Sigo observando mi trocito de cielo. No hay nada mejor que hacer. O al menos no lo recuerdo. Los últimos años han desaparecido. Hoy, no sé si ha sido por tener a la familia cerca o por sus miradas de compasion hacia mi o las ojeras de mi niña que me cuida día y noche, pero se me ha encendido la bombilla que ha alumbrado hasta la última esquina de mis lagunas. No he dicho nada. Sólo me he levantado, he ido al baño y he atracado el botiquín. Si sale bien, adiós al sufrimiento y si no, qué más da, mañana ya no lo recordaré.
