. No es posible. Todas las mañanas le oigo trajinar en el baño, y rezo por escuchar el golpe sordo de la muerte fulminando su cruel corazón y su cuerpo contra el suelo. Pero todos los días, emerge de ese cuchitril, con ganas renovadas de venganza. Y me castiga sin piedad. Yo le robé la vida, ahora lo sé. Ahora comprendo que dejó de respirar entonces, como yo ahora. Yo soy la culpable. El miedo, señores, fue mal consejero. Hoy me aconseja la culpa.
Se sienta en su silla y vuelven a la escena inicial. Hablan sin sentimientos, impasibles.
Mujer: Nos condenas a esta existencia de mierda en la que solo nos queda desprecio y culpa.
Hombre: Me baño todos los días en desprecio. Lo llevo pegado a la piel. Voy a ver qué tal me sienta la culpa. Cambiamos los trajes, querida.
Mujer: Nada cambia para mí: yo ya te desprecio. A ver si tú puedes vivir con la culpa.
Hombre: Como decía, al fin nos entendemos. ¿Qué vamos a cenar?
Mujer: Quedan filetes rusos de esta mañana y puedo hacer una ensalada.
Hombre: Perfecto, muchas gracias. Voy poniendo la mesa.
(Oscuro)
FIN
