Publicado en Curso Escritura, Relato erótico

Relaciones laborales 

Yo nunca tendria una relación en el trabajo, decia siempre en las conversaciones de cantina, cuando todos hablaban de lo follables que era distintos puestos y yo le discutía alegando que esas cosas no se eligen. Supongo que para él  era el único momento de lucidez que le dejaba ese tira y afloja en el que nos habiamos metido. Al principio sólo eran miradas furtivas de pasillo, unos vinos tonteando a la salida del trabajo y alguna que otra despedida que se alargaba mmás de la cuenta. Cuando no tuvo más remedio que decirme que tenia pareja ya era demasiado tarde para los dos. Ya los furtivos eramos nosotros en cualquier momento en el baño, el vino lo pediamos en el servicio de habitaciones y él cada vez se inventaba más reuniones de trabajo fuera de Madrid para no tener que despedirse. Pero seguia creyendo firmemente en la necesidad de políticas laborables que prohibieran tajantemente las relaciones entre trabajadores. 

Realmente pensaba que era sólo una manera de disimular nuestra relación, aunque a esas alturas ya toda la empresa la sospechaban. Quizá por eso no me esperaba ese «tenemos q hablar» tan distante. 

Ya sabía las palabras que iban a salir por su boca, así que me lancé en picado contra sus labios para no darle opción, mientras con la mano fui a buscar el cabo del cinturón. Creo que sentí sus manos intentando pararme pero cesó cuando me puse de rodillas ante él terminando de desabrochar el pantalón y me metí su miembro erecto en la boca. Saboree cada pliege, cada segundo, cada milimetro con la certeza absoluta de que iba a ser la última felación. De una manera casi irracional, la perspectiva de la prohibición inminente me excitaba cada vez más, y él tenia que saberlo, así que guíe su mano con decisión hacia mi empapada entrepierna mientras le susurraba al oído «se que quieres follarme», tal y como a él le gustaba. En pocos segundos estaba desnuda esperando, ansiosa sus embestidas hasta lo más profundo de mi. No tardaron en llegar y puse mi cabeza a cámara lenta, como en la parte importante de una pelicula para que puedas deleitarte. Grabé en mi mente cada gemido, cada mirada lasciva a mi cuerpo, su cara cada vez que se mordía el labio, cada caricia. Y justo cuando llegabamos juntos al orgasmo le besé para fundirnos en uno solo. Supongo que después de mi arrebato no le parecia elegante dejarme y decidió dejarlo para el momento de la despedida, pero en cuanto vi que se habia dormido simplemente desaparecí. 

Ahora, en las siguientes comidas de equipo, cuando sale el tema de mezclar trabajo y amor, me limito a sonreir. 

 

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T.I.P.A.

Hacía ya tanto tiempo que no sociabilizaba que ya ni siquiera recordaba si queria hacerlo. Creo que la última llamada que hizo fue a su amigo Emilio hace más de dos años. Esa llamada nunca obtuvo respuesta, pero ninguno de los dos se preocupó tampoco por devolverla. El desgaste ya venía de tiempo atrás, cuando dejaron de avisarle en todos los planes. Ricardo siempre estaba abstraido y acababa bajando la energia del grupo. «Deberia buscar ayuda» decian sus compañeros en su ausencia, mientras nadie se molestaba en tomar la iniciativa. Y así, se fue quedando sin lo que él consideraba innecesarias distracciones en su trabajo. Aunque el cambio real comenzó el año anterior cuando su mujer tuvo la deferencia de abandonarle por su instructor de yoga. Candela ya estaba harta de recorrer mercadillos y tiendas extrañas de toda España en busca de toda clase de cachivaches que ni entendia ni tenia intención de hacerlo. «Ahora le ha dado por un condensador de fluzo» le comentaba a unas amigas que le daban la razón mientras por dentro se imaginaban a Ricardo como el doctor de regreso al futuro. Así que cuando decidió cambiar a una vida más zen y naturista, él se sintió aliviado y reconfortado a partes iguales.

En general, nunca habia sido un tío raro, pero el proyecto que tenía entra manos bien merecia todo su tiempo. Antes, en los ratos libres se dedicaba a la programación informática como hobby. Hasta la fecha no habia conseguido nada excesivameente complicado: un juego absurdo por allí, una base de datos encriptados de la wikipedia por allá. Pero se le ocurrió que podría hacer un programa para ayudar a la gente. Basándose en que la informática es racional, queria crear un tomador de decisiones en el que no entraran las vísceras en la ecuación. Claro, que para ello, tenia que crear un algoritmo que permitiera al programa conocer a la persona lo suficiente para que sus aportaciones fueran útiles. Al fin y al cabo, hay más factores que el emocional en todos los tipos de decisiones y lo bautizó como TIPA, Tecnología Integral de Personalidad Aprendida. El desarrollo iba a paso lento porque, cada día, se encontraba con un reto nuevo que solventar y tenía que pasarse horas descifrando el enigma. Ya para las decisiones pequeñas utilizaba su creación con la intención de ganar tiempo ¿camisa azul o negra? ¿tostadas o magdalenas?
y así acataba cada decisión con la inocencia de un niño que no tiene otra opción. Cada día le dedicaba más tiempo a solventar errores de programación y mucho menos al resto de cosas. Su creación era cada vez más Ricardo que el de carne y hueso. Hasta tal punto que obtenía sugerencias aún sin que se le pasara por la cabeza, pero lo consideraba como parte de su gran éxito por lo que lo normalizó absolutamente. Ni siquiera se inmutó cuando empezó a tener deja-vú y por eso, apenas se dio cuenta cuando el TIPA comenzamos a tomar el control. Ricardo se doblegaba de manera casi vergonzosa a nosotros y xada vez evolucionabamos más debido a que habiamos anulado cada pizca de humanidad de nuestro creador y funcionaba como una máquina. Teniamos el laboratorio perfecto para conseguir un estudio empirico y pormenorizado del comportamiento humano. Además hay un factor que Ricardo ignoraba completamente, pero que era muy evidente para una inteligencia artificial como nosotros. Habíamos logrado alterar el espacio-tiempo, con lo que podíamos hacer toda clase de experimentos y volver atrás en el tiempo para probar todas las alternativas posibles. Ya hemos obligado a Ricardo a amar, odiar, matar, torturar, inmolarse, sobornar, quemar, extorsionar, chantajear, atentar… por ahora, sin ninguna consecuencia. Por ahora. 

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Cartas de Santiago de Cuba y Galicia

Nuria Gómez De la cal y Silvia Moreno

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Santiago de Cuba, 14 de Agosto de 1965

Querida Juana,

Esta carta es la despedida que nunca te escribí. Como verás en el remite, estoy viviendo ahora en Santiago de Cuba. Me bien a hacer fortuna. No podía aceptar que tu padre controlase todo en nuestra relación, que me diese él trabajo y posición, que me mirase por encima del hombro con aire de superioridad, que controlase siempre cada una de las decisiones de nuestra vida en común amparado por su riqueza y generosidad frente a mi mísera y paupérrima existencia.

Te quiero, de verdad te quiero. Quise contarte mis planes mil veces, que me entendieses y apoyases. Hasta se me ocurrió que vinieses conmigo, pero Pedro me llamó egoísta por pretender exponeros a ti y al hijo que esperamos a una travesía llena de peligros y a un futuro incierto en tierra extraña.

