Publicado en Curso Escritura

Puntos de vista

EL VIAJERO

El día que regresé a la Tierra no esperaba encontrar a nadie.

El cielo estaba claro y limpio. Los árboles habían recuperado el terreno que el hombre, no hacía tanto tiempo, les había arrebatado, y los edificios abandonados y en ruinas parecían las melladas astillas de una dentadura aplastada. Recuerdo que me sorprendió detectar el origen de la señal que nos había llevado allí, en la misión de salvamento y rescate SR-207-III, cuarta del segundo solsticio del año del Señor de 2077, a la región central de lo que anteriormente había sido Nueva Sudáfrica, un lugar que ahora sólo vivía entre las brumas del ayer. De mi ayer, si es que eso ya significaba algo.

Al aproximarme, los sensores del aerodeslizador habían dibujado una señal pulsátil sobre la bóveda de cristal curvo de la cabina que apuntaba el lugar del que prevenía el máximo de intensidad de la emisión de radiofrecuencia. Era una señal codificada, de la que se había perdido el códec en algún instante del pasado, y ahora, con los medios escasos de que disponíamos los supervivientes en la superficie de la Luna y de las cuatro estaciones orbitales que se habían salvado del estallido de pánico que sobrevino a la locura, nos era imposible identificar.

El estallido… Recuerdo que tenía apenas quince años cuando sobrevino el incidente, del que ahora sólo se hablaba en un sentido puramente científico, porque pensar en lo que supuso para nuestros corazones era demasiado intenso para asimilarlo sin sentirse terriblemente solo. A veces, en la negritud de la noche, entre el zumbido del aire acondicionado de la estación, creía ver a una mujer llegar a mi cuarto con el pelo lavado, y darme un beso en la mejilla. Recuerdo, sobre todo, una sensación indefinible que habitaba en la parte trasera de la cabeza, muy adentro, del lugar en el que nacen los matices del olor. Esa sensación se había convertido en una sombra en la memoria, porque ya no había distintas ungüentos para el pelo joven de una mujer, sino el desinfectante sintético que se había podido obtener con los escasos recursos de las estaciones lunares… Así que de algún modo estaba a salvo, a salvo de que un aroma furtivo me atravesara la mente como un rayo, reviviendo la sensación de que, a pesar de las cinco mil personas que ahora constituían la raza humana, ya nadie recordaba mi rostro de niño.

Por eso la señal había supuesto una diferencia, una esperanza. No era habitual que un técnico matemático de primer grado fuera puesto en riesgo en una misión de reconocimiento, pero el carácter de ésta era distinto. No se trataba de recuperar material de la superficie, componentes químicos, eléctricos o semillas para los invernaderos lunares. En este caso existía la posibilidad real de romper la rutina, porque de la nada había surgido esa transmisión, había surgido, y eso era radicalmente nuevo: antes no estaba, y si no lo estaba, significaba que algo la había originado justo en ese momento. Algo o, lo que era infinitamente más estimulante, alguien. Pero esa naturaleza tecnológica de la transmisión, que no fuera decodificable, su carácter tan obviamente inteligente, su extraña complejidad, había determinado que fuera yo y no otro el que bajara a la inseguridad de la superficie.

Y ahora, por fin, estaba delante de su origen. Aún sentía sudor por el calor dentro del traje hermético, recordando el esfuerzo que había costado penetrar en aquellas instalaciones repletas de sistemas automáticos silentes, animados por el hilo de vida de las baterías solares de emergencia, hasta llegar a la sala de hibernación. Era allí donde mis ojos estaban fijos en el cristal empañado tras el que, de forma absolutamente indudable para quien ha visto durante tanto tiempo una y otra vez las mismas miradas ajenas, unos párpados familiares se abrían para unirse a los míos.

Desconocía si el aire era limpio, pero llegados a ese punto ya carecía de importancia. Un silbido acompañó la despresurización del casco al tiempo que descorría la visera. Retiré el guante de la mano derecha y mis dedos, delgados y blancos como la nieve, dibujaron unos trazos sobre el panel táctil del sarcófago número cuatro. Sonó una señal de baja intensidad, grave pero audible, cuando el motor eléctrico comenzó a desplazar la tapa de plexiglás de la cavidad. Inhalé profundamente el olor venido de otro tiempo. Cerré los ojos. La raza humana iba a crecer en casi un uno por mil en apenas unos instantes, pero a mí eso no me importaba, porque allí, justo a medio metro de distancia, yacía una joven de algo menos de mi edad, una chica de pelo rubio y nariz delgada, mentón fino y labios pequeños. A menos de unos metros de mí, congelada en el tiempo, estaba ella, tal y como la había soñado mil veces a cuatrocientos mil kilómetros de distancia y, por primera vez en veinte años, iba a escuchar su voz.

LA MADRE

La oscuridad es profunda en el interior del alma de los náufragos. Tú, tú también has sentido eso ¿recuerdas, amor? ¿Me perdonas? Tú lo sentiste en algún momento del pasado, en esos días en que mirabas por la ventana y lamentabas el gesto digno y heroico que nos dejó aquí, que puso a salvo a la carne de nuestra carne, arrebatándonoslo para siempre, haciéndolo vivir un eterno vagar solitario, descarnado, sin un seno en el que recogerse por las noches.

