Monólogo – 1
No puedo olvidar ese día. El sol caía seco como una lija sobre el albero del patio. Mamá nos observaba desde los soportales. Dolores jugaba junto al rosal y se hirió los dedos al intentar arrancar una rosa. Mamá se acercó a ella y la consoló de sus llantos. Ella no sabía que me sangraban las piernas. Él me limpiaba, borracho, en el sótano, al acabar, intentando ahogar mi sollozos con su mirada de vaca dormida, esos ojos de vidrio opaco, grandes y húmedos. Aquella tarde apenas podía juntar mis piernas de menos de diez años, pero mamá nunca se preguntaba por qué no hablaba, por qué manchaba las sábanas con pequeñas gotas rojas.
Dolores me miraba recostada en la cuna del sótano. Miraba, y reía, o lloraba, o hablaba en el lenguaje ininteligible de los neonatos que comienzas a vivir.
Hoy hace sol. Mamá ha muerto. Saldré al campo, cargaré su vitrina en el maletero del coche junto con las cerillas. No volverá a ver el reflejo de él en los cristales. Ni sus manos de niña marcas en ellos, limpias, inocentes, con olor a albero, a rosal, a abrazo mientras me duele por dentro.
(ALP, escritura inmediata, Mayo 2016).
Monólogo – 2
Sé que sabes lo que yo sé que tú sabes. No puedo hablar. No tengo el valor, ni la energía, ni la necesidad. O sí, la necesidad sí, porque lo que uno siente no atiende a la objetividad del intelecto, sino a la veracidad del revoltijo que anida a medio camino del corazón y el gaznate.
No soy feliz. Río, reía, reí hasta que apareciste. No había motivo. No era infeliz. No vivía en medio del silencio o el dolor. Es sólo que a veces crees, o crees creer que lo que crees no es lo que sientes, y yo hoy, ahora, en los breves instantes en que cruzamos las miradas, creo que te siento a ti.
¿Por qué aceptar con honor esta condena? La transformo en una promesa de eternidad, en un grito de mudez azul oscura, la que se refleja en tu pelo cuando no me miras.
Sé que no estaremos juntos.
Sé que no seré feliz.
Sé que lo sabes. Por favor, no me mires al mirarme.
(ALP, escritura inmediata, Mayo 2016)
