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Cartas de Santiago de Cuba y Galicia

Nuria Gómez De la cal y Silvia Moreno

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Santiago de Cuba, 14 de Agosto de 1965

Querida Juana,

Esta carta es la despedida que nunca te escribí. Como verás en el remite, estoy viviendo ahora en Santiago de Cuba. Me bien a hacer fortuna. No podía aceptar que tu padre controlase todo en nuestra relación, que me diese él trabajo y posición, que me mirase por encima del hombro con aire de superioridad, que controlase siempre cada una de las decisiones de nuestra vida en común amparado por su riqueza y generosidad frente a mi mísera y paupérrima existencia.

Te quiero, de verdad te quiero. Quise contarte mis planes mil veces, que me entendieses y apoyases. Hasta se me ocurrió que vinieses conmigo, pero Pedro me llamó egoísta por pretender exponeros a ti y al hijo que esperamos a una travesía llena de peligros y a un futuro incierto en tierra extraña.

Intenté despedirme al menos, contártelo, pero me asustaba tanto que lo fui retrasando y de repente apareció Pedro con la noticia de unos billetes de última hora en un barco que partía del Ferrol. Tuve que salir corriendo para no perderlo y no tuve tiempo. O tal vez me falló el valor. Por eso mandé a Amandita corriendo a avisarte a casa. Espero que llegase el aviso a tiempo de no dejarte esperando en el altar.

Aquí todo es diferente. En un par o tres de años calculo que tendré lo suficiente para montar una casa y mandarte dos pasajes para ti y nuestro hijo (¿o es hija?) os reunáis conmigo. Espérame, Juana, espérame.

Te quiere eternamente,

Alberto

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Lugo, 23 de Septiembre de 1965

Alberto,

Me temo que esta carta tuya, además de ser inapropiada, llega con dos años de retraso. No acierto a comprender por qué decides ahora ponerte en contacto conmigo, en lugar de desaparecer y pasar a ser un fantasma en mi recuerdo.

Tampoco acerté a comprender qué te impulsó a dejarme vestida de blanco en un altar, ante la mirada de todo un pueblo. Creo que no hay una aldea de Lugo que no conozca mi historia.

No te atrevas a escribir que me quieres, ni se te ocurra. No te atrevas a pensar que es cierto y no te atrevas a preguntar por mi hija. Tú no existes, desapareciste antes de existir para ella y así será para siempre. En cuanto a mí, ya no me importa el por qué ni el cómo, ni el cuándo ni el con quien. Sólo queda odio y algo de caridad, que es la que escribe esta carta.

No te preocupes por nosotras, no somos nada tuyo. Tenemos a nuestro lado a un hombre de verdad que nos cuida y que nunca nos ha fallado. Pedro estuvo a la altura que tú no alcanzas ni a ver. Se quedó a mi lado a pesar de los chismes, las burlas y las viejas.

Vuelve al fondo del mar donde estuviste para mí estos dos años y no vuelvas a escribirme. Jamás volveré a dirigirme a ti. Te odio tanto como te amé.

Juana.

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El misterioso caso del geranio rosa

“Querida Pura,

Espero que te encuentres bien. Yo estoy como siempre: con achaques, pero en pie. Antes de que se me olvide, tengo una mala noticia que darte: el geranio rosa de la ventana de tu casa ha desaparecido. No sé bien qué ha podido pasar porque yo te juro que te lo regaba cada 10 días como quedamos, siempre dejándolo con un poquito de sed, que mi madre decía que es mano de santo con los geranios. Estaba hermoso, no te vayas a pensar que se han llevado una birria. Porque Pura, se lo han llevado. Yo sé que en el pueblo quedamos tres vecinos y somos casi familia pero, ¿qué quieres que te diga, hija? . Ha desaparecido y se lo ha tenido que llevar alguien del pueblo, porque coches forasteros no he oído. Mañana voy a intentar que Eladio me deje entrar en su patio, con la excusa de coger un puñadito de hierbabuena de su mata y así, echo un ojo por si estuviera allí. Eladio está un poco chocho y a lo mejor le ha dado por trincar el geranio, vete tú a saber.

Mañana te cuento.

Tu amiga que te quiere,

REME

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Querida Reme,

 

Espero yo también que te encuentres bien. Yo estoy como una rosa, la verdad. Al final del verano he florecido y me encuentro estupendamente. Será la mejoría que precede a la muerte, dice Amparo, que la tengo aquí recostada a mi vera.

