Publicado en Curso Escritura

La estación

Sé que no te volveré a ver.
Dentro de muy poco tiempo mis recuerdos no serán nada, porque nada es lo que nos queda cuando la memoria se nos borra, y la consciencia, y la vida se apaga: nada. Si los recuerdos son una huella transitoria en el cerebro, si las ideas, las esperanzas, las imágenes no son sino una especial e intrincada combinación de conexiones, neuronas estimuladas por una simple reacción química, por la oscilación de aniones y cationes viajando de axón en axón, si mi mente se apaga, si las conexiones se desvanecen, ¿qué será de ti? ¿Qué será de esa última vez que nos vimos? ¿De este momento, mi despedida, mi sonrisa franca, luminosa, y postrera, llena de ayer?
Sé que no te volveré a ver; he andado por tus esquinas tantas veces que uno pensaría que debería de haber dejado una marca en el asfalto en el que transitan los taxis, como tendría que estar mi reflejo en esos espejos que desde dentro son cristales tintados y desde fuera una invitación a la coquetería, esa que mostraba ella cuando la llevaba de la mano, acompañándola hasta el túnel que la hacía desaparecer hacia lo que decía que era su casa.
Para mí ese túnel era como un pozo en el que la luz se resistía a escapar. La veía marcharse desde el pretil que constituían esos tornos metálicos que por mi escaso salario no podía atravesar, porque si lo hubiera hecho, aparte de más pobre, sabemos que no habría vuelto hasta el día siguiente, y le habría robado los besos a la puerta de sus padres, o tal vez habríamos ahogado el afecto en el recodo de los descansillos de esos pisos sin ascensor ni bombillas, tan propicios para los atrevimientos de madrugada. Ella se marchaba, y poco a poco desaparecía en tus escaleras mecánicas, como dicen que hacen los barcos de vela en el horizonte, dando prueba de que la Tierra es redonda y no una gigantesca bandeja de canapés. Esperaba, cuando se perdían sus ojos, y luego se hundían los dedos de sus manos en el agua invisible, que en un último esfuerzo regresaran de un salto para darme un fugaz beso antes de volver a caer.
Luego vagaba por tu silencioso ruido, entre el aire pesado, respirado por cien mil gargantas y regado por el sudor de los transeúntes que -recuerdo aún- miraban al suelo, sin fijarse en los detalles, casi siempre deprisa, más que ahora que la atención la roban los teléfonos y los tropiezos son más por desorientación que por puro apresuramiento. Me perdía por tus esquinas, demediado, incompleto, buscando en los gruesos fustes de tus columnas que sostenían la terminal de cercanías una guía, un consuelo a ese ardor juvenil que se transformaba en deseo, duda, esperanza, impaciencia, plenitud resonante de palabras al oído, calor aún retenido en el vientre, olor vagabundo en el cuello.
Entonces tú me consolabas, y me perdías. Me distraías en las tiendas de al lado del Metro, si es que no era tan tarde que estaban cerradas a cal y canto, pintadas con colores chillones y adornos imposibles. Me regalabas la solemnidad de la lluvia cerrada en los soportales de metal, manchando el naranja desvaído del ladrillo de ríos sin mar y opacada por humo de cigarros. Me encimabas cercándome con una marea de viajeros escupidos de tus entrañas como la atmósfera de una supernova en pleno estallido. Me invitabas al recogimiento cuando subía por tus escaleras a la planta de arriba, cerca del techo de esa catedral sin crucero y sin girola, pero más llena de luz que todas las ojivas de las fotos borrosas del libro de ciencias. Allí acompañaba a las palomas que se colaban por tus travesaños y decidían ser espíritu santo por un instante en que el sol las hacía refulgir como si fueran de oro puro, y yo veía en ellas su pelo castaño, y la podía tocar en su flamear si hubiera alargado los dedos, si es que no lo hice, si es que no lo hago ahora, como entonces, intentando impregnarte de mí, de lo que soy, de lo que ya no va a ser.
Sé que no te volveré a ver. Mi tiempo se acaba, y te violento para sentirme más vivo. Te estoy rogando que nos recuerdes, que nos esculpas al lado del emblema del ferrocarril Madrid Zaragoza Alicante. No sé si nos has visto siquiera alguna vez. Si así fuera, te lo pido: no nos olvides, porque tú no eres de carne ni de sangre, sino de hierro, cristal y cemento, de bronce, agua, tierra, tortugas, palmeras y vapor, pero te hicieron hombres piedra a  piedra, y yo soy uno de ellos. Muerto por dentro, pero digno.

Deja un comentario