
Despojar a una mujer de la camisa
encierra en sí una intriga y una apuesta
un acertijo serio, un duelo inmenso
una aventura, un azar, una promesa.
Despojar a una mujer de la camisa
nos propone un enigma irresoluble
una cábala distinta en cada hombro
un olor a verano en los ojales
que nos contagia de la urgencia del bandido
y nos hace desear que el tiempo pare.
Liberar cada botón, un regocijo
donde la yema del dedo se nos quema
el contacto con el nácar nos embriaga
y la palma de la mano redondea
el prodigio de la curva femenina
que nos llama como el agua a la marea.
Despojar a una mujer de la camisa
nos convoca a misterios de otros tiempos
nos contrata a destajos infinitos
y nos hace generales sin su guerra.
Una mujer sin botones en su blusa
contiene irreverencias siempre ignotas
cortesías de la piel que no entendemos
armonías incansables y estivales
estridencias, recovecos y hambres fieras.
Despojar a una mujer de la camisa
nos hace levantar nuestra mirada
al vuelo ya iniciado de la tela
como niños mirando una cometa
y bajarla en la caída al blanco tibio
que nos muestra otro país tras la frontera.
Despojar a una mujer de la camisa
tiene consecuencias a futuro,
los arboles se inclinan a tu paso
acelera el respirar, se mira al frente
nuestros ojos aletean como mirlos
los latidos se adelgazan y en un punto,
en la alcoba se desparejan los zapatos
y en la ciudad se trabaja sin sentido.
Despojar a una mujer de la camisa
nos guía firme el timón, alta la proa
y nos saca al mar azul en cada hilo
con un rumbo inevitable hacia la alcoba.