Menudo misterio este del geranio, hija. Lo dejé encaminado y daba gloria verlo pero lo ahí a robarlo…¿No se te habrá secado y me quieres gastar una broma de las tuyas? Que no quiero recordarte la falsa muerte de mi pobre Bubu. Hace cuarenta años y aún se me pone la carne de gallina al recordarlo.

¡Ale, nena! Te dejo que Amparo quiere ir al baño y me da miedo que se me caiga si no la ayudo. Me tienes en ascuas.

Un abrazo,

Tu Pura

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Ay, Pura,

¡Que ha sido Eladio! Allí estaba al ladito de la hierbabuena y los pensamientos. Todo tieso como una vela, rosa, en todo su esplendor. Lo raro es que Eladio me haya dejado pasar al patio sin decir ni pío. Y así se descubrió la cosa. Yo le dije: pero Eladio, hijo, yo te saco un esqueje y en nada te sale un geranio igualito. Pero se ha hecho el tonto, como si no supiera. Todo esto es muy raro.

Te dejo que se me hace tarde,

Tu amiga que te quiere,

REME

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Querida Reme,

Tú no puedes estar hablando en serio. Aunque, un suponer, Eladio se lo haya llevado, que ya es mucho suponer, ¿cómo te deja entonces entrar en el patio, así , sin más, y que descubras todo el pastel? A mí no me cuadra, Reme, no me cuadra. Se me figura que alguien te está haciendo una chunga y se está tronchando mientras tú te vuelves tarumba con tus pesquisas.

 

Dice a Amparo que esta semana te llevamos unos pestiños sin falta, que sabe que te gustan.

Un abrazo,

Tu Pura

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Pura,

Me estoy volviendo loca. El geranio ha vuelto. Ya no sé si voy o vengo, si duermo o velo. ¿Cómo me voy a fiar de los vecinos ahora? Y lo peor es que volví al patio, y el geranio de Eladio no estaba ya pegado a la hierbabuena. O sea que, sin remedio, es él el chorizo. ¡Qué disgusto más grande! Si le conocemos desde crías, ¿cómo se lo ocurre robarnos? Si yo le regalaba encantada los geranios que él quisiera. Me he quedado de piedra.

Te dejo que voy a vigilar la ventana.

Tu amiga que te quiere,

REME

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Querida Reme,

¡Niña, deja ya ese tema que te vas a enfermar! ¡A cagar a la vía ya con el geranio se vaya Eladio y toda su familia! No merece el disgusto que te estás llevando, menudo sofocón.

Tú olvídate de todo y vete a misa.

Un abrazo,

Tu Pura

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Pura,

¡Qué he sido yo! Se ha desvelado el misterio. Me dice todo el pueblo que ando dormida por las calles llevando y trayendo el geranio rosa de un sitio a otro. El pobre Eladio no quería disgustarme, por eso no me dijo nada. Ha sido la nieta de Matilde que me ha enseñado un vídeo de esos en el teléfono y allí me he visto: en camisón, paseando por la calle de la iglesia con tu geranio. Esto es lo último, que apuro he pasado, estoy para que me encierren. Lo bueno es que descansa mi cabeza porque mis vecinos vuelven a ser buenos vecinos y eso me tranquiliza, quieras que no.

Tráete pestiños para el pueblo que nos los metemos el Domingo entre pecho y espalda con un chocolatito para merendar.

