Desde una viga del techo escuchó el sonido de madera quemada quebrandose sobre la cama en la que ella yacia sólo unos minutos antes. Esa misma cama en la que hace unos dias pilló a Juan con Merche y sobre la que le puso las maletas para no volver a verle. La cama dónde habían pasado años buscando los niños que nunca llegaron y el refugio de tantas lagrimas vertidas por las decepciones. La cama que hace un rato, con un mechero en la mano, quería perder de vista y que ahora, petrificada y envuelta en llamas, sabía que era su único hogar.
Categoría: Microrrelatos
Elegir
Espero que puedas perdonarme por los besos que no te daré. Todo parecía ir bien hasta que supimos de tu existencia. Sólo entonces vi como tu padre gestionaba sus negocios igual de mal que sus sentimientos y se largaba dejándonos con la responsabilidad ilimitada de sus deudas. No es fácil soportar los «ya te llamaremos» cuando tu curriculum de mujer florero concluye con una baja maternal inminente. Y los amigos se esfuman cuando necesitas que te devuelvan los favores. Necesito escribir una nueva historia desde cero, sólo siento que tenga que ser poniendo tu punto y final.
Mi decisión
Sigo observando mi trocito de cielo. No hay nada mejor que hacer. O al menos no lo recuerdo. Los últimos años han desaparecido. Hoy, no sé si ha sido por tener a la familia cerca o por sus miradas de compasion hacia mi o las ojeras de mi niña que me cuida día y noche, pero se me ha encendido la bombilla que ha alumbrado hasta la última esquina de mis lagunas. No he dicho nada. Sólo me he levantado, he ido al baño y he atracado el botiquín. Si sale bien, adiós al sufrimiento y si no, qué más da, mañana ya no lo recordaré.
Sólo un cuerpo
Esto me lo sé. Siempre es lo mismo, dos brazos, dos piernas, un pecho, un culo, unos labios, una cara, un cuello, y otra vez los labios. La anatomía no tiene ningún secreto, no es algo extraño. No tiene nada que no haya visto ya. El proceso me lo sé de memoria, incluso diria que lo tengo automatizado. Tampoco me toca de manera diferente, no me mira de forma diferente ni me besa de manera difetente. Pero este cuerpo me petrifica y excita a partes iguales. Es especial, no quiero tocarlo por temor a que no sea real, pero tampoco puedo no hacerlo. Esa mezcla de sensaciones que invaden tu cuerpo: la humedad, el cosquilleo en el estomago y ese «¿No hace calor aquí?».
El acercamiento tampoco es distinto a tantos otros. Ni el momento en que sabes que vais desnudarnos el uno al otro, con la prisa que te da el saber a ciencia cierta lo que viene después. Eso que suena alto y claro es el latido de mi corazón al sentir su mano sobre mi espalda intentando atraerme hacia él aún más fuerte. ¿Le llegará el sonido, o estará demasiado ocupado escuchando el suyo? En realidad, es lo de menos, cuando puedo entretenerme paseando los dedos por su pelo, los labios por su cuerpo o rodearle con las piernas, y cambiar de intensidad según me lo vaya pidiendo su aliento en mi cuello, o mi piel de gallina, o el deseo irrefrenable de fundirnos en un beso perfecto. Hasta que nos cansemos o hasta que salga el sol, lo que ocurra primero. En ese preciso instante en el que vuelve a ser solamente dos brazos, dos piernas, un pecho, un culo, unos labios, una cara y un cuello. Y otra vez unos labios que no negaré que me vuelven loca.
Cambio de destino

“Esto definitivamente no es lo que me habían contado. Me habían hablado de mil y una torturas. En el huerto, todos te asustaban desde semilla, describiendo con detenimiento los mil horrores que pueden hacer con un pobre pepino crecidito. Cuando llegué a tamaño adulto, mis pepitas internas temblaban de miedo. Me iban a cortar en pedazos, a masticar, a echar sal en las heridas y después vinagre…Pero esto no es lo que yo esperaba. Estoy en un lugar bastante acogedor y calentito. Lo único que no termina de encajarme es este trasiego continuo que me traigo dentro y fuera del refugio. Al menos, una mano humana muy suave me acaricia y me guía en el camino. Dentro, fuera, dentro, fuera. No entiendo donde me va a llevar todo esto, pero mientras no vea un cuchillo cerca, todo va bien.”
DOS SEGUNDOS

Me mira raro, muy raro. El novio de Ana no me mira normal, esto está claro. Cada vez que termina una frase, para durante dos segundos antes de continuar con la siguiente, como esperando que yo diga algo, o quizá que lo haga. Cada fin de frase es una invitación. Pero no son solo esos dos segundos, es la postura de todo su cuerpo durante esa pausa lo que me hace pensar que espera algo de mí. Y eso cada o solo dos segundos y en todas las frases. Todas y cada una, sin excepción. Da igual que declare al camarero las tapas que queremos cenar o que recite un poema de Benedetti. Siempre están ahí esos dos segundos. ¿Cómo explicarle esto Ana? “Mira, Ana, tu novio crea una intimidad periódica conmigo con la cadencia de una frase y la escasa duración de dos segundos. Ya a mí me gusta”. Los empiezo a necesitar. Espero ansiosa a que termine de pronunciar “pimientos de Padrón” o finalice un verso, para encontrarme con él a solas en esos dos segundos, entre la gente, en el bar o en su coche. ¿Podemos alargar esos dos segundos? ¿Podemos lograr construir un universo paralelo uniendo eternamente esos dos segundos nuestros para hacerlos interminables? ¿Podemos así vivir esto que nos une sin que nadie sufra? Ansío como una loca el siguiente encuentro con Ana y su novio, para disfrutar juntos de nuestros siguientes dos segundos y que al fin estos sean el comienzo de nuestra eternidad juntos.