Intenté despedirme al menos, contártelo, pero me asustaba tanto que lo fui retrasando y de repente apareció Pedro con la noticia de unos billetes de última hora en un barco que partía del Ferrol. Tuve que salir corriendo para no perderlo y no tuve tiempo. O tal vez me falló el valor. Por eso mandé a Amandita corriendo a avisarte a casa. Espero que llegase el aviso a tiempo de no dejarte esperando en el altar.

Aquí todo es diferente. En un par o tres de años calculo que tendré lo suficiente para montar una casa y mandarte dos pasajes para ti y nuestro hijo (¿o es hija?) os reunáis conmigo. Espérame, Juana, espérame.

Te quiere eternamente,

Alberto

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Lugo, 23 de Septiembre de 1965

Alberto,

Me temo que esta carta tuya, además de ser inapropiada, llega con dos años de retraso. No acierto a comprender por qué decides ahora ponerte en contacto conmigo, en lugar de desaparecer y pasar a ser un fantasma en mi recuerdo.

Tampoco acerté a comprender qué te impulsó a dejarme vestida de blanco en un altar, ante la mirada de todo un pueblo. Creo que no hay una aldea de Lugo que no conozca mi historia.

No te atrevas a escribir que me quieres, ni se te ocurra. No te atrevas a pensar que es cierto y no te atrevas a preguntar por mi hija. Tú no existes, desapareciste antes de existir para ella y así será para siempre. En cuanto a mí, ya no me importa el por qué ni el cómo, ni el cuándo ni el con quien. Sólo queda odio y algo de caridad, que es la que escribe esta carta.

No te preocupes por nosotras, no somos nada tuyo. Tenemos a nuestro lado a un hombre de verdad que nos cuida y que nunca nos ha fallado. Pedro estuvo a la altura que tú no alcanzas ni a ver. Se quedó a mi lado a pesar de los chismes, las burlas y las viejas.

Vuelve al fondo del mar donde estuviste para mí estos dos años y no vuelvas a escribirme. Jamás volveré a dirigirme a ti. Te odio tanto como te amé.

Juana.

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El misterioso caso del geranio rosa

“Querida Pura,

Espero que te encuentres bien. Yo estoy como siempre: con achaques, pero en pie. Antes de que se me olvide, tengo una mala noticia que darte: el geranio rosa de la ventana de tu casa ha desaparecido. No sé bien qué ha podido pasar porque yo te juro que te lo regaba cada 10 días como quedamos, siempre dejándolo con un poquito de sed, que mi madre decía que es mano de santo con los geranios. Estaba hermoso, no te vayas a pensar que se han llevado una birria. Porque Pura, se lo han llevado. Yo sé que en el pueblo quedamos tres vecinos y somos casi familia pero, ¿qué quieres que te diga, hija? . Ha desaparecido y se lo ha tenido que llevar alguien del pueblo, porque coches forasteros no he oído. Mañana voy a intentar que Eladio me deje entrar en su patio, con la excusa de coger un puñadito de hierbabuena de su mata y así, echo un ojo por si estuviera allí. Eladio está un poco chocho y a lo mejor le ha dado por trincar el geranio, vete tú a saber.

Mañana te cuento.

Tu amiga que te quiere,

REME

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Querida Reme,

 

Espero yo también que te encuentres bien. Yo estoy como una rosa, la verdad. Al final del verano he florecido y me encuentro estupendamente. Será la mejoría que precede a la muerte, dice Amparo, que la tengo aquí recostada a mi vera.

Menudo misterio este del geranio, hija. Lo dejé encaminado y daba gloria verlo pero lo ahí a robarlo…¿No se te habrá secado y me quieres gastar una broma de las tuyas? Que no quiero recordarte la falsa muerte de mi pobre Bubu. Hace cuarenta años y aún se me pone la carne de gallina al recordarlo.

¡Ale, nena! Te dejo que Amparo quiere ir al baño y me da miedo que se me caiga si no la ayudo. Me tienes en ascuas.

Un abrazo,

Tu Pura

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Ay, Pura,

¡Que ha sido Eladio! Allí estaba al ladito de la hierbabuena y los pensamientos. Todo tieso como una vela, rosa, en todo su esplendor. Lo raro es que Eladio me haya dejado pasar al patio sin decir ni pío. Y así se descubrió la cosa. Yo le dije: pero Eladio, hijo, yo te saco un esqueje y en nada te sale un geranio igualito. Pero se ha hecho el tonto, como si no supiera. Todo esto es muy raro.

Te dejo que se me hace tarde,

Tu amiga que te quiere,

REME

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Querida Reme,

Tú no puedes estar hablando en serio. Aunque, un suponer, Eladio se lo haya llevado, que ya es mucho suponer, ¿cómo te deja entonces entrar en el patio, así , sin más, y que descubras todo el pastel? A mí no me cuadra, Reme, no me cuadra. Se me figura que alguien te está haciendo una chunga y se está tronchando mientras tú te vuelves tarumba con tus pesquisas.

 

Dice a Amparo que esta semana te llevamos unos pestiños sin falta, que sabe que te gustan.

Un abrazo,

Tu Pura

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Pura,

Me estoy volviendo loca. El geranio ha vuelto. Ya no sé si voy o vengo, si duermo o velo. ¿Cómo me voy a fiar de los vecinos ahora? Y lo peor es que volví al patio, y el geranio de Eladio no estaba ya pegado a la hierbabuena. O sea que, sin remedio, es él el chorizo. ¡Qué disgusto más grande! Si le conocemos desde crías, ¿cómo se lo ocurre robarnos? Si yo le regalaba encantada los geranios que él quisiera. Me he quedado de piedra.

Te dejo que voy a vigilar la ventana.

Tu amiga que te quiere,

REME

separador

Querida Reme,

¡Niña, deja ya ese tema que te vas a enfermar! ¡A cagar a la vía ya con el geranio se vaya Eladio y toda su familia! No merece el disgusto que te estás llevando, menudo sofocón.

Tú olvídate de todo y vete a misa.

Un abrazo,

Tu Pura

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Pura,

¡Qué he sido yo! Se ha desvelado el misterio. Me dice todo el pueblo que ando dormida por las calles llevando y trayendo el geranio rosa de un sitio a otro. El pobre Eladio no quería disgustarme, por eso no me dijo nada. Ha sido la nieta de Matilde que me ha enseñado un vídeo de esos en el teléfono y allí me he visto: en camisón, paseando por la calle de la iglesia con tu geranio. Esto es lo último, que apuro he pasado, estoy para que me encierren. Lo bueno es que descansa mi cabeza porque mis vecinos vuelven a ser buenos vecinos y eso me tranquiliza, quieras que no.

Tráete pestiños para el pueblo que nos los metemos el Domingo entre pecho y espalda con un chocolatito para merendar.