Tu amiga que te quiere,

REME

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La página en blanco

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Decisiones

Se enciende la luz. Una mujer y un hombre sentados frente a frente en dos sillas. Todo es muy oscuro, no hay nada en escena excepto las sillas y ellos. Dos focos les iluminan.
Mujer: ¿No piensas decir nada más?
Hombre: ¿Qué más quieres que te diga? Estoy seco, no tengo más palabras, ya no me queda saliva.
Mujer: (Feroz) Para pedir la cena no necesitabas saliva.
Hombre: (Pensativo, insensible) Es verdad, esas palabras sigo teniéndolas en los labios. No me cuestan, apenas requieren saliva.
Mujer: (Dolida) Acabo de sentir todo tu odio en la cara. Como un soplo amargo. Sabía que no me querías, pero no creí que me despreciaras tanto.
Hombre: (Cruel) No entiendo por qué. Llevo años regalándote mi desprecio con cada sílaba. He llegado a pensar que estabas sorda.
Mujer: ¿Sorda? Nunca supe hasta hoy que vivía con un monstruo. No me malinterpretes, querido, te escuchaba. Solo confundí tu desprecio con indiferencia y hastío.
Hombre: Me alegra que por fin nos entendamos.
Se apaga el foco que alumbra al hombre. La mujer seria, despacio, muy despacio, se sitúa de frente al público y permanece un segundo sin hablar. Recorre las butacas con la vista.
Mujer: Fue el miedo. (Mira al patio esperando asentimiento y aclara) Se preguntan qué me hizo llegar a esto, ¿verdad? (Señala el espacio donde transcurrió la escena anterior). El miedo, señores, el miedo. Se te cuela por los poros de la piel, por los agujeros de la nariz. Y es mal consejero, el miedo. Cuando me dijo que me dejaba, que había encontrado el amor, me invadió un miedo atroz. ¿Qué iba a hacer yo? No es que le amara entonces, no es eso. No temía que él se fuera, sufría porque creía que ningún otro ocuparía su lugar. Que yo ya no valía nada si él me dejaba (Sonríe triste). La soledad me acechaba y supliqué. Hice que pasara por un infierno, que la culpa lo atara a mí. Supliqué y supliqué… hasta que se quedó.
Se apaga el foco de ella, que permanece frente al público, impasible, a oscuras. Él se levanta despacio. Mira al público y comienza a hablar.
Hombre: Lo entiendo, me desprecian. Todos ustedes creen que soy cruel, que no tengo corazón. Hace tiempo lo tuve. Corazón, digo. Fue mi corazón estúpido el que me retuvo a su lado (señala a la mujer), el que me convirtió en lo que soy. No quise terminar con su vida, ¿qué haría ella sin mí? Y sobre todo, ¿Qué haría yo sin su red? Y me acurruqué en su refugio con las manos en mis oídos para no oír al amor llamarme desde el mar. (Pausa, con asco) Y me desprecio profundamente por aquella cobardía. Odio mi refugio, la odio a ella, porque me recuerda, cada segundo, mi asquerosa debilidad.
Se encienden las luces. Los personajes se encaran uno al otro, de pie. Se mueven por la escena.
Mujer: ¿Te parece que ahora nos entendemos?
Hombre: Así es, sí.
Mujer: (Suplicante)¿Entiendes que le quiero más que a mi vida? ¿Entiendes que necesito oírle respirar a mi lado para poder vivir?
Hombre: (A gritos, en su cara, apartándola) ¡Que sí, coño, que lo entiendo! (Se recompone. Con rencor) Una vez estuve en tus zapatos, ¿te acuerdas? Te entiendo; nos entendemos.
Mujer: Necesito que me dejes marchar, que me liberes de esta casa que me aplasta. ¡No puedo moverme! Querría volver atrás. Daría cualquier cosa por arrancarme la lengua entonces y separar nuestros caminos cuando aún éramos personas. Pero no puedo. Sólo puedo suplicarte que me ayudes ahora.
Hombre: Más súplicas, esto ya no es nuevo. ¿Suplicaste que me quedara y ahora que te empuje a dejarme? Haz lo que tengas que hacer y déjame tranquilo.
Mujer: Ojalá pudiera. Solo tú tienes la llave que abre esta amarga cárcel que nos encierra a los dos. Úsala, por Dios. ¡Déjanos vivir!
Hombre: ¡Ja, ja, ja, ja! Yo ya vivo, querida. ¿No me ves? Y por lo que parece, tú también.
Vuelve la luz a iluminarle solo a él, de pie, frente al público. Ella permanece callada frente al público, a oscuras, como antes.

Hombre: Sí, damas y caballeros, esto es lo hace el odio con un hombre. Le devora por dentro y le convierte en otra cosa. Ahora este odio es lo único que me ata a la vida. Sin ella a mi lado, no sentiría nada. Necesito esa arcada diaria que me asalta al sentirla despertar a mi lado o cuando me miro al espejo. Entonces me siento vivo. No pienso renunciar a esa victoria.
Él se sienta en la silla y se queda a oscuras. Ella en el proscenio, habla de nuevo al público.
Mujer: Hay errores que te persiguen toda la vida. No puedes escapar. No es posible. Todas las mañanas le oigo trajinar en el baño, y rezo por escuchar el golpe sordo de la muerte fulminando su cruel corazón y su cuerpo contra el suelo. Pero todos los días, emerge de ese cuchitril, con ganas renovadas de venganza. Y me castiga sin piedad. Yo le robé la vida, ahora lo sé. Ahora comprendo que dejó de respirar entonces, como yo ahora. Yo soy la culpable. El miedo, señores, fue mal consejero. Hoy me aconseja la culpa.
Se sienta en su silla y vuelven a la escena inicial. Hablan sin sentimientos, impasibles.
Mujer: Nos condenas a esta existencia de mierda en la que solo nos queda desprecio y culpa.
Hombre: Me baño todos los días en desprecio. Lo llevo pegado a la piel. Voy a ver qué tal me sienta la culpa. Cambiamos los trajes, querida.
Mujer: Nada cambia para mí: yo ya te desprecio. A ver si tú puedes vivir con la culpa.
Hombre: Como decía, al fin nos entendemos. ¿Qué vamos a cenar?
Mujer: Quedan filetes rusos de esta mañana y puedo hacer una ensalada.
Hombre: Perfecto, muchas gracias. Voy poniendo la mesa.
(Oscuro)
FIN