FRESA y MARIHUANA

Alberto sabe a fresa y Juan Pedro a marihuana ¿Quién puede elegir entre fresa y marihuana? Alberto es mis domingos al sol en el Retiro, mis noches de lunes en el cine, mi calma. Juan Pedro es mi tormenta de verano en San Juan, mis montañas de la luna, mi tempestad. Y mi alma necesita tempestad para apreciar la calma y la calma para ansiar de cuando en cuando una tempestad ¿Cómo elegir entre una y otras? ¿Cómo dejar la dulzura amiga y abrazar la pasión desnuda? ¿Cómo desdeñar la locura y disfrutar tranquilos de nuestra cordura? Soy débil, no puedo. Y sigo adelante luchando entre brisa y temporal, escondiendo a Juan Pedro en las plazas oscuras para que Alberto disfrute sin rencor de sus tardes amables. Pero siempre, cuando amo a uno, deseo desenfrenadamente a su mejor amigo. Me consumo, con sumo placer.
José Luis
Podría haber sido como cualquier otro día. Podría haberse levantado a las 7 de la mañana, haber preparado café y tostadas y despertar a su esposa con un beso en la mejilla y un «buenos días». Podría haber cogido el 36 para ir a trabajar, con su cuaderno en ristre, y quizá hubiera podido componer una canción sobre aquella pareja tan acaramelada que, cada mañana, veía en la glorieta de Embajadores, deseándose un buen día y despidiéndose con un cariñoso beso. Cualquier otro día le hubiera recordado a Marisa y a él cuando eran novios y aún no había llegado el jaleo de la rutina y los niños a casa. Podría haber pasado toda la jornada dando martillazos a diestro y siniestro, como cada día, en ese rítmico caos que acababa por forjar el hierro. Incluso puede que se tomara un chato en el bar de la esquina con sus compañeros que ya, después de 20 años, no eran sólo ese grupo con el que versionaban los clásicos de rock los sábados por la mañana. Y tal vez hubiera acabado el día arreglando el mundo con su mujer, o poniéndolo patas arriba o, simplemente leyendo cada uno en su rincón de la cama. Pero ese día no fue como los demás. El despertador no funcionó y José Luis no se despertó a las 7. Sólo le dio tiempo a vestirse y salir, a coger el primer taxi que pasaba para poder llegar tarde al trabajo. Ni siquiera se acordó de su libreta, que tan bien le hubiera venido para calmar los nervios en el trayecto, pero tampoco le dio tiempo a maldecir, porque, de repente tan solo hubo un fundido a negro y mucha confusión. Sirenas y luces amarillas. Un chavalín encima de él con una bata enorme, muchos focos apuntándole, varios pitidos desacompasados y su cabeza buscando los acordes de Knockin’ on Heaven’s Door. Si su vida tenía banda sonora no podía imaginar un cierre mejor.
Pero ese, no era su día. Tras un par de semanas en coma, otro martes atípico se despertó, oyendo de fondo las risas de sus nietos, los sollozos de su Marisa, que sabía que eran de alegría y rodeado de flores y tarjetas de buenos deseos por toda la habitación.
– Buenos días José Luis, soy el Doctor Gordillo. Tómeselo con calma, que aún le queda tiempo para recuperarse. Tuvo un accidente y, como consecuencia, un fallo cardiaco. Tuvimos que inducirle el coma y hacerle un trasplante de corazón.
Esas fueron, en resumidas cuentas las palabras del médico, pero en realidad no le escuchaba, solamente podía mirarle a esos ojos azules y vidriosos que parecían decirle que había luchado mucho porque estuviera vivo. Más le valía que cuidara ese corazón, creyó percibir, y, desde luego, mirando a su alrededor, encontró mil razones para hacerlo.
Joaquín
Joaquín empezó el día como cualquier otro. Nunca necesitaba despertador porque su cabeza no sabía lo que era descansar más de cuatro horas seguidas. – Gajes del oficio-
le decía a su novia cuando le echaba la bronca- además, de otra manera no podría ver lo guapa que estas mientras duermes. Carolina, cuando lo oía, siempre se imaginaba con la boca abierta, roncando y con la baba colgando lo que les llevaba a un ataque de risa y bromas mañaneras.
Como cualquier otro día, salieron de casa con las manos entrelazadas y planificando mentalmente el próximo viajes de sus sueños. En la Glorieta de Embajadores se pararon como cada mañana, cinco minutos para repasar sus respectivas agendas, desearse un buen día y despedirse con un gran beso antes de proseguir con sus rutinas.
