El viejo mira inmóvil la página en blanco sobre la mesa. Se cierra un poco más la bata de invierno con los dedos helados. El frío le llega hasta los huesos. Este invierno puede ser el último, piensa distraído y sin miedo, y se recuesta sobre la silla con ruedas junto al escritorio, con los ojos clavados en la página en blanco. Los esquimales tienen decenas de palabras para describir el color blanco, para definir todos sus matices. El viejo necesitaría una de ellas porque aquella página ya no es del todo blanca. Podría decirse que es blanca en el centro, se va tornando en un crema cada vez más oscuro según te acercas a los bordes y se remata con un ocre gastado en sus confines. Con el tiempo, se han levantado las esquinas, del roce de los codos del viejo cuando, desesperado, la observa de cerca, sosteniendo los lados de su cabeza con las manos. Pero los ojos, siempre fijos en aquella página en blanco, aquella página en crema, aquel pedazo de papel gastado y expectante. El viejo se sirve otra copa de whisky. Su cuerpo sabe perfectamente donde encontrar la botella sobre la mesa. Vierte un sorbo calculado en el vaso opaco, lleno de grasa de sus dedos arrugados, sucio de cien mil tragos previos. Lo acerca a sus labios secos y vacía el vaso, dejándolo seco de nuevo, listo para el siguiente sorbo. Este proceso se repite, lo repite el viejo a cada rato, son precisión, sin levantar su mirada de la página en blanco. Y vuelve a su estado de tensión estéril, o reposo inútil, según queramos verlo. Esta tarde el viejo acerca mucho su nariz al papel, como queriendo olerlo. No huele a nada, pero una punzada en el corazón hace su cabeza se estampe sin remedio contra el escritorio, llenando por fin con la sangre de su nariz, la página con algo distinto de la nada más absoluta. Siente el papel en su mejilla, y mira divertido como su sangre inunda el papel y lo cubre completamente, justo antes de morir.