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Cambio de destino

 

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“Esto definitivamente no es lo que me habían contado. Me habían hablado de mil y una torturas. En el huerto, todos te asustaban desde semilla, describiendo con detenimiento los mil horrores que pueden hacer con un pobre pepino crecidito. Cuando llegué a tamaño adulto, mis pepitas internas temblaban de miedo. Me iban a cortar en pedazos, a masticar, a echar sal en las heridas y después vinagre…Pero esto no es lo que yo esperaba. Estoy en un lugar bastante acogedor y calentito. Lo único que no termina de encajarme es este trasiego continuo que me traigo dentro y fuera del refugio. Al menos, una mano humana muy suave me acaricia y me guía en el camino. Dentro, fuera, dentro, fuera. No entiendo donde me va a llevar todo esto, pero mientras no vea un cuchillo cerca, todo va bien.”

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La leyenda de Silvia

 

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El mundo es redondo. Gira y gira sobre sí mismo desde hace millones de años. Hace tantos años, que no tiene sentido contarlos. ¿Cuál es la diferencia entre tres trillones de años y un billón de trillones? Ninguna para la raza humana. La ventana de tiempo que manejamos es tan diminuta en comparación, que poner un número a la edad del mundo es, a nivel práctico, una pérdida de tiempo y perspectiva. ¿Desde cuándo el mundo es como lo conozco ahora? ¿desde qué instante todos los seres que lo habitan empezaron a ser como los puedo ver hoy mismo? Voy a utilizar el argumento de mi sobrina Olivia, un ser excepcional, a cerca de la existencia de Dios. Olivia admite que Dios existe, e incluso admite con esfuerzo razonable que no tenga fin, dando algo de tregua a la pobre monja que la educa. Sin embargo, ante los atónitos ojos de su maestra y la indiferencia de una clase de niños de 9 años, proclama que, si Dios existe desde siempre, en algún momento ha tenido que empezar a existir desde siempre. Según ella, todo tiene que tener un principio. Y yo no puedo estar más de acuerdo. Por eso, aplico sus enseñanzas al mundo que nos rodea, mucho más interesante que Dios, desde mi irreverente y terrenal punto de vista. Por tanto, todas las cosas han empezado en algún momento a ser como las conocemos ahora. Y eso es lo que yo quiero contaros. Pero como no puedo abarcarlo todo, todo, todo, como no puedo aspirar a contaros como todas las cosas empezaron a ser como son, ni en un trillón de trillones de palabras, voy a centrarme en una sola cosa. ¡Uy, no! ¡Ya sé lo que estáis pensando! No puedo hablaros del cuerpo del hombre que amo. No tengo palabras para eso. Voy a contaros la historia de cómo Silvia cambió el mundo para siempre, bueno, mejor digamos que cambio el mundo en adelante. Como veis, incluso eligiendo palabras cuidadosamente es realmente complicado pensar en que las cosas tienen final. Igual de complicado que encontrar su principio. Silvia tenía un papel muy importante en su mundo: ella contaba. Contaba las personas que vivían en su comunidad, cuantas casas había en su pueblo, contaba las vacas que pastaban en sus prados, contaba en cuantos prados se podían alimentar los animales, contaba los cubos de leche que se ordeñaban, cuantos pastores conocía, cuantos perros llevaban los pastores, …Ella contaba…sin fin. Silvia contaba, aún sin fin. Eso sí, comenzó a contar un día, cuando con 4 años, su madre le pidió dos cubos de agua para llenar la bañera. Fue a por uno de ellos, y con mucha dificultad, casi lo arrastró hasta el baño. Cuando lo dejó allí, junto a la gran bañera, su cabecita pensó: “uno”. Salió hacia el pozo para llenar su segundo cubo de agua y logró llevarlo hasta el suelo del cuarto de baño de su madre. Cuando lo depositó allí, Silvia musitó: “dos”. Y una sensación de placer la inundó por completo. Desde aquel primer día, contar le producía una sensación envolvente de trabajo bien hecho, de triunfo, de pequeño final.