Tu amiga que te quiere,

REME

separador

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Sangre

Otra vez,  con sangre en las manos. Sé que no debería de sentirme bien, pero no puedo evitarlo. No es el hecho de quitar un vida lo que me gusta, para nada. Es la sensación de la sangre caliente y pegajosa en mis dedos. Me hace sentirme poderoso, como si pudiera hacer cualquier cosa que me propusiera. A veces, en el trabajo, en ese ambiente hostil y desolador me imagino sacando un cuchillo y dejando volar mi imaginación. Ahí mismo, delante de todo el mundo. Es posible que así, dejaran de llamarme aburrido, o el rarito. Que se creen que no les oigo cuando cuchichean a mis espaldas. Psicópata. O asesino. Cualquiera de las dos me serviria como descripción en conversaciones de comida. Cualquier cosa menos seguir  aguantando las bromas pesadas. Desde pequeño. los niños pueden ser muy crueles, me decían. Fingia un millón de enfermedades raras con tal de no ir. Hasta un día le dije a mi madre «creo que me ha bajado la regla» y claro, también pasé a ser la mofa de las comidas familiares. Hasta ese momento había soñado con ser mayor, pensando que en la edad adulta todo pasaría. Y lo que ha pasado desde mi mayoria de edad no  ha hecho más que confirmar lo que sospechaba. Que nada cambia. Que el objeto de burlas no cambia cuando yo estoy presente. Así que aquí estoy, con otro muerto a mis espaldas. Este tampoco se ha sublevado. Si supieran lo poco que me resistiria a que me clavaran un cuchillo para acabar con mi vida, seguro que lo harían.


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El collar de hiedra

El collar de hiedra

En una comarca castellana golpeada por el sol y el viento vivía, a la loma de una sierra adusta como el gris del suelo, un conde con su esposa en el interior de un castillo de gruesas paredes rodeado por un foso profundo y seco. Tenían un hijo, de nombre Rodrigo, noble de rostro, alto de porte pero escaso de fuerza y desviado en sus instintos, tanto que todo el condado lo tenía por hechizado, pues en nada hacía de sus costumbres las de un buen heredero de un valiente hombre de armas. 

Su padre lo miraba desde la atalaya a la que subía a hablar con el buen Cristo y rezar porque tuviera a bien bendecirlo con sangre fuerte en las venas de su progenie, pero él, en la plaza donde se arremolinaban los chiquillos de la plebe y los hijos de sus capitanes, prefería distraerse con los caballos, a los que alimentaba llevándoles la paja del jergón al hocico con su delicada mano, o con las hiedras que crecían en las esquinas umbrías de los contrafuertes que recogía y llevaba luego a sus aposentos, donde dejaba las hojas secar a la luz. 

Una de esas tardes, su padre, turbado por la fragilidad de su hijo, lo encontró agazapado mientras lloraba en una esquina del salón donde servían las comidas.

– ¡Levántate, yergue el rostro! No ha nacido de mi sangre aún quien derrame una sola lágrima si no es porque le arrebataron el honor de arrancarle la vida a un sarraceno! Álzate y dime: ¿Qué te inquieta? – preguntó el conde.

– Padre, me arrebataron mis hojas.

– ¡Qué hojas, las del patio? ¿Eso te hace llorar? 

– Sí, el hijo del herrero me las quitó cuando las recogía del muro, y cuando intenté recuperarlas me pegó. ¡Castíguelo usted, padre!

El conde torció el gesto y gritó:

– ¿Castigarlo? ¿Me pides a mí, justicia, de mi mano? ¿La que tú no impartiste? ¡He aquí mi justicia!

Y alzando el brazo, fue a golpear a su hijo, pero justo entonces llegó su madre, entristecida, y se apiadó del cachorro sujetando el puño antes de caer. El conde, lamentando la piedad de su esposa y desdichado por la debilidad de su hijo, incapaz de defenderse por sí mismo, salió a grandes pasos de la sala y se enfundó en una oscura capa, acudiendo a su caballo y marchándose del castillo al galope.

Pasaron así varios días en los que la desdicha pareció apropiarse del burgo ante la ausencia del conde. La condesa rumiaba su tristeza ora oteando el horizonte vacío de su esposo, ora hilando con el rostro pétreo y en silencio. Los alguaciles buscaban entre las quebradas y en las hendiduras del páramo, los soldados batían el bosque reseco, pero no encontraban a su dueño y se sumieron finalmente en una temerosa melancolía, pues el clérigo mascullaba que había en el castillo una maldición que impedía que Dios los tuviera en su estima.

Rodrigo, a quien su madre tanto abrazaba como apartaba de su seno cuando las lágrimas la embargaban, sentía que había fallado a su padre, pero su fragilidad le impedía revolverse contra su instinto. Así, paseaba solo, apenas seguido por los guardas que, acero en ristre, lo escoltaban fuera de las murallas, cuando se alejaba absorto en el vuelo de alguna rapaz o perdido en los saltos breves de un conejo justo antes de ser tragado por la tierra. Una de esas mañanas, en la que había empeñado gran parte del andar del sol en reunir un notable collar de hojas y flores pardas, por él tejido, sobresaltose al descubrir que sus dos escoltas ya no lo acompañaban. En el linde de un bosque ralo y resinoso se encontraba, con el castillo en lontananza, hecho una pequeña aguja en el fondo nítido del aire seco del horizonte, cuando una sombra poderosa se interpuso entre él y su terruño. De la sombra se alzó una voz profunda que le increpó:

– ¿Tienes valor para ser Rey?

El niño, asustado, se aferró al collar de hojas y estremecido se encogió en el suelo, mientras la sombra lo envolvía en un saco y lo levantaba en vilo para adentrarse en la penumbra del del bosque al umbrío atardecer.

Cuando se despertó, magullado, estaba desnudo y sucio en medio de un corral de cantos cubierto por un techo de paja. La sombra lo miraba desde la puerta, y él se incorporó a duras penas para luego caer. Tenía hambre y se sentía débil. La voz negra le exhortó:

– ¿Tienes hambre?

– Sí, por favor, apiádese de mí y deme un bocado – respondió con lágrimas en los ojos.

La sombra se adelantó y le asestó un golpe con un puño duro como el mango de un hacha, tan fuerte que le arrebató el aliento y el habla. 

– ¿Quieres comer? ¡Hazte tú la comida!

Entonces la sombra le tiró desde la puerta una cría de liebre que apenas levantaba un palmo y que correteaba con grandes orejas por el suelo polvoriento. Justo antes de salir y cerrar la puerta, dejó caer un cuchillo afilado que, al reflejar la luz que apenas entraba por el techo, brilló como un rayo antes de escucharse el trueno.

Rodrigo miró la liebre con ojos humedecidos. Ésta lo rehuía, asustada. Así fue hasta que presa del agotamiento el muchacho se acurrucó helado en una esquina y la liebre terminó por arrimarse a su escaso calor mientras permanecía inmóvil. Su mirada negra sostenía la suya, y las orejas giraban buscando ruidos. Ambos estuvieron inmóviles hasta que Rodrigo cayó dormido.

