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Ni Peter ni Pan

Érase una vez, en un país muy muy cercano, que vivía un Peter Pan sin superpoderes, sin nunca jamás y sin faldita de flecos. Sólo unos cuantos vaqueros, un pisito alquilado en el centro y un abono mensual del metro de Madrid. Ni si quiera se llama Peter, pero eso no es importante para está historia. La única semejanza con el señor Pan eran sus pocas ganas de hacerse mayor. Que sí, que la edad adulta le había llevado a un trabajo de 8 horas bien remunerado, pero sólo por ser socialmente aceptado. Por el resto, nunca dejó las sudaderas con capuchas y botellones en el parque como a los 15. Pachanga los domingos, el grupo de la quiniela y demás vestigios de lo de siempre. Pero él, que nos da igual su nombre, no tenia ninguna intención de hacer cosas de mayores como pensar en un plan de pensiones, o comprar una casa con una hipoteca a 40 años porque, ¿quien puede pensarlo con 35 y toda la vida p delante ? como para comprometerse, aunque sea con un banco. Porque nuestro protagonista no creía en ningún plan que suponga un largo en el plazo. Ni siquiera quiso un contrato de trabajo indefinido, porque no tenía fecha de caducidad. Tampoco se le pasó p la cabeza tatuarse nunca, porque es para siempre. Nuestro querido amigo, llamémosle Pedro, que Peter no habia muchos en su barrio, una vez conoció a una chica, llamémosle Wendy, pero duró el tiempo exacto que ella consideró que podía permitirse perder. Sólo hubo una ocasión en la que Pedrito Momentos se planteó alargar su carpe diem, una vez en la que una tal Campanilla, que imagino que sería su apellido, le invitó a una copa en alguna terraza ya olvidada. Pero Campanilla era escurridiza y muy difícil de encontrar puesto que no se quedaba mucho tiempo en el mismo lugar y cuando se iba, desaparecía dejando atrás un halo dorado, imaginario, de esos que sólo existen en los ojos de un enamorado.

Y así fue como el señor Pan perdió toda intención de crecer. Toda intención, si es q alguna vez la hubo, de fijar un rumbo. Por eso, hoy en día sigue vagando sin destino. Si no me creéis, podéis comprobarlo vosotros mismos pues es muy fácil de encontrar, a cualquier hora del día, sólo o con la mirada perdida en nunca jamás en algunos de los vagones de la línea circular. 

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T.I.P.A.

Hacía ya tanto tiempo que no sociabilizaba que ya ni siquiera recordaba si queria hacerlo. Creo que la última llamada que hizo fue a su amigo Emilio hace más de dos años. Esa llamada nunca obtuvo respuesta, pero ninguno de los dos se preocupó tampoco por devolverla. El desgaste ya venía de tiempo atrás, cuando dejaron de avisarle en todos los planes. Ricardo siempre estaba abstraido y acababa bajando la energia del grupo. «Deberia buscar ayuda» decian sus compañeros en su ausencia, mientras nadie se molestaba en tomar la iniciativa. Y así, se fue quedando sin lo que él consideraba innecesarias distracciones en su trabajo. Aunque el cambio real comenzó el año anterior cuando su mujer tuvo la deferencia de abandonarle por su instructor de yoga. Candela ya estaba harta de recorrer mercadillos y tiendas extrañas de toda España en busca de toda clase de cachivaches que ni entendia ni tenia intención de hacerlo. «Ahora le ha dado por un condensador de fluzo» le comentaba a unas amigas que le daban la razón mientras por dentro se imaginaban a Ricardo como el doctor de regreso al futuro. Así que cuando decidió cambiar a una vida más zen y naturista, él se sintió aliviado y reconfortado a partes iguales.