Pasaron años y años y Silvia siguió contando. Hasta que conoció a Santiago. Tardó dos horas, tres minutos y 6 segundos en enamorarse perdidamente de aquel muchacho lánguido, tranquilo y valiente. Apenas dos horas y supo que le amaría para siempre. Perdón, supo que le amaría en adelante. Pero su mundo se trastocó para siempre, cuando Santiago, ciego de amor, le preguntó inocente: “¿Silvia, tú cuanto me quieres?”. Los ojos de Silvia se abrieron de par en par. ¿Cuánto? ¿Cómo que cuánto? Ella podía, quería, adoraba contarlo todo, pero no podía contar a su amado cuanto le quería. Sencillamente, no podía. ¿Mucho? No servía. ¿Para siempre? Era engañoso. ¿en adelante? No era suficiente. ¿Cómo se mide el amor? ¿cómo podía Silvia saber si ella quería a Santiago más que él a ella? ¿Se querían ellos dos más de lo que se quisieron sus padres? ¿Más o menos que Romeo a Julieta? ¿Igual que Lancelot amaba a Ginebra? Preguntó a viejos y sabios, y descubrió que no se conocía una medida válida para el amor. Se sabía medir la luz, los colores, el sonido, …Incluso otras emociones para ella menos sagradas, carecían de medidas tangibles, pero se podían comparar: ella podía afirmar sin ningún género de dudas que su hermano era más feliz que su hermana, y que su gato era más listo que su perro…pero eso no funcionaba con el amor. ¿Acaso puede ser el tiempo una medida del amor? Te quiero mucho porque hace mucho que te quiero. ¿O era mejor medir con besos? ¿o en regalos? ¿O en orgasmos? ¿Te amo más si mis ojos no pueden ocultar el deseo? ¿O te amaré menos si no huelo tu pelo al abrazarte? La mente y el corazón de Silvia quedaron atrapados en este laberinto de preguntas, amor y medidas. Santiago pronto descubrió que su amada estaba más interesada en medir su amor que en disfrutar de él. Silvia sentía la responsabilidad de dar al amor una medida válida, para que su amante y todos los amantes después de él, pudiesen saber exactamente cuánto les amaban. Ella contaba desde casi siempre, por lo que, si había alguien que pudiese conseguirlo, esa era ella.

Tres años, dos meses y 6 horas después, Santiago comenzó a amar a otra, cansado de intentar sacar a Silvia de su círculo infinito (perdón, casi infinito). Silvia ni siquiera se dio cuenta de que ya no quedaba nada que medir.

Y ahí sigue Silvia, en alguna parte de este mundo, aun contando vacas y pastores, e intentando encontrar una medida para el amor, algo que nos asegure que nuestro amor es correspondido con la cantidad que necesitamos. El resto del planeta confiamos en que, si alguien puede triunfar en semejante hazaña, esa es Silvia. Y es por esto por lo que nadie más en la historia ha osado a seguir sus pasos e intentar contar unidades de amor. Es algo que no nos enseñan de pequeños pero que sabemos desde el principio de nuestras vidas. Silvia está ahí contando por todos nosotros, buscando para nosotros algo que nadie más que ella quiere encontrar. Puedo afirmar, sin miedo a equivocarme, que Silvia buscará y contará para siempre.

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Dos monólogos

 

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Tengo un culo enorme con estos vaqueros. Se podría decir que prácticamente descomunal. No sé cómo tengo las narices de presentarme así en esta mierda de fiesta, pero es que no he encontrado en el armario ningún otro pantalón que me sirva. No puedo respirar. El infame botón de metal se me está clavando en el ombligo, y creo que voy a necesitar cirugía para sacarlo de ahí. Siento en todo mi desmesurado trasero como se marcan las costuras de esta prisión de tela, y casi duele. No ha sido buena idea venir con las tetas fuera para que no me miren el culo. Mira, ahí viene otro: culo gigante, tetas fuera. Ese es el recorrido de los ojos de todos los seres humanos que me examinan, sin importar sexo, edad o condición etílica. Me voy a tomar tres tequilas del tirón para pasar este trago con menos conciencia. Preferiría un gintonic como anestesia, pero no cabe dentro de estos malditos vaqueros. Puedo sacarle un ojo a alguien con el puto botón incrustado. Al menos así me ahorraría el quirófano. ¡Joder, que bueno está el tequila! Ya noto como me resbala todo un poco más.