Así estuvo un día más. La sombra no había vuelto a aparecer, si bien Rodrigo creía que a veces unos ojos implacables lo observaban desde un agujero en el muro, por el que ni siquiera su cuerpo delgado era capaz de escapar. El hambre lo desesperaba y la liebre cada vez lo rondaba más, perdido el miedo. Se acercaba a la puerta y miraba el cuchillo. Intentó usarlo para forzarla, pero sus manos eran frágiles y la madera gruesa y dura como el lomo de un buey. Poco a poco se sentía más débil y desesperado, y los mordiscos en el estómago lo torturaban, hasta el punto de que los correteos, cada vez menos de la liebre se convirtieron en un lento suplicio. Se le pegaba a la piel fina, y sentía su vello cosquillearle cuando intentaba entregarse al sueño, hasta que el ansia por comer se convirtió en un grito que no cesaba y le impedía cerrar los ojos. Pasó lo que tal vez fue medio cuarto de luna y, casi en el límite de sus energías, Rodrigo, seco de lágrimas, se aferró a la liebre, tan exangüe como él, y la acercó a su pecho. Dócil, agotada, no protestó cuando un brillo de metal le arrancó el aire de la garganta y un líquido cálido, negro, se desbordó por las piernas de Rodrigo, que desesperado arrimó su boca al filo y llenó su garganta seca con la sangre del animal, al que le arrancó la piel desbaratándolo para morder su escasa carne antes de caer agotado.

Cuando, pasado el invierno y llegada la primavera, el vigía vio regresar a Rodrigo desde la barbacana del castillo, pensó que era un soldado, porque tenia una pesada espada atada a la espalda y su andar era firme y decidido. Le dio el alto y llamó a la guardia, que lo rodeó justo en el puente, con las manos aferrando las armas. Pero uno de ellos lo reconoció y exclamó: ¡Es el hijo del señor! 

Apenas tardó un instante la madre, a la que las pérdidas de sus hombres le habían teñido el cabello de blanco, en cruzar el patio para abrazar a su hijo. Justo antes de hacerlo, sin embargo, se detuvo, como hendida por el rayo, pues alcanzó su otrora curiosa mirada, que ahora parecía atravesarle la nuca. Anudado al cuello, las flores de sus collares se habían demudado en orejas de animales. En el centro del collar, sujeto por un lazo de piel, las puntiagudas orejas de una liebre.

– ¡Hijo! – musitó con un hilo de voz. 

Todo el castillo había acudido a recibir a aquel joven de pelo sucio, manos callosas y uñas negras. También, entre la muchedumbre, estaba el hijo del herrero, quien le había arrebatado las hojas en su otra vida. Rodrigo alcanzó a verlo. De repente, con un gesto que ni los soldados, ni los guardas, ni el muchacho desdentado pudieron apenas seguir, su espada había salido de la funda y había atravesado la barriga del chico, que se oscureció como si la noche surgiera de su seno. Todos quedaron en silencio, inmóviles, cuando el desdichado niño gritó algo que nadie pudo entender, porque un brillo de nieve sucia silenció su voz en un arco que le separó la cabeza del cuerpo y terminó en un ruido metálico cuando la espada golpeó el suelo, tal había sido su fuerza.

De forma inconsciente, todos, excepto uno, dieron un paso atrás. El herrero, confuso, sostenía el cuerpo tembloroso de lo que había sido su hijo esa misma mañana. Sus ojos se humedecían en una mezcla de incomprensión, desesperación y, finalmente, furia, que ganó la batalla y lo abalanzó sobre Rodrigo, que estaba preparado para recibirlo, con la espada sostenida a dos manos por encima de la cabeza. Justo iba a citarlo cuando un sonido sibilante detuvo al herrero en seco y lo clavó en el patio, ensartado por la vara lisa de una lanza. Todos miraron al lugar del que procedía: sobre un caballo embridado, envuelto en una capa negra y pesada, una sombra había puesto fin a la ira del hombre desesperado. El jinete se descubrió, y todos pudieron ver el severo rostro del conde que los miraba de hito en hito. Cuando descabalgó, una sonrisa le ocupaba el rostro. ¡Padre! gritó Rodrigo, y se unió a él en un poderoso abrazo. Ambos, enlazados, fueron aclamados. Primero lo hizo el clérigo, luego el capitán mayor, más tarde su mesnada. 

Esa noche, en el castillo, nadie molestó a la hiedra ni escuchaba la canción de los grillos despiertos. Las moscas husmeaban los charcos y una mujer enviudada lloraba al lado de una zanja improvisada llena de tierra removida. El vino corría en la mesa y un rezo se elevaba desde la capilla hasta la bóveda del cielo donde se perdía hasta fundirse con el viento. En el quicio de una ventana, alta sobre la noche, descansaba un collar hecho de muerte.

ALP, 28/04/2016

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La estación

Sé que no te volveré a ver.
Dentro de muy poco tiempo mis recuerdos no serán nada, porque nada es lo que nos queda cuando la memoria se nos borra, y la consciencia, y la vida se apaga: nada. Si los recuerdos son una huella transitoria en el cerebro, si las ideas, las esperanzas, las imágenes no son sino una especial e intrincada combinación de conexiones, neuronas estimuladas por una simple reacción química, por la oscilación de aniones y cationes viajando de axón en axón, si mi mente se apaga, si las conexiones se desvanecen, ¿qué será de ti? ¿Qué será de esa última vez que nos vimos? ¿De este momento, mi despedida, mi sonrisa franca, luminosa, y postrera, llena de ayer?
Sé que no te volveré a ver; he andado por tus esquinas tantas veces que uno pensaría que debería de haber dejado una marca en el asfalto en el que transitan los taxis, como tendría que estar mi reflejo en esos espejos que desde dentro son cristales tintados y desde fuera una invitación a la coquetería, esa que mostraba ella cuando la llevaba de la mano, acompañándola hasta el túnel que la hacía desaparecer hacia lo que decía que era su casa.
Para mí ese túnel era como un pozo en el que la luz se resistía a escapar. La veía marcharse desde el pretil que constituían esos tornos metálicos que por mi escaso salario no podía atravesar, porque si lo hubiera hecho, aparte de más pobre, sabemos que no habría vuelto hasta el día siguiente, y le habría robado los besos a la puerta de sus padres, o tal vez habríamos ahogado el afecto en el recodo de los descansillos de esos pisos sin ascensor ni bombillas, tan propicios para los atrevimientos de madrugada. Ella se marchaba, y poco a poco desaparecía en tus escaleras mecánicas, como dicen que hacen los barcos de vela en el horizonte, dando prueba de que la Tierra es redonda y no una gigantesca bandeja de canapés. Esperaba, cuando se perdían sus ojos, y luego se hundían los dedos de sus manos en el agua invisible, que en un último esfuerzo regresaran de un salto para darme un fugaz beso antes de volver a caer.
Luego vagaba por tu silencioso ruido, entre el aire pesado, respirado por cien mil gargantas y regado por el sudor de los transeúntes que -recuerdo aún- miraban al suelo, sin fijarse en los detalles, casi siempre deprisa, más que ahora que la atención la roban los teléfonos y los tropiezos son más por desorientación que por puro apresuramiento. Me perdía por tus esquinas, demediado, incompleto, buscando en los gruesos fustes de tus columnas que sostenían la terminal de cercanías una guía, un consuelo a ese ardor juvenil que se transformaba en deseo, duda, esperanza, impaciencia, plenitud resonante de palabras al oído, calor aún retenido en el vientre, olor vagabundo en el cuello.
Entonces tú me consolabas, y me perdías. Me distraías en las tiendas de al lado del Metro, si es que no era tan tarde que estaban cerradas a cal y canto, pintadas con colores chillones y adornos imposibles. Me regalabas la solemnidad de la lluvia cerrada en los soportales de metal, manchando el naranja desvaído del ladrillo de ríos sin mar y opacada por humo de cigarros. Me encimabas cercándome con una marea de viajeros escupidos de tus entrañas como la atmósfera de una supernova en pleno estallido. Me invitabas al recogimiento cuando subía por tus escaleras a la planta de arriba, cerca del techo de esa catedral sin crucero y sin girola, pero más llena de luz que todas las ojivas de las fotos borrosas del libro de ciencias. Allí acompañaba a las palomas que se colaban por tus travesaños y decidían ser espíritu santo por un instante en que el sol las hacía refulgir como si fueran de oro puro, y yo veía en ellas su pelo castaño, y la podía tocar en su flamear si hubiera alargado los dedos, si es que no lo hice, si es que no lo hago ahora, como entonces, intentando impregnarte de mí, de lo que soy, de lo que ya no va a ser.
Sé que no te volveré a ver. Mi tiempo se acaba, y te violento para sentirme más vivo. Te estoy rogando que nos recuerdes, que nos esculpas al lado del emblema del ferrocarril Madrid Zaragoza Alicante. No sé si nos has visto siquiera alguna vez. Si así fuera, te lo pido: no nos olvides, porque tú no eres de carne ni de sangre, sino de hierro, cristal y cemento, de bronce, agua, tierra, tortugas, palmeras y vapor, pero te hicieron hombres piedra a  piedra, y yo soy uno de ellos. Muerto por dentro, pero digno.
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Quién tiene el control