¡Oh amor! Tú sabías que esto iba a suceder, que no podríamos superarlo. Lo sabías. Sabías que estos muros beatíficos no iban a salvarnos de la locura de fuera, sino que nos iban a separar de él para siempre, trayendo hasta aquí el auténtico infierno. Habitaríamos dentro de estas cuatro paredes, de estos cinco sótanos, bajo la antena brillante que se alzaba como una aguja ciento cincuenta metros sobre el suelo de una pradera llena de vida peligrosa. Una vida que emponzoñaba nuestras pupilas sólo al observarla, al inhalarla, al llenar de oxígeno nuestro pecho para seguir respirando, haciéndonos pagar por ello.

Sabía que no lo soportarías, oh amor. Tú te engañabas en vano diciéndote que serías capaz… ¡resististe tanto! Me lo decías, lo susurrabas en voz baja, al oído, en las noches en que aún teníamos aliento para el amor, porque mi corazón estaba vacío y me lo intentabas avivar tanto con tus palabras como con tu sexo. Estaba vacío desde el instante en que el cohete abrió sus entrañas de fuego y se alzó como un relámpago en la noche austral portando los últimos supervivientes de nuestra comunidad, y a él, nuestro fruto, mi pequeño hijito, ése que tú adiestrabas en la ciencia, a quien le enseñabas las matemáticas de tus libros sónicos mientras le acariciabas el pelo. ¿Recuerdas cuando me lo arrebataste? Le besé la mejilla, y él sonrió en su lecho nocturno. Lo último que rozó su rostro joven y blanco fue mi pelo, que se meció sobre su barbilla subiendo poco a poco, alejándose de él como ese destello en el cielo lo hizo luego de mí, cuando desperté del sedante y corrí hacia la ventana cerrada, al cristal hermético que separaría nuestra vida del aire exterior, de la muerte, en esta otra muerte en vida.

Tú sabías lo que sufriría, oh amor. Os quería tanto… Lo que no imaginaste es que ni siquiera toda tu entereza sería suficiente para soportar mi dolor. Yo sí. Sabía antes de que sucediera que llegaría el día en que me lo preguntarías. Sabía que lo harías sin palabras. Sabía que tras ese abrazo, cuando me tomaste la mano y salimos al mirador, cuando tus dedos manipularon los controles de la puerta y detuvieron los filtros de aire de la esclusa, nuestra espera iba a acabar para siempre. Moriríamos los dos, enlazados, desnudos, expuestos al aire del tibio verano africano, repleto de un venganza intrusa que nos invadiría sin darnos cuenta, como hizo con todos. Con todos menos él, y con él un puñado de rostros borrosos entre los que lo buscaba en la sonrisa de la Luna todas las noches con los ojos bañados en lágrimas. En esas noches insomnes, silenciosas, acompañada sólo por el eco de mis pasos, me hice la promesa, una promesa secreta, firmada con sangre.

Sé que no me lo perdonarás. Sé que, si subiera a la torre otra vez, encontraría tus despojos en el mirador, descarnado, tus huesos brillantes sobre la plataforma, tanto tiempo después. Sé que no debí correr hacia la estancia abandonándote, dejándote solo, que tu rostro inmóvil me miraba tras la compuerta nuevamente cerrada con una mezcla de tristeza y comprensión acusadora, pero yo tenía que hacerlo ¿lo sabes, amor? Ojalá algún día podamos reencontrarnos, en alguna parte, y te lo explique, como tú, sin palabras, en silencio, con mis manos junto a las tuyas.

No debí de programar la señal. No debí pensar en la edad que tendría mi hijito cuando, si sobrevivía a la soledad del espacio, fuese un hombre hecho y derecho, lo bastante fuerte y sabio para que regresara a buscar una señal evidentemente humana dentro de una reluciente nave, como su capitán, en su brillante traje de tela inmaculada. No debí tomar las píldoras para la hibernación, ni ponerme el vestido de soporte vital, ni cerrar la compuerta con el panel del interior de la cápsula. No debí dormir.

A veces, amor, en mis sueños envenenados, creo entender que si alguna vez él viene, y me ve, respirará mi aliento y la muerte que habita en mí lo capturará irremediablemente, y no podrá escapar nunca, y nos veo a los tres, aquí, en nuestro pequeño hogar, en la tierra de nuestros padres, tres cuerpos de la misma edad muertos uno junto al otro, en un juego sin final feliz, pero un juego en el que, cuando guardas las fichas, todas reposan en el mismo cofre, un cofre labrado y brillante, un tesoro silencioso.

Si ese día llega, amor, si quien me despierte en un futuro lejano y me arrebate unos instantes de la muerte es él, tu niño, nuestro pequeño héroe, entonces, mi querido esposo, lo llevaré contigo arriba y reiremos todos una última vez, en ésta nuestra casa, nuestra Tierra. Para siempre.

ALP, 31 de mayo de 2016

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