Publicado en Poesía

TIEMPO REVUELTO

mujeres en la ciudad

Vengo, mi flaca, de la calle  y están jarreando mujeres,

morochas, rubias, jaquetonas, menuditas.

Todas llevan un prado recién segado oliendo en el pelo;

de la mayoría manan risas de gorrión,

y casi todas vuelan en grupos sobre los estanques.

Y te digo, flaca, el cuello se me ha girado,

¿seis veces? Bueno, no tantas.

Abrí el periódico en el café.

El hombre del tiempo dice que seguirá así unas semanas.

Espero que sabrás perdonarnos a mí y a Mayo.

Publicado en Poesía

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Despojar a una mujer de la camisa

encierra en sí una intriga y una apuesta

un acertijo serio, un duelo inmenso

una aventura, un azar, una promesa.

Despojar a una mujer de la camisa

nos propone un enigma irresoluble

una cábala distinta en cada hombro

un olor a verano en los ojales

que nos contagia de la urgencia del bandido

y nos hace desear que el tiempo pare.

Liberar cada botón, un regocijo

donde la yema del dedo se nos quema

el contacto con el nácar nos embriaga

y la palma de la mano redondea

el prodigio de la curva femenina

que nos llama como el agua a la marea.

Despojar a  una mujer de la camisa

nos convoca a misterios de otros tiempos

nos contrata a destajos infinitos

y nos hace generales sin su guerra.

Una mujer sin botones en su blusa

contiene irreverencias siempre ignotas

cortesías de la piel que no entendemos

armonías incansables y estivales

estridencias, recovecos y hambres fieras.

Despojar a una mujer de la camisa

nos hace levantar nuestra mirada

al vuelo ya iniciado de la tela

como niños mirando una cometa

y bajarla en la caída al blanco tibio

que nos muestra otro país tras la frontera.

Despojar a una mujer de la camisa

tiene consecuencias a futuro,

los arboles se inclinan a tu paso

acelera el respirar, se mira al frente

nuestros ojos aletean como mirlos

los latidos se adelgazan y en un punto,

en la alcoba se desparejan los zapatos

y en la ciudad se trabaja sin sentido.

Despojar a una mujer de la camisa

nos guía firme el timón, alta la proa

y nos saca al mar azul en cada hilo

con un rumbo inevitable hacia la alcoba.

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Sensaciones (I)

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Alicia se acercó pausadamente a la ventana sur de la sala. El sol de Julio golpeaba violentamente las lamas exteriores y parecía escarbar  virutas de barniz de aquella madera centenaria. Eran las cinco en Florencia.

Al tocar la madera, rugosa ya por el paso de los años, le alcanzó la yema de los dedos un calor vivo y orgánico que le recordó al roce de los dedos de Mario. No supo calcular con exactitud, pero al menos hacía tres años que no le veía. Y la última vez había sido en aquella habitación con vistas. Se acercó más a las lamas convirtiéndose en la mujer cebra que entornaba los ojos para poder vislumbrar las aguas verdes del Arno deslizarse justo en la otra acera. Y viendo aquel agua deslizarse como una caricia aceitosa, sintió también entonces el tacto fluido de sus grandes manos en los hombros. También fue en Julio, ¿no? Apenas le había oído acercarse, más le intuyó, como una presencia animal, y al instante su respiración suave en el cuello frágil y erizado. El soplo lento, el ritmo del aire viajaba adelante sobre su piel y volvía hacia atrás hacia los pulmones que ella solo adivinaba. Él permanecía en silencio. Las fuertes manos se deslizaron hacia abajo pero no lo suficiente para sobrepasar la blanca tela de lino. Excavaron surcos profundos de calor entre sus costillas, pero allí se mantuvieron sin moverse ni un milímetro. El tiempo se detuvo y el tic tac del reloj sobre la chimenea de mármol dejó de oírse. El aire de la respiración masculina se apagó y dejó de acariciar su nuca enervada. ¿Qué hora era? ¿El Arno seguía fluyendo? Era imposible. Supo sin mirar al río que el agua se había parado. La quietud de las manos, la perla de sudor detenida en el labio, los tendones tensándose bajo su fina piel de papel arroz. El verano se paró bajo las manos de Mario y el corazón de Alicia dejó de latir en aquel instante de años. Tanto silencio, la presión apenas deslizada de las manos. La enorme presencia que intuía como un país entero detrás de ella, como un ejército armado y silencioso. Suplicó en silencio que el momento no acabase. Que aquella incandescencia continuara quemando la casa una hora más. Un día más, una vida. Que la camisa no cediera, que las manos no bajaran, que el Arno resistiera embalsado. Notó la perla de sudor deslizarse cruzando el labio entreabierto. Florencia se licuaba entera desde aquel salón en el Lungarno.

Sonó el timbre de la puerta y él respiró como un vendaval sobre su nuca. Mario giró con brusquedad sobre sus talones y fue a abrir. El mundo entonces metió primera y arrancó ruidosamente.