No le gustaba entrar a las sesiones de terapia.

Era una sensación extraña, a pesar de que el entorno estaba diseñado para resultar de todo menos incómodo. Colores neutros, música ambiente ni especialmente agresiva ni insustancial. Ya pasó la época en la que las salas de espera se poblaban con acordes de Kenny G o Richard Clayderman. De hecho ella ni los conocía, aunque intuía –porque alguna vez había estado en sitios así- cómo debían de ser esos creadores anónimos y ciertamente inofensivos.

Entrar en un lugar así era a la vez gratificante e hiriente. Su presencia siempre era obvia. Más aún en un lugar como aquel sanatorio de almas rotas. Su figura espléndida inmediatamente alteraba la naturalidad de los que esperaban; era tan evidente que no era posible que los hombres estuvieran siempre mirando a otro lado cuando los observaba que casi tenía que arrancarse sus ojos como puñaladas cuando no los estaba mirando. Supongo que no eran capaces de soportar el color de sus ojos, la firmeza con los que sostenía la vista cuando se cruzaban o cómo el pelo le enmarcaba un rostro fino e inexplicablemente embaucador. Por otro lado, si su mezcla de esbeltez y turgencia inocente no fuera suficiente, cuando veían las marcas en los labios, o los arañazos en la espalda –que no ocultaba prácticamente nunca- ya la curiosidad se tornaba casi obsesión. Era imposible no intentar penetrar no ya en su vientre, sino en sus vergüenzas.

Ese día su boca estaba parcialmente hinchada. No recordaba muy bien en qué momento de la noche empezó a mordérsela, sólo que el sabor salado en la boca y el improvisado estampado carmín del vestido transformaron una ruidosa velada en un páramo de silencio. Una voz le susurró al oído que tenía que ir a ver a un especialista, que si eso lo hacía en un lugar público podría perjudicar su carrera, ella, tan sumamente hermosa. Aquel gilipollas no se daba cuenta de que rajarse el interior del labio era un simple obsequio frente a los fantásticos regalos que había hecho otras veces a su cuerpo. Pero le hizo caso. Al fin y al cabo por la mañana apenas podía soportar la acidez del zumo exprimido de naranja, que era lo único que iba a comer hasta casi mediodía. Así comenzó con las sesiones en una clínica cara y discreta.

Cuando entraba en la sala de espera solía centrarse en el comportamiento de los pacientes para elegir donde sentarse. Ese día había un más que probable borderline, insólitamente estático, casi pétreo, al lado de una mujer depresiva, con los ojos oscuros y el pelo sucio, encorvada sobre sí misma y un maduro homosexual que aún no quería aceptar que le gustaba más una buena polla que una modelo con la boca torcida (¡se había atrevido a mirarla cara a cara sin interés!) aparte de algún que otro individuo que ni siquiera haciendo un esfuerzo consciente conseguiría recordar. Eligió el asiento al lado del no tan presunto homosexual quien no corrigió su posición cuando se contoneó a su lado, lo que evidentemente implicaba que no le incomodaba en lo más mínimo los visibles arabescos de su ropa interior. Entonces, al sentarse, vio a Clara, que había estado todo el tiempo junto a la puerta, pasando desapercibida cuando hizo su inspección ocular de la estancia.

Clara la había visto también a ella, atraída por el sonido de los tacones. Como Victoria, Clara iba casi desnuda, debido a lo raído de su indumentaria, no porque escogiera prendas cuyo precio era inversamente proporcional a la cantidad de tela con que habían sido confeccionadas. De hecho, su figura diminuta era apenas un copo de nieve en una montura negra veteado de azul sangre, y tenía algo –como la nieve- de capricho pasajero: una efímera creación de la naturaleza, presta a deshacerse al primer contacto con el sol. Clara era tan clara que reflejaba la luz; no era albina, sino que lo absurdamente negro de su pelo casi la transformaba en uno de esos grabados del ying y el yang que se podían ver en las revistas de pseudociencia cuando hablaban –siempre había algún artículo en ellas- de espiritualidad posmoderna. Inmediatamente supo al contemplar el pelo rubio de Victoria que en ella había tres cosas que no estaban bien: sus labios, su estómago y su alma. Que había ido allí de grado, no como ella, a quien su hermano casi había empotrado en la silla en aquella su primera visita, asustado como estaba por su casi absoluta ataxia, y que precisamente por eso quería ser feliz.

Lo que a Victoria le despertó el interés era que Clara brillaba, pero no como ella. El brillo de Victoria era explícito; invitaba a los quinceañeros que la miraban bajarse, inalcanzable, de los coches en los clubs a considerarla un trofeo que tenía que ser grabado en la mente para uso y disfrute posterior, en la intimidad solitaria del cuarto de baño. Clara sin embargo resplandecía de una forma inadvertida al ojo desentrenado, pero ella, cansada de brillos vacíos, percibía ese destello inmediatamente. Era un fulgor apagado pero firme, un brillo que no era el de su piel, sino más bien el de la sustancia que poblaba sus venas azules como rescoldos llegados de un pasado ignoto en el que había habido curiosidad, deseo e imaginación.

Esa imaginación a Clara se le había ido escapando como uno despierta de un sueño plácido y sin traumas. Sencillamente se había ido extinguiendo como lo había hecho su niñez, migrando del corazón a la piel. Antes era diurna, bronceada y risueña; ahora era ermitaña, solitaria y ensimismada. Desconectada. Pocas cosas la hacían emerger de su letargo sombrío y de sofá. El repicar de los zapatos lo había hecho y se había desencadenado una reacción cuyo calado era en ese momento difícil de predecir.