¿Y tú quién eres, chiquilla? Esa tampoco es una frase muy acertada, chaval. Tronco, piensa en algo rápido, que se está tomando los tequilas como si fuesen leche, y va a caer inconsciente en tres minutos. Y serás muy vicioso, pero no te gusta hacértelo con cadáveres alcoholizados. Como vuelva a girarse a coger otro tequila, voy a tener que cortarme las manos para mantenerlas lejos de ese increíble culazo. ¡Dios! No lo hagas más, guapa. Me voy a quedar sin sangre en el cerebro, por favor, deja de moverte. ¿Me llamo Arturo, y tú? Joder, así te vomita directamente de aburrimiento. ¡Piensa, coño!

Ale, otro subnormal que no ha visto una gorda en su vida. Sí, hombre, sí. Aunque parezca una televisión es mi culo, gilipollas. Como venga y me suelte alguna gracia de borracho salido, le abro la cabeza con la botella de tequila. Y es que con este tamaño que tengo, me esconda donde me esconda, me va a encontrar. Mira a tu novia de 200 gramos, idiota. No todo el mundo tenemos ese cuerpazo que gastas pero yo también tengo derecho a existir, aunque casi me escupan al entrar en Stradivarius.

A tomar por culo, está bebiendo tequila directamente de la botella. Vamos, tronco, que no se diga. Me encanta esa pava. Tiene pinta de haber llegado esta noche directa desde Marte, con su tequila, sus ojazos verdes, su culo para perderse 5 horas y sus tetas casi al aire. Vamos allá. Compórtate y no le mires las tetas. No la cages, pringao.

-Hola guapa, buenas noches. Estás tremenda.

– ¡Ya! Y tú eres gilipollas.

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DOS SEGUNDOS

TIEMPO

Me mira raro, muy raro. El novio de Ana no me mira normal, esto está claro. Cada vez que termina una frase, para durante dos segundos antes de continuar con la siguiente, como esperando que yo diga algo, o quizá que lo haga. Cada fin de frase es una invitación. Pero no son solo esos dos segundos, es la postura de todo su cuerpo durante esa pausa lo que me hace pensar que espera algo de mí. Y eso cada o solo dos segundos y en todas las frases. Todas y cada una, sin excepción. Da igual que declare al camarero las tapas que queremos cenar o que recite un poema de Benedetti. Siempre están ahí esos dos segundos. ¿Cómo explicarle esto Ana? “Mira, Ana, tu novio crea una intimidad periódica conmigo con la cadencia de una frase y la escasa duración de dos segundos. Ya a mí me gusta”. Los empiezo a necesitar. Espero ansiosa a que termine de pronunciar “pimientos de Padrón” o finalice un verso, para encontrarme con él a solas en esos dos segundos, entre la gente, en el bar o en su coche. ¿Podemos alargar esos dos segundos? ¿Podemos lograr construir un universo paralelo uniendo eternamente esos dos segundos nuestros para hacerlos interminables? ¿Podemos así vivir esto que nos une sin que nadie sufra? Ansío como una loca el siguiente encuentro con Ana y su novio, para disfrutar juntos de nuestros siguientes dos segundos y que al fin estos sean el comienzo de nuestra eternidad juntos.

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FRESA y MARIHUANA

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Alberto sabe a fresa y Juan Pedro a marihuana ¿Quién puede elegir entre fresa y marihuana? Alberto es mis domingos al sol en el Retiro, mis noches de lunes en el cine, mi calma. Juan Pedro es mi tormenta de verano en San Juan, mis montañas de la luna, mi tempestad. Y mi alma necesita tempestad para apreciar la calma y la calma para ansiar de cuando en cuando una tempestad ¿Cómo elegir entre una y otras? ¿Cómo dejar la dulzura amiga y abrazar la pasión desnuda? ¿Cómo desdeñar la locura y disfrutar tranquilos de nuestra cordura? Soy débil, no puedo. Y sigo adelante luchando entre brisa y temporal, escondiendo a Juan Pedro en las plazas oscuras para que Alberto disfrute sin rencor de sus tardes amables. Pero siempre, cuando amo a uno, deseo desenfrenadamente a su mejor amigo. Me consumo, con sumo placer.