Y para él siguió su típico martes. Llegó al hospital, se puso la bata, se convirtió en el Doctor Gordillo y se preparó para su turno en urgencias. Nada más llegar le tocó recibir a un paciente que ni se podía imaginar que fuera a ser tan especial. Varón, de aproximadamente 60 años, complexión atlética, víctima de un accidente de tráfico en la calle de Moratines -¿ De qué me suena? ¿No era ahí donde Carolina tenía una reunión a primera hora?- siguiendo con el procedimiento, la primera evaluación de daños parecía muy clara. Magulladuras por todo el cuerpo, tres costillas rotas y un pequeño hemotorax. Tras una operación sencilla consiguió estabilizarlo, pero no había salido de la anestesia cuando le falló el corazón y tuvo que inducirle un coma para ponerle en bypass. Después, solo le dio tiempo de inscribirle en la lista de trasplantes e
ir a hablar con su familia cuando vio a dos compañeros llamándole, con muy mala cara.
– Es Carolina, la han atropellado. Los sanitarios de la ambulancia reconocieron tu nombre como contacto de emergencia y la trajeron aquí, pero no pudieron hacer nada por ella. Ha ingresado en muerte cerebral y solo hemos podido conectarla a la espera de informarte.
¿Por qué tenía que ser un día como cualquier otro? ¿Por qué no llamaron al trabajo inventándose cualquier enfermedad para quedarse en casa haciendo nada? O ¿ por qué no, simplemente, alargaron ese último beso 10 segundos para burlar al destino?
Los días siguientes, no sé si era Joaquín o el Doctor Gordillo el que encontró fuerzas para despedirse de Carolina y hacerle las pruebas de compatibilidad con el abuelo Pepelu, como le llamaban sus nietos cuando por las tardes hacía su ronda. El caso es que cuando su paciente abrió los ojos no pudo evitar emocionarse pensando que de nuevo, ese que era su corazón, tenía mil razones para latir.
Mi Bella Durmiente
La reina miró a su rey justo cuando su orgasmo se hizo inevitable. Y en ese mismo segundo, después de 10 años de compartir lecho con su amor, supo que iba a ser madre. Mordió la lengua de su marido y, apretando aún su cuerpo contra sus muslos, le susurró al odio: ¡Esta vez, sí!
Y llegó ella. Y con su llegada colmó de felicidad a sus padres y a todo el reino. La bella Aurora brillaba con luz propia en aquel castillo de vicio y perdición. Y las hadas del reino acudieron encantadas a palacio a regalar sus hechizos a la recién nacida: tus labios serán tan dulces que nadie podrá besarte solo una vez, tus manos serán tan suaves que hombres y mujeres temblarán sin remisión bajo tus caricias, tu sexo será tan caliente que hasta los caballos querrán vivir dentro de ti…Y así se sucedieron los bellos deseos hasta que llegó Morgana. Roja de rabia y celos, cambió virtud por castigo y dijo así: Cuando el deseo de tu amado te envuelva y a tu sexo acceda apremiante, caerás en un sueño eterno del que no podrás despertarte. Y marchó dejando una corte desolada tras de sí.
16 años estuvieron escondiendo a Aurora de cualquier muchacho. Aun cuando la última hada buena hubo mitigado el horror de aquel presagio, el peligro era demasiado. Ya no sería un dormir sin fin: despertaría si podía ser tan deseada, que fuese besada con pasión, aun a costa de la propia muerte del incauto ardiente.
Ignorando esta maldición que cargaba sobre sus dulces hombros, una mañana en el bosque, Aurora encontró un leñador. Cortaba leña sin descanso. Su cuerpo se dibujaba perfecto y potente a través de su humilde atuendo, y ella cayó presa de un nuevo deseo, de una urgencia sin conocer. Y se acercó para tocarle, mientras él soltaba rápidamente su hacha y buscaba los labios de Aurora. Y la besó una y otra vez hasta que sus pantalones no pudieron contenerlo. Desnudó jadeante a la febril Aurora, que abrió sus piernas, deseosa de recibir al leñador. Y en ese instante justo en que sus sexos se tocaron, la joven cayó muerta en brazos de su ardoroso amante.
Así, inerte y sin vida, permaneció hasta que ,100 años después, un apuesto príncipe la encontró tendida en un lecho de flores en el bosque, a los pies de un letrero que rezaba: No besar, peligro de muerte. No pudo dejar de contemplar extasiado la extremada belleza de Aurora: su delicada piel blanca, sus largas pestañas, sus rosados labios carnosos, sus jóvenes pechos apuntando al sol y sus largas piernas abiertas. Sin poder evitarlo, iba acercándose lentamente hacia la muchacha y sin remedio, olvidando el aviso, selló sus labios con el beso mortal tanto tiempo esperado. Muerto el príncipe, resucitó Aurora que, viendo su cadáver desconocido a los pies del lecho, pasó sin pudor por encima, y de una gran zancada, se adentró en el bosque rápidamente, en busca de su leñador 100 años soñado.