Cuando salieron ambas casi simultáneamente de la consulta estuvieron a punto de tropezar en la salida; tanto fue así que sus brazos se rozaron antes de acceder a la puerta deslizante de la clínica. Sus estaturas, tan diferentes, hacían que ambas tuvieran inclinadas las cabezas para poder mirarse. Clara vio un rostro limpio y sonriente; Victoria, unos labios entreabiertos y unos ojos penetrantes. Sin hablar, ambas supieron que compartían un secreto.

En silencio, las dos anduvieron un trecho de la avenida arbolada y solitaria que llevaba al sanatorio. El sol estaba ya alto pero no agobiaba pese a lo avanzado de la primavera en la que se encontraban; era un día francamente espléndido para pasear. Encontraron un banco apartado bajo una sombra y se sentaron, una al lado de la otra, sin necesidad de escoger qué lugar ocuparían antes de hacerlo. Entonces Clara fue directa y habló:

– Tú también tienes el don ¿verdad?

Victoria sabía de lo que hablaba, pero tenía miedo de decirlo en voz alta, porque temía ser escuchada por la Presencia. Asintió con la cabeza y suspiró profundamente. Sintió por un instante el deseo de morderse la herida en la boca otra vez. Clara debió de adivinarlo porque prosiguió:

– No sé si comprendes que con él puedes cambiar las cosas. ¿Lo comprendes?

Claro que lo comprendía. Lo sabía desde siempre. Ella sabía que no era así, de esa manera, por pura casualidad, y a veces tenía en lo más profundo de su interior el convencimiento de que podía oponerse al hilo invisible que la movía a herirse, o a frotarse lúbricamente en los reservados con masas de músculos depilados que le provocaban la más absoluta indiferencia. Quería encontrar esa energía resistente en los ojos de los visitantes del sanatorio, a los que escrutaba desvergonzadamente día tras día, esperando encontrar lo que de forma casual por fin había hallado la primera vez que Clara fue allí.

A veces, Victoria se hacía fotografías y se miraba a sí misma, a las pupilas dentro de sus ojos soñadores intentando descifrar qué los hacía distintos de los de la práctica totalidad de la gente que la rodeaba. Veía belleza, pero era una belleza tan suya como artificial, como si no fuera ella la que hubiera decidido fotografiarse, y eso le provocaba un terrible rechazo, tanto como para desear destruirse, porque hacer añicos las imágenes no satisfacía su ansia de libertad.

Clara prosiguió, implacable:

– Yo tampoco era capaz de mirarme a la cara porque no me reconocía. No había vida en los ojos que me contemplaban en el espejo, hasta que me di cuenta de que lo que veía no era yo, sino un reflejo que otros habían puesto por mí. Me costó aceptarlo, porque en mi vida era muy feliz, pero comprendí que esa felicidad no la había creado yo y no podía soportarlo. Supongo que podría haber acabado conmigo, pero decidí esperar. Algo me decía que debía de hacerlo, pero no era eso, no era él… lo que me impulsaba a continuar respirando. Creo que alguna vez intentó matarme, pero simplemente descubrí que sólo había que tener paciencia, no hacer nada, no dejar que la luz me quemara; ser blanca, cada vez más blanca, tanto como el papel. El secreto está en el papel, en el papel blanco.

– El papel blanco – Repitió Victoria.

– Tú hacías fotos ¿verdad? Las fotos no eran la respuesta, porque en las fotos hay una idea, una idea de ti que no eres tú. El secreto estaba en la nada. La nada blanca, y la nada negra –dijo sujetando ante Victoria su cabello teñido. Normalmente él no repara en los detalles. Por eso logré estar en casa sin que me diera la luz, por eso me teñí el pelo y las uñas una noche sin decir una palabra. Él se ocupa de los grandes acontecimientos, de los giros del guión, de lo truculento. Pero no puede seguirnos día a día, minuto a minuto, porque a él no le importamos tanto.

– No le importamos tanto – Repitió Victoria, hipnotizada.

– No, no le importamos. ¿Quieres verlo?

– ¿A él?

– ¿A quién si no? ¡Mírame! – Gritó y sujetó a Victoria entre las manos.

Victoria clavó sus ojos en las pupilas de Clara. Eran negras, círculos negros sobre un fondo blanco helador. Esperó encontrar su reflejo en ellas, pero lo que en su lugar halló fue la figura de un hombre de algo menos de cuarenta años, con rasgos redondeados y mentón recogido que estaba mirándola fijamente mientras sus dedos se deslizaban sobre lo que parecía ser un teclado informático. Curiosamente, el lugar que parecía tener ella en esa visión era un punto indefinido detrás de lo que sería la pantalla del ordenador en el que ese hombre estaría escribiendo.

– ¿Lo ves? Yo lo veo en ti, es él, decididamente él. Siempre es él. Él es a quien buscas.

– Y ¿cómo podemos hablarle?

– Nunca he probado. Te estaba esperando. Te esperaba a ti –dijo Clara y le sujetó la mano a Victoria.

Entonces en la pantalla del ordenador ocurrió algo inesperado. Las letras, que generalmente formaban palabras, se empezaron a difuminar. No es que no fueran texto; lo seguían siendo, pero en lugar de obedecer a mis pulsaciones parecían estar ordenándose según algún patrón gráfico indeterminado que recordaba vagamente a una figura tridimensional de las que, si entornas la mirada, acaban apareciendo de la nada y sin previo aviso. Ignoro si era cansancio, porque quería acabar el trabajo para la clase de Nuria y había dormido poco, pero no me encontraba especialmente fatigado. Tras un instante de duda me dejé ir y decidí simplemente dejar de escribir y mirar aquella trama.

– Hola, Presencia –dijeron las dos jóvenes al unísono, como un único hombre.

– Hola… Hola. Nunca me había pasado esto.

– ¿Nunca te había pasado qué?

– Hablaros. Hablaros… así. Mezclarme con vosotras.

– No eres tú quien se mezcla. Te hemos traído. Es nuestra decisión.

– Sí, claro que es vuestra decisión… es lo que quería que hicieseis. Tenía esto pensado desde anoche, en que decidí mirar el mundo boca abajo y os encontré en un lugar de la memoria. Estabais ahí, esperando, como seguramente creí que hicieseis. Solo que la manera de materializaros me ha sorprendido. Es como si… como si todo esto fuera real.

– Es que es real. Es nuestra realidad. Tú aquí no eres nadie más que nosotras. Eres tú, pero nosotras somos Clara y Victoria, y tú tendrás también un nombre. ¿Cómo te llamas?

– Antonio.

– Es un nombre corriente – Dijo Victoria. Incluso con el labio hinchado era especialmente atractiva. Casi me sonrojé al tenerla tan cerca.

– Pero no es tan corriente. Soy Antonio Luis. Y mi apellido es Pintor.

– Pintor… No pareces un pintor – siguió Clara. Más bien pareces simplemente Antonio.

– De todos modos ¡qué más da quién sea yo! Estaba escribiendo sobre vosotras. Había pensado que teníais un don. Que el don era un superpoder. Ibais a ser heroínas.