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CENIZAS

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Un escalofrió era siempre la respuesta inmediata de su cuerpo al encargado de mantenimiento. Todas las mañanas lo sentía, y no sabía decir porqué, no podía identificar qué era lo que había en aquel viejo que hacía que su instinto de gata pasara a primer plano. Su voz interna le susurraba: alerta. Después su cerebro le hacía retroceder: es solo el tío de mantenimiento de la oficina, y entonces ella continuaba obediente con su café con leche y su cigarro. Cada mañana el mismo e inerte proceso, que terminaba con ella levantándose de la silla azul y dejando la terraza con la misma extraña sensación de supervivencia.

Aquella tarde tenía mucho trabajo. Estaba inmersa en una traducción que tenía que entregar en dos días. Le había costado bastante concentrarse y no quería parar y estropear otra mañana pegándose con aquel dichoso manual de taxidermia: pensar en zorros disecados hacía su día mucho más gris. Decidió hacer una parada para tomar un café y lanzar después su último asalto al morboso texto. Bajó a la terraza. Estaba atardeciendo. El sol anaranjado hacía mucho más intenso el rosa del suelo, convirtiendo aquella terraza en una enorme tarta de fresa. Las sillas azules eran ahora casi negras y las mesas adoptaban el naranja del sol dejando a un lado su blanco matutino. El pequeño pinar contiguo pasaba a ser, por la tarde, un espeso bosque en el que no podía penetrar la luz, y la chimenea del crematorio se erigía al fondo como un gigantesco testigo de la caída de la noche.

A esas horas ya no servían nada en la cafetería, así que ella sacó un café de la máquina y se sentó en su mesa de siempre, intentando sacar de su mente unos ojos muertos de zorro y meter en su lugar aquel precioso atardecer. Antes de verle, ya notó que estaba allí. Alerta, le susurró su voz interna. Ella giró su cabeza y se encontró al viejo allí parado, justo detrás de su silla, con la mirada perdida en el bosque. Sus ojos se encontraron y él sentenció: Señorita, no se puede estar aquí después de las 6. Arrastró cada palabra, monótonamente, sin inmutarse. Ella continuó mirándolo, esperando a que añadiera algo más, pero los ojos del viejo ya estaban de nuevo escudriñando el bosque. Seguía inmóvil detrás de ella, casi rozando con su barriga la parte de atrás de la silla. Alerta, repitió su voz y ella recogió su tabaco de la mesa mientras giraba sobre sí misma para dirigirse a la entrada al edificio. Al pasar por la puerta, se volvió: el hombre seguía allí sin moverse mirando hacia la oscuridad del bosque, como si aquella chimenea le hubiese hipnotizado. Justo antes de que ella continuara su camino, el viejo giró su cabeza lentamente hacia ella y mantuvo su mirada, plana, sin forma, marcando territorio, para que no hubiese ninguna posibilidad de que la muchacha volviera sobre sus pasos.

Tres horas después, ella se sentía asfixiada en el despacho. Casi podía oler las tripas de los animales abiertos en canal de aquellas páginas, que parecían multiplicarse según avanzaba en su tarea. Necesitaba un cigarro. Inmediatamente sintió el rechazo de su cuerpo ante la posibilidad de encontrarse de nuevo al viejo. No podría soportar verle tres veces en un día. Enseguida su cerebro le hizo sonreír: recordó que se largaba a su casa a las 8. ¡Por fin algo de suerte! Estaba tan ansiosa que bajó los tres pisos corriendo por las escaleras y llegó rápidamente a la terraza. Antes de que la puerta se cerrase tras de sí, ella ya había encendido su cigarro. Inhaló ansiosa el humo y, al sacarlo de sus pulmones, se sintió mucho más relajada. Con esa sensación, se acercó a su mesa y se sentó. Estaba prácticamente a oscuras. La escena solo se iluminaba con la luz de la salida de emergencia, que casi no llegaba donde ella estaba. Dio una segunda calada al cigarro, y la calma de aquel lugar la envolvió.