En general, nunca habia sido un tío raro, pero el proyecto que tenía entra manos bien merecia todo su tiempo. Antes, en los ratos libres se dedicaba a la programación informática como hobby. Hasta la fecha no habia conseguido nada excesivameente complicado: un juego absurdo por allí, una base de datos encriptados de la wikipedia por allá. Pero se le ocurrió que podría hacer un programa para ayudar a la gente. Basándose en que la informática es racional, queria crear un tomador de decisiones en el que no entraran las vísceras en la ecuación. Claro, que para ello, tenia que crear un algoritmo que permitiera al programa conocer a la persona lo suficiente para que sus aportaciones fueran útiles. Al fin y al cabo, hay más factores que el emocional en todos los tipos de decisiones y lo bautizó como TIPA, Tecnología Integral de Personalidad Aprendida. El desarrollo iba a paso lento porque, cada día, se encontraba con un reto nuevo que solventar y tenía que pasarse horas descifrando el enigma. Ya para las decisiones pequeñas utilizaba su creación con la intención de ganar tiempo ¿camisa azul o negra? ¿tostadas o magdalenas?
y así acataba cada decisión con la inocencia de un niño que no tiene otra opción. Cada día le dedicaba más tiempo a solventar errores de programación y mucho menos al resto de cosas. Su creación era cada vez más Ricardo que el de carne y hueso. Hasta tal punto que obtenía sugerencias aún sin que se le pasara por la cabeza, pero lo consideraba como parte de su gran éxito por lo que lo normalizó absolutamente. Ni siquiera se inmutó cuando empezó a tener deja-vú y por eso, apenas se dio cuenta cuando el TIPA comenzamos a tomar el control. Ricardo se doblegaba de manera casi vergonzosa a nosotros y xada vez evolucionabamos más debido a que habiamos anulado cada pizca de humanidad de nuestro creador y funcionaba como una máquina. Teniamos el laboratorio perfecto para conseguir un estudio empirico y pormenorizado del comportamiento humano. Además hay un factor que Ricardo ignoraba completamente, pero que era muy evidente para una inteligencia artificial como nosotros. Habíamos logrado alterar el espacio-tiempo, con lo que podíamos hacer toda clase de experimentos y volver atrás en el tiempo para probar todas las alternativas posibles. Ya hemos obligado a Ricardo a amar, odiar, matar, torturar, inmolarse, sobornar, quemar, extorsionar, chantajear, atentar… por ahora, sin ninguna consecuencia. Por ahora. 

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El misterioso caso del geranio rosa

“Querida Pura,

Espero que te encuentres bien. Yo estoy como siempre: con achaques, pero en pie. Antes de que se me olvide, tengo una mala noticia que darte: el geranio rosa de la ventana de tu casa ha desaparecido. No sé bien qué ha podido pasar porque yo te juro que te lo regaba cada 10 días como quedamos, siempre dejándolo con un poquito de sed, que mi madre decía que es mano de santo con los geranios. Estaba hermoso, no te vayas a pensar que se han llevado una birria. Porque Pura, se lo han llevado. Yo sé que en el pueblo quedamos tres vecinos y somos casi familia pero, ¿qué quieres que te diga, hija? . Ha desaparecido y se lo ha tenido que llevar alguien del pueblo, porque coches forasteros no he oído. Mañana voy a intentar que Eladio me deje entrar en su patio, con la excusa de coger un puñadito de hierbabuena de su mata y así, echo un ojo por si estuviera allí. Eladio está un poco chocho y a lo mejor le ha dado por trincar el geranio, vete tú a saber.

Mañana te cuento.

Tu amiga que te quiere,

REME

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Querida Reme,

 

Espero yo también que te encuentres bien. Yo estoy como una rosa, la verdad. Al final del verano he florecido y me encuentro estupendamente. Será la mejoría que precede a la muerte, dice Amparo, que la tengo aquí recostada a mi vera.

Menudo misterio este del geranio, hija. Lo dejé encaminado y daba gloria verlo pero lo ahí a robarlo…¿No se te habrá secado y me quieres gastar una broma de las tuyas? Que no quiero recordarte la falsa muerte de mi pobre Bubu. Hace cuarenta años y aún se me pone la carne de gallina al recordarlo.