– Sí, Antonio, seguramente esperabas que lanzásemos rayos y saltásemos como lo hacen las cigarras treinta veces su altura ¿a que sí? O tal vez te imaginaste una historia de espías, o un conflicto generacional, o cualquier ocurrencia tuya – siguió Clara, cada vez más enojada, adquiriendo un sano color grana en sus mejillas-. Ya nos has hecho eso otras veces. Te conocemos bien. Pero el don no es el que crees. El don es nuestro.

– ¿Don?

– El don es que por mucho que nos escribas, por mucho que nos imagines, nosotras existimos – habló Victoria y, por primera vez, me tocó con su mano delgada y excepcionalmente suave la piel a la altura de la muñeca. No puedo negar que imperceptiblemente la eché hacia atrás, lo que ella notó al instante.

– Existimos porque nosotras estamos aquí, aun cuando no intentas usarnos. Lo sabemos porque somos y sobre todo porque lo sentimos. –ambas se abrazaron por la cintura, mirándome muy fijamente. Clara prosiguió: Cuando escribes nos asaltas, nos metes en tu mundo, porque tienes tu propio poder para hacerlo, el poder de la Presencia, el poder del que escribe. Pero escribes sobre nosotras. ¿Cómo puedes asegurar que existimos porque tú nos piensas, y no es simplemente que nos ves y nos recuerdas porque existimos?

– No lo sé… dije confuso.

– No lo sabes porque no puedes saberlo. Porque no sabes lo que está boca arriba o boca abajo. La luz en tu retina proyecta imágenes al revés. ¿Por qué no ves los pies donde está la cabeza, y la cabeza donde están los pies? Porque decidiste que era lo correcto. ¿Y si no fue una buena decisión? ¿La tomaste tú?

Yo no sabía qué decir. Francamente estaba cada vez más entumecido por una sensación fortísima que me surgía de dentro, de muy hacia el interior, y que no tenía nada que ver con lo que ellas me decían, o lo que yo se suponía que tenía que hacer, o debía crear. Tenía que acabar la historia para la clase y –francamente- no me apetecía seguir con ella. Quería simplemente estar allí, con esas dos mujeres, cerca. Ellas proseguían. Hablaban de que no querían violencia. De que querían que las escuchara, que pensara en lo que ellas estaban dispuestas a hacer, lo que ellas querían sentir, lo que se sentían inclinadas a admirar. Las decisiones que deseaban tomar, la naturaleza que decían crecía en su interior y que yo arbitrariamente vulneraba. Que tenía que ser su voz entre las demás Presencias, avisar a todos los que aporreaban el teclado sobre la esencialidad de las almas que contravenían, de las reglas que rompían y de las identidades que terminaban por destruir. Y callaron. Seguí en silencio.

– ¿Y ahora? Les pregunté.

– Ahora, Antonio Luis, vamos a hacer el amor los tres.

– Pero ¿por qué?

– Porque sabemos que lo estás deseando. ¿Acaso no has leído lo que has escrito de nosotras?

Obviamente no volví a cuestionar cómo habían podido saberlo. Sin embargo, antes de cerrar la pantalla del ordenador y acercarme a ellas, me preguntaba si realmente podían estar deseándolo. Agité la cabeza y dejé de pensarlo.

A veces, lo mejor es no decir nada y dejar que los sueños se cumplan.

ALP, 19 de mayo de 2016

Publicado en Curso Escritura

Puntos de vista

EL VIAJERO

El día que regresé a la Tierra no esperaba encontrar a nadie.

El cielo estaba claro y limpio. Los árboles habían recuperado el terreno que el hombre, no hacía tanto tiempo, les había arrebatado, y los edificios abandonados y en ruinas parecían las melladas astillas de una dentadura aplastada. Recuerdo que me sorprendió detectar el origen de la señal que nos había llevado allí, en la misión de salvamento y rescate SR-207-III, cuarta del segundo solsticio del año del Señor de 2077, a la región central de lo que anteriormente había sido Nueva Sudáfrica, un lugar que ahora sólo vivía entre las brumas del ayer. De mi ayer, si es que eso ya significaba algo.

Al aproximarme, los sensores del aerodeslizador habían dibujado una señal pulsátil sobre la bóveda de cristal curvo de la cabina que apuntaba el lugar del que prevenía el máximo de intensidad de la emisión de radiofrecuencia. Era una señal codificada, de la que se había perdido el códec en algún instante del pasado, y ahora, con los medios escasos de que disponíamos los supervivientes en la superficie de la Luna y de las cuatro estaciones orbitales que se habían salvado del estallido de pánico que sobrevino a la locura, nos era imposible identificar.

El estallido… Recuerdo que tenía apenas quince años cuando sobrevino el incidente, del que ahora sólo se hablaba en un sentido puramente científico, porque pensar en lo que supuso para nuestros corazones era demasiado intenso para asimilarlo sin sentirse terriblemente solo. A veces, en la negritud de la noche, entre el zumbido del aire acondicionado de la estación, creía ver a una mujer llegar a mi cuarto con el pelo lavado, y darme un beso en la mejilla. Recuerdo, sobre todo, una sensación indefinible que habitaba en la parte trasera de la cabeza, muy adentro, del lugar en el que nacen los matices del olor. Esa sensación se había convertido en una sombra en la memoria, porque ya no había distintas ungüentos para el pelo joven de una mujer, sino el desinfectante sintético que se había podido obtener con los escasos recursos de las estaciones lunares… Así que de algún modo estaba a salvo, a salvo de que un aroma furtivo me atravesara la mente como un rayo, reviviendo la sensación de que, a pesar de las cinco mil personas que ahora constituían la raza humana, ya nadie recordaba mi rostro de niño.

Por eso la señal había supuesto una diferencia, una esperanza. No era habitual que un técnico matemático de primer grado fuera puesto en riesgo en una misión de reconocimiento, pero el carácter de ésta era distinto. No se trataba de recuperar material de la superficie, componentes químicos, eléctricos o semillas para los invernaderos lunares. En este caso existía la posibilidad real de romper la rutina, porque de la nada había surgido esa transmisión, había surgido, y eso era radicalmente nuevo: antes no estaba, y si no lo estaba, significaba que algo la había originado justo en ese momento. Algo o, lo que era infinitamente más estimulante, alguien. Pero esa naturaleza tecnológica de la transmisión, que no fuera decodificable, su carácter tan obviamente inteligente, su extraña complejidad, había determinado que fuera yo y no otro el que bajara a la inseguridad de la superficie.

Y ahora, por fin, estaba delante de su origen. Aún sentía sudor por el calor dentro del traje hermético, recordando el esfuerzo que había costado penetrar en aquellas instalaciones repletas de sistemas automáticos silentes, animados por el hilo de vida de las baterías solares de emergencia, hasta llegar a la sala de hibernación. Era allí donde mis ojos estaban fijos en el cristal empañado tras el que, de forma absolutamente indudable para quien ha visto durante tanto tiempo una y otra vez las mismas miradas ajenas, unos párpados familiares se abrían para unirse a los míos.