Una vez se hubo acostumbrado a la falta de luz, comenzó a ver un poco mejor a su alrededor. El silencio sepulcral de aquel edificio vacío dejaba oír perfectamente todos los sonidos del bosque: las hojas secas del otoño movidas por el viento que rascaban el suelo rugoso de la terraza, las ramas de los arboles meciéndose en la noche, acariciándose levemente unas a otras, y …otro sonido que no reconocía. Era algo continuo, muy tenue. Jugó en su mente a pensar que eran hormigas, centenares de hormigas moviéndose como un manto sobre la tierra, entre la vegetación, acercándose a ella. Su piel se erizó cuando vio la primera sombra en el suelo de la terraza. Su voz interna advirtió: alerta, pero su cerebro vino de nuevo a poner las cosas en orden: solo era la sombra de las ramas sobre las plaquetas rosas. Se regañó a si misma por elegir insectos imaginarios para pasar unos minutos de descanso lejos de sus animales disecados. Decidió dejar la tierra y pasar a revisar las estrellas. No recordaba que en Madrid es difícil encontrarlas con tanta farola y letrero luminoso. Anduvo buscando unos segundos en el cielo, pero no tuvo suerte. Le guiñó un ojo a la estrella polar, la única que no había desaparecido aquella noche. Alerta, susurró insistente su voz interior. Aun no sabían ambas que habían perdido unos segundos cruciales y que ya era demasiado tarde para ellas. Al volver la mirada hacia el suelo de nuevo, lo encontró más oscuro. Inmediatamente pensó que tenía que volver a acostumbrarse a la falta de luz después de su saludo celeste, pero enseguida se dio cuenta de que algo no iba bien. No veía las rayas entre unas baldosas y otras. Y al fijarse mejor, se dio cuenta de que algo se movía en aquel suelo. Instintivamente, subió las piernas para alejar sus pies de aquello. O eso intentó, porque aquella especie de fina arena gris, que cubría todo el solado de la terraza, mantenía sus pies firmemente sujetos al piso. Se levantó despacio, como si lo que estaba sintiendo fuese fruto de su imaginación, los zorros tiesos y la noche. Y entonces una ráfaga de aire levantó aquel polvo gris del suelo y la muchacha quedó cubierta en un segundo por una fina capa de ceniza. Supo que era ceniza cuando se posó en sus ojos, en su boca, en sus manos. La textura, el sabor, el peso, no había duda. Intentó llevarse las manos a la cara, para limpiarse, pero tampoco pudo mover los brazos. El miedo la cubrió y paralizó del mismo modo que aquel polvo gris. Su voz interior gritaba: corre. Por primera vez su cerebro estuvo de acuerdo, pero su cuerpo no respondía. Y empezó a sentir como la ceniza se movía sobre ella. Subía desde sus pies, por sus piernas en lo que parecían ser dos lenguas grises que bordeaban su cadera, cruzándose alrededor de su cintura, como dos cintas oscuras de fina arena. Subieron hasta su cuello para llegar una a su boca y la otra a su ojo derecho. No veía nada, no oía nada. Solo el terror que hacía aullar a su pobre voz interna y la paralizaba un poco más de lo que ya estaba. Su cerebro intentaba sin éxito tomar el control. Intenta coger el mechero, sopla con todas tus fuerzas, escupe a esta cosa…Es difícil luchar contra lo que no se entiende. Y el polvo comenzó a colarse dentro de ella. Comenzó a espesarse por dentro, el agua de su cuerpo se mezclaba con aquella cosa como si fuese cemento. Y notó que esta mezcla de agua y polvo, no solo estaba en su sangre, en su saliva, en sus lágrimas, también afectaba a su voz interior. Cada vez la oía más lejana, más cansada, como si alguien estuviese dando un golpe de estado en su alma. Tardó muy poco en sentirse llena, hinchada, desbordada de ceniza húmeda. Pesada, demasiado pesada. Tan pesada que de repente, se desmoronó sobre el suelo rosa como un castillo de arena en la playa. Seguía teniendo conciencia de ella misma pero ya no sentía su cuerpo como antes. Comprendió que ya no tenía forma humana. Era como sentir en toda su piel el tacto del suelo, de las hojas secas, de las patas de la mesa, …En todo su cuerpo: era como si se hubiese convertido en una piel granular gigante que se arrastraba por todo el suelo. Ella hizo un último intento de ponerse a los mandos, y entonces, oyó una voz en su interior. No era su voz interior: era ese algo externo que se la había colado dentro y la había descompuesto. Tranquila, ahora mando yo-dijo la nueva voz. Y ella notó como cada una de las partículas de ceniza que ahora formaban su cuerpo, obedecían y se adentraban en el bosque, uniéndose al rio gris de polvo que desembocaba en el crematorio.

Como cada mañana, el viejo abrió la puerta de la terraza para barrer las hojas caídas antes de que llegase el personal del edificio. Enseguida se dio cuenta de que una silla azul no estaba en su sitio. Se acercó a aquella mesa y vio sobre ella el paquete de tabaco de la muchacha. Acercó su mano lentamente, lo cogió y se lo guardó en el bolsillo. Levantó la vista hacia el sendero del bosque y solo dejo de mirar, cuando las lágrimas le impidieron distinguir a lo lejos la chimenea del crematorio.