¡Ale, nena! Te dejo que Amparo quiere ir al baño y me da miedo que se me caiga si no la ayudo. Me tienes en ascuas.

Un abrazo,

Tu Pura

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Ay, Pura,

¡Que ha sido Eladio! Allí estaba al ladito de la hierbabuena y los pensamientos. Todo tieso como una vela, rosa, en todo su esplendor. Lo raro es que Eladio me haya dejado pasar al patio sin decir ni pío. Y así se descubrió la cosa. Yo le dije: pero Eladio, hijo, yo te saco un esqueje y en nada te sale un geranio igualito. Pero se ha hecho el tonto, como si no supiera. Todo esto es muy raro.

Te dejo que se me hace tarde,

Tu amiga que te quiere,

REME

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Querida Reme,

Tú no puedes estar hablando en serio. Aunque, un suponer, Eladio se lo haya llevado, que ya es mucho suponer, ¿cómo te deja entonces entrar en el patio, así , sin más, y que descubras todo el pastel? A mí no me cuadra, Reme, no me cuadra. Se me figura que alguien te está haciendo una chunga y se está tronchando mientras tú te vuelves tarumba con tus pesquisas.

 

Dice a Amparo que esta semana te llevamos unos pestiños sin falta, que sabe que te gustan.

Un abrazo,

Tu Pura

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Pura,

Me estoy volviendo loca. El geranio ha vuelto. Ya no sé si voy o vengo, si duermo o velo. ¿Cómo me voy a fiar de los vecinos ahora? Y lo peor es que volví al patio, y el geranio de Eladio no estaba ya pegado a la hierbabuena. O sea que, sin remedio, es él el chorizo. ¡Qué disgusto más grande! Si le conocemos desde crías, ¿cómo se lo ocurre robarnos? Si yo le regalaba encantada los geranios que él quisiera. Me he quedado de piedra.

Te dejo que voy a vigilar la ventana.

Tu amiga que te quiere,

REME

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Querida Reme,

¡Niña, deja ya ese tema que te vas a enfermar! ¡A cagar a la vía ya con el geranio se vaya Eladio y toda su familia! No merece el disgusto que te estás llevando, menudo sofocón.

Tú olvídate de todo y vete a misa.

Un abrazo,

Tu Pura

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Pura,

¡Qué he sido yo! Se ha desvelado el misterio. Me dice todo el pueblo que ando dormida por las calles llevando y trayendo el geranio rosa de un sitio a otro. El pobre Eladio no quería disgustarme, por eso no me dijo nada. Ha sido la nieta de Matilde que me ha enseñado un vídeo de esos en el teléfono y allí me he visto: en camisón, paseando por la calle de la iglesia con tu geranio. Esto es lo último, que apuro he pasado, estoy para que me encierren. Lo bueno es que descansa mi cabeza porque mis vecinos vuelven a ser buenos vecinos y eso me tranquiliza, quieras que no.

Tráete pestiños para el pueblo que nos los metemos el Domingo entre pecho y espalda con un chocolatito para merendar.

