Recuerdo aquellas tardes en la habitación del apartamento. Siempre sentí predilección por los pisos altos, y alta era la ventana del cuarto, golpeada por la lluvia fría e inclemente. Acercaba el rostro a los visillos y los descorría, libre de ojos curiosos al estar prendido del techo abuhardillado, por encima del resto de techambres, como el puente de un navío sobre un mar de tejas azules y rojas.
Allí oteaba hacia el lejano abismo de la calle. Se percibía la premura de los transeúntes empapados mientras corrían de tejadillo en tejadillo, saltando los ríos de los desagües e ignorando los charcos cada vez más grandes. Parecían limaduras de hierro movidos por un imán invisible que se deslizase bajo el suelo, según extraños designios. Alguna vez sucedía que me cansaba de mirar, de buscarte en la marea y me recostaba. Entonces mataba el tiempo con un aperitivo, tal vez pastas, café, frutos secos o, esa sorprendente tarde, con las deliciosas fabes que reposaban del heroico perol desde el día anterior.
Así, satisfecho, proceloso, ensimismado entre el calor de la manta de lana y la cocción de mis entrañas, a fuego lento, fue cuando creí ver la más bella criatura abisal acercarse al portal desde la boca de metro en la plaza, jugueteando con las gotas que caían hacia abajo. Y, como presa del resorte que se liberó en mi pecho, como cada vez, me puse en pie de un brinco y me abalancé sobre la puerta, raudo como una sinapsis.
Fue al pulsar en el ascensor el botón de la planta baja cuando comencé a sentir la sensación, el estremecimiento. Un vigor profundo y sentido, poderoso y lleno de matices, que circulaba como una serpiente juguetona, solo que en lugar de salir del esternón y llegar hasta la nuca, nacía del ignoto fin del tubo que se inaugura en la boca y muere donde todo muere, ése conducto de jambas almohadilladas y cierre de escotilla que aflora allí donde la espalda pierde su honesto nombre.
«Las fabes» pensé. «¡Maldición!» apenas pude articular en mi mente cuando, como lo haría un alienígena que surge del interior de su nave, tu estilizada figura castaña apareció al otro lado de las puertas correderas del ascensor.
«¡Amado mío!» dijiste, y avanzaste sobre mí.
Tu entusiasmo te impidió ver la expresión horrorizada de mi rostro cuando me abrazaste con esa fuerza que se imprime a los abrazos primerizos, los de novios jóvenes y nuevos. Debiste interpretar en mi súbito encogimiento el vigor inguinal de otras tardes, y eso redobló tu felicidad, imaginando las inmediatas explosiones de júbilo pasional del recibidor de mi casa, cuando lo único que estaba a punto de explotar era la bomba de hidrógeno que había criado con escogidos productos de Asturias.
¡Oh, gloriosa morcilla, de matices troquelados y arroces brillantes y esponjosos! ¡Oh divino, purpúreo chorizo, de aromáticos reflujos! ¡Espléndidas habichuelas, tan tiernas al paladar en las tardes de lluvia! Éstas y otras plegarias habría entonado de no ser porque creía que iba a morir, a morir de amor no ya por dios sino por el marmóreo Señor Roca.
Mis ojos se humedecían mientras mis manos se crispaban en torno a tus hombros, cada vez más entregados. Tu boca buscaba la mía en vano, y me cercaba, yo ya casi hecho un ovillo, apretando con tal fuerza el vientre que lloraba, lloraba de emoción contenida a duras penas. ¡Debía ser tan maravilloso llegar y ver a tu amante llorar al verte, encogerse como un cachorro! Mientras, el ascensor iluminaba a cámara lenta los números de las plantas. Una, dos, tres, siete… ¡Diez! Unos instantes más y ese duelo de amor y supervivencia habría acabado.
Termina el ascenso al fin. Mi rostro es ya un piélago salado enrojecido de ardor. Te apartas de golpe y sales, tendiendo tu mano pícara desde el descansillo de la escalera. La puerta del piso, aún abierta, está al fondo. Unos solos pasos me separan del alivio eterno.
«Ven aquí» dijiste.
«¡Ven a mí!» susurró un sillón de loza blanca a mi oído, desde el interior de la vivienda.
Y corrí. Corrí a tu lado, tanto como lo hace el viento, tanto como los felinos cazadores, como las golondrinas bajo los alféizares, dejándote atrás. Corrí, corrí, corrí en pos de mi vida, a paso vivo, con los pies torcidos, arrancándome la hebilla del cinturón, gritando desaforado, los brazos anudados al vientre, hasta patear la puerta del fin del mundo y liberar a la manada astur impenitente que mordisqueaba mis entrañas.
Sonó un trueno.
Miraste por la ventana. No había tormenta. Ya no llovía.
Una luz se abrió paso entre las nubes. El rayo mágico de sol se posó en tu rostro perplejo, cercano al cristal. El tacto de la luz era tibio, y te agradó el calor en la piel. Aparecí por la puerta de la habitación, exultante. No hubo preguntas.
Esa tarde yacimos junto a la ventana.
Éste, amor, es el secreto de mi pasión.
ALP, mayo 2016.
