Publicado en Relato

Ni Peter ni Pan

Érase una vez, en un país muy muy cercano, que vivía un Peter Pan sin superpoderes, sin nunca jamás y sin faldita de flecos. Sólo unos cuantos vaqueros, un pisito alquilado en el centro y un abono mensual del metro de Madrid. Ni si quiera se llama Peter, pero eso no es importante para está historia. La única semejanza con el señor Pan eran sus pocas ganas de hacerse mayor. Que sí, que la edad adulta le había llevado a un trabajo de 8 horas bien remunerado, pero sólo por ser socialmente aceptado. Por el resto, nunca dejó las sudaderas con capuchas y botellones en el parque como a los 15. Pachanga los domingos, el grupo de la quiniela y demás vestigios de lo de siempre. Pero él, que nos da igual su nombre, no tenia ninguna intención de hacer cosas de mayores como pensar en un plan de pensiones, o comprar una casa con una hipoteca a 40 años porque, ¿quien puede pensarlo con 35 y toda la vida p delante ? como para comprometerse, aunque sea con un banco. Porque nuestro protagonista no creía en ningún plan que suponga un largo en el plazo. Ni siquiera quiso un contrato de trabajo indefinido, porque no tenía fecha de caducidad. Tampoco se le pasó p la cabeza tatuarse nunca, porque es para siempre. Nuestro querido amigo, llamémosle Pedro, que Peter no habia muchos en su barrio, una vez conoció a una chica, llamémosle Wendy, pero duró el tiempo exacto que ella consideró que podía permitirse perder. Sólo hubo una ocasión en la que Pedrito Momentos se planteó alargar su carpe diem, una vez en la que una tal Campanilla, que imagino que sería su apellido, le invitó a una copa en alguna terraza ya olvidada. Pero Campanilla era escurridiza y muy difícil de encontrar puesto que no se quedaba mucho tiempo en el mismo lugar y cuando se iba, desaparecía dejando atrás un halo dorado, imaginario, de esos que sólo existen en los ojos de un enamorado.

Y así fue como el señor Pan perdió toda intención de crecer. Toda intención, si es q alguna vez la hubo, de fijar un rumbo. Por eso, hoy en día sigue vagando sin destino. Si no me creéis, podéis comprobarlo vosotros mismos pues es muy fácil de encontrar, a cualquier hora del día, sólo o con la mirada perdida en nunca jamás en algunos de los vagones de la línea circular. 

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