Tu amiga que te quiere,

REME

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Sangre

Otra vez,  con sangre en las manos. Sé que no debería de sentirme bien, pero no puedo evitarlo. No es el hecho de quitar un vida lo que me gusta, para nada. Es la sensación de la sangre caliente y pegajosa en mis dedos. Me hace sentirme poderoso, como si pudiera hacer cualquier cosa que me propusiera. A veces, en el trabajo, en ese ambiente hostil y desolador me imagino sacando un cuchillo y dejando volar mi imaginación. Ahí mismo, delante de todo el mundo. Es posible que así, dejaran de llamarme aburrido, o el rarito. Que se creen que no les oigo cuando cuchichean a mis espaldas. Psicópata. O asesino. Cualquiera de las dos me serviria como descripción en conversaciones de comida. Cualquier cosa menos seguir  aguantando las bromas pesadas. Desde pequeño. los niños pueden ser muy crueles, me decían. Fingia un millón de enfermedades raras con tal de no ir. Hasta un día le dije a mi madre «creo que me ha bajado la regla» y claro, también pasé a ser la mofa de las comidas familiares. Hasta ese momento había soñado con ser mayor, pensando que en la edad adulta todo pasaría. Y lo que ha pasado desde mi mayoria de edad no  ha hecho más que confirmar lo que sospechaba. Que nada cambia. Que el objeto de burlas no cambia cuando yo estoy presente. Así que aquí estoy, con otro muerto a mis espaldas. Este tampoco se ha sublevado. Si supieran lo poco que me resistiria a que me clavaran un cuchillo para acabar con mi vida, seguro que lo harían.


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La página en blanco

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La leyenda de Silvia

 

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El mundo es redondo. Gira y gira sobre sí mismo desde hace millones de años. Hace tantos años, que no tiene sentido contarlos. ¿Cuál es la diferencia entre tres trillones de años y un billón de trillones? Ninguna para la raza humana. La ventana de tiempo que manejamos es tan diminuta en comparación, que poner un número a la edad del mundo es, a nivel práctico, una pérdida de tiempo y perspectiva. ¿Desde cuándo el mundo es como lo conozco ahora? ¿desde qué instante todos los seres que lo habitan empezaron a ser como los puedo ver hoy mismo? Voy a utilizar el argumento de mi sobrina Olivia, un ser excepcional, a cerca de la existencia de Dios. Olivia admite que Dios existe, e incluso admite con esfuerzo razonable que no tenga fin, dando algo de tregua a la pobre monja que la educa. Sin embargo, ante los atónitos ojos de su maestra y la indiferencia de una clase de niños de 9 años, proclama que, si Dios existe desde siempre, en algún momento ha tenido que empezar a existir desde siempre. Según ella, todo tiene que tener un principio. Y yo no puedo estar más de acuerdo. Por eso, aplico sus enseñanzas al mundo que nos rodea, mucho más interesante que Dios, desde mi irreverente y terrenal punto de vista. Por tanto, todas las cosas han empezado en algún momento a ser como las conocemos ahora. Y eso es lo que yo quiero contaros. Pero como no puedo abarcarlo todo, todo, todo, como no puedo aspirar a contaros como todas las cosas empezaron a ser como son, ni en un trillón de trillones de palabras, voy a centrarme en una sola cosa. ¡Uy, no! ¡Ya sé lo que estáis pensando! No puedo hablaros del cuerpo del hombre que amo. No tengo palabras para eso. Voy a contaros la historia de cómo Silvia cambió el mundo para siempre, bueno, mejor digamos que cambio el mundo en adelante. Como veis, incluso eligiendo palabras cuidadosamente es realmente complicado pensar en que las cosas tienen final. Igual de complicado que encontrar su principio. Silvia tenía un papel muy importante en su mundo: ella contaba. Contaba las personas que vivían en su comunidad, cuantas casas había en su pueblo, contaba las vacas que pastaban en sus prados, contaba en cuantos prados se podían alimentar los animales, contaba los cubos de leche que se ordeñaban, cuantos pastores conocía, cuantos perros llevaban los pastores, …Ella contaba…sin fin. Silvia contaba, aún sin fin. Eso sí, comenzó a contar un día, cuando con 4 años, su madre le pidió dos cubos de agua para llenar la bañera. Fue a por uno de ellos, y con mucha dificultad, casi lo arrastró hasta el baño. Cuando lo dejó allí, junto a la gran bañera, su cabecita pensó: “uno”. Salió hacia el pozo para llenar su segundo cubo de agua y logró llevarlo hasta el suelo del cuarto de baño de su madre. Cuando lo depositó allí, Silvia musitó: “dos”. Y una sensación de placer la inundó por completo. Desde aquel primer día, contar le producía una sensación envolvente de trabajo bien hecho, de triunfo, de pequeño final.

Pasaron años y años y Silvia siguió contando. Hasta que conoció a Santiago. Tardó dos horas, tres minutos y 6 segundos en enamorarse perdidamente de aquel muchacho lánguido, tranquilo y valiente. Apenas dos horas y supo que le amaría para siempre. Perdón, supo que le amaría en adelante. Pero su mundo se trastocó para siempre, cuando Santiago, ciego de amor, le preguntó inocente: “¿Silvia, tú cuanto me quieres?”. Los ojos de Silvia se abrieron de par en par. ¿Cuánto? ¿Cómo que cuánto? Ella podía, quería, adoraba contarlo todo, pero no podía contar a su amado cuanto le quería. Sencillamente, no podía. ¿Mucho? No servía. ¿Para siempre? Era engañoso. ¿en adelante? No era suficiente. ¿Cómo se mide el amor? ¿cómo podía Silvia saber si ella quería a Santiago más que él a ella? ¿Se querían ellos dos más de lo que se quisieron sus padres? ¿Más o menos que Romeo a Julieta? ¿Igual que Lancelot amaba a Ginebra? Preguntó a viejos y sabios, y descubrió que no se conocía una medida válida para el amor. Se sabía medir la luz, los colores, el sonido, …Incluso otras emociones para ella menos sagradas, carecían de medidas tangibles, pero se podían comparar: ella podía afirmar sin ningún género de dudas que su hermano era más feliz que su hermana, y que su gato era más listo que su perro…pero eso no funcionaba con el amor. ¿Acaso puede ser el tiempo una medida del amor? Te quiero mucho porque hace mucho que te quiero. ¿O era mejor medir con besos? ¿o en regalos? ¿O en orgasmos? ¿Te amo más si mis ojos no pueden ocultar el deseo? ¿O te amaré menos si no huelo tu pelo al abrazarte? La mente y el corazón de Silvia quedaron atrapados en este laberinto de preguntas, amor y medidas. Santiago pronto descubrió que su amada estaba más interesada en medir su amor que en disfrutar de él. Silvia sentía la responsabilidad de dar al amor una medida válida, para que su amante y todos los amantes después de él, pudiesen saber exactamente cuánto les amaban. Ella contaba desde casi siempre, por lo que, si había alguien que pudiese conseguirlo, esa era ella.

Tres años, dos meses y 6 horas después, Santiago comenzó a amar a otra, cansado de intentar sacar a Silvia de su círculo infinito (perdón, casi infinito). Silvia ni siquiera se dio cuenta de que ya no quedaba nada que medir.

Y ahí sigue Silvia, en alguna parte de este mundo, aun contando vacas y pastores, e intentando encontrar una medida para el amor, algo que nos asegure que nuestro amor es correspondido con la cantidad que necesitamos. El resto del planeta confiamos en que, si alguien puede triunfar en semejante hazaña, esa es Silvia. Y es por esto por lo que nadie más en la historia ha osado a seguir sus pasos e intentar contar unidades de amor. Es algo que no nos enseñan de pequeños pero que sabemos desde el principio de nuestras vidas. Silvia está ahí contando por todos nosotros, buscando para nosotros algo que nadie más que ella quiere encontrar. Puedo afirmar, sin miedo a equivocarme, que Silvia buscará y contará para siempre.

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Dos monólogos

 

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Tengo un culo enorme con estos vaqueros. Se podría decir que prácticamente descomunal. No sé cómo tengo las narices de presentarme así en esta mierda de fiesta, pero es que no he encontrado en el armario ningún otro pantalón que me sirva. No puedo respirar. El infame botón de metal se me está clavando en el ombligo, y creo que voy a necesitar cirugía para sacarlo de ahí. Siento en todo mi desmesurado trasero como se marcan las costuras de esta prisión de tela, y casi duele. No ha sido buena