Desconocía si el aire era limpio, pero llegados a ese punto ya carecía de importancia. Un silbido acompañó la despresurización del casco al tiempo que descorría la visera. Retiré el guante de la mano derecha y mis dedos, delgados y blancos como la nieve, dibujaron unos trazos sobre el panel táctil del sarcófago número cuatro. Sonó una señal de baja intensidad, grave pero audible, cuando el motor eléctrico comenzó a desplazar la tapa de plexiglás de la cavidad. Inhalé profundamente el olor venido de otro tiempo. Cerré los ojos. La raza humana iba a crecer en casi un uno por mil en apenas unos instantes, pero a mí eso no me importaba, porque allí, justo a medio metro de distancia, yacía una joven de algo menos de mi edad, una chica de pelo rubio y nariz delgada, mentón fino y labios pequeños. A menos de unos metros de mí, congelada en el tiempo, estaba ella, tal y como la había soñado mil veces a cuatrocientos mil kilómetros de distancia y, por primera vez en veinte años, iba a escuchar su voz.

LA MADRE

La oscuridad es profunda en el interior del alma de los náufragos. Tú, tú también has sentido eso ¿recuerdas, amor? ¿Me perdonas? Tú lo sentiste en algún momento del pasado, en esos días en que mirabas por la ventana y lamentabas el gesto digno y heroico que nos dejó aquí, que puso a salvo a la carne de nuestra carne, arrebatándonoslo para siempre, haciéndolo vivir un eterno vagar solitario, descarnado, sin un seno en el que recogerse por las noches.

¡Oh amor! Tú sabías que esto iba a suceder, que no podríamos superarlo. Lo sabías. Sabías que estos muros beatíficos no iban a salvarnos de la locura de fuera, sino que nos iban a separar de él para siempre, trayendo hasta aquí el auténtico infierno. Habitaríamos dentro de estas cuatro paredes, de estos cinco sótanos, bajo la antena brillante que se alzaba como una aguja ciento cincuenta metros sobre el suelo de una pradera llena de vida peligrosa. Una vida que emponzoñaba nuestras pupilas sólo al observarla, al inhalarla, al llenar de oxígeno nuestro pecho para seguir respirando, haciéndonos pagar por ello.

Sabía que no lo soportarías, oh amor. Tú te engañabas en vano diciéndote que serías capaz… ¡resististe tanto! Me lo decías, lo susurrabas en voz baja, al oído, en las noches en que aún teníamos aliento para el amor, porque mi corazón estaba vacío y me lo intentabas avivar tanto con tus palabras como con tu sexo. Estaba vacío desde el instante en que el cohete abrió sus entrañas de fuego y se alzó como un relámpago en la noche austral portando los últimos supervivientes de nuestra comunidad, y a él, nuestro fruto, mi pequeño hijito, ése que tú adiestrabas en la ciencia, a quien le enseñabas las matemáticas de tus libros sónicos mientras le acariciabas el pelo. ¿Recuerdas cuando me lo arrebataste? Le besé la mejilla, y él sonrió en su lecho nocturno. Lo último que rozó su rostro joven y blanco fue mi pelo, que se meció sobre su barbilla subiendo poco a poco, alejándose de él como ese destello en el cielo lo hizo luego de mí, cuando desperté del sedante y corrí hacia la ventana cerrada, al cristal hermético que separaría nuestra vida del aire exterior, de la muerte, en esta otra muerte en vida.

Tú sabías lo que sufriría, oh amor. Os quería tanto… Lo que no imaginaste es que ni siquiera toda tu entereza sería suficiente para soportar mi dolor. Yo sí. Sabía antes de que sucediera que llegaría el día en que me lo preguntarías. Sabía que lo harías sin palabras. Sabía que tras ese abrazo, cuando me tomaste la mano y salimos al mirador, cuando tus dedos manipularon los controles de la puerta y detuvieron los filtros de aire de la esclusa, nuestra espera iba a acabar para siempre. Moriríamos los dos, enlazados, desnudos, expuestos al aire del tibio verano africano, repleto de un venganza intrusa que nos invadiría sin darnos cuenta, como hizo con todos. Con todos menos él, y con él un puñado de rostros borrosos entre los que lo buscaba en la sonrisa de la Luna todas las noches con los ojos bañados en lágrimas. En esas noches insomnes, silenciosas, acompañada sólo por el eco de mis pasos, me hice la promesa, una promesa secreta, firmada con sangre.

Sé que no me lo perdonarás. Sé que, si subiera a la torre otra vez, encontraría tus despojos en el mirador, descarnado, tus huesos brillantes sobre la plataforma, tanto tiempo después. Sé que no debí correr hacia la estancia abandonándote, dejándote solo, que tu rostro inmóvil me miraba tras la compuerta nuevamente cerrada con una mezcla de tristeza y comprensión acusadora, pero yo tenía que hacerlo ¿lo sabes, amor? Ojalá algún día podamos reencontrarnos, en alguna parte, y te lo explique, como tú, sin palabras, en silencio, con mis manos junto a las tuyas.

No debí de programar la señal. No debí pensar en la edad que tendría mi hijito cuando, si sobrevivía a la soledad del espacio, fuese un hombre hecho y derecho, lo bastante fuerte y sabio para que regresara a buscar una señal evidentemente humana dentro de una reluciente nave, como su capitán, en su brillante traje de tela inmaculada. No debí tomar las píldoras para la hibernación, ni ponerme el vestido de soporte vital, ni cerrar la compuerta con el panel del interior de la cápsula. No debí dormir.

A veces, amor, en mis sueños envenenados, creo entender que si alguna vez él viene, y me ve, respirará mi aliento y la muerte que habita en mí lo capturará irremediablemente, y no podrá escapar nunca, y nos veo a los tres, aquí, en nuestro pequeño hogar, en la tierra de nuestros padres, tres cuerpos de la misma edad muertos uno junto al otro, en un juego sin final feliz, pero un juego en el que, cuando guardas las fichas, todas reposan en el mismo cofre, un cofre labrado y brillante, un tesoro silencioso.

Si ese día llega, amor, si quien me despierte en un futuro lejano y me arrebate unos instantes de la muerte es él, tu niño, nuestro pequeño héroe, entonces, mi querido esposo, lo llevaré contigo arriba y reiremos todos una última vez, en ésta nuestra casa, nuestra Tierra. Para siempre.

ALP, 31 de mayo de 2016

Publicado en Curso Escritura

Sonetos

LA VOZ

El áspero tono oído de tu boca

construye mis sueños en la penumbra,

rotos por la luz que el alba encumbra

mientras el ansia en ella entrechoca.

Mi mano anhelante se descoloca.

La vista encarcelada se deslumbra

porque tu sudor fresco se vislumbra

poblando el pecho, salando la roca.

Prendida del vientre giras, vencida.

Tu blanco cuello rehuye tirante

mis dientes perseguidores, tendida,

rezando una súplica susurrante,

apretando los párpados, herida,

llena. Dormido oigo tu voz. Mentira.

ALP, 20/04/2016

EL PRÍNCIPE DE EGIPTO

Surcando tu espalda soy un peregrino

que besa la tierra por la que pisa,

escapando del tiempo y de la prisa

despejando tu pelo del camino.

En tu pecho imploro por mi destino

dibujando unos trazos en la brisa

que regalas, divertida, en tu risa,

temblando dulce cual en la copa el vino.

Alzo mi cayado frente a las aguas

y entono con mi voz una plegaria

al tiempo que te subo las enaguas

tras de lo que una historia milenaria

prometió, con tu falda de paraguas,

al que allí te ofrezca, mi diosa, este aria.

ALP, 20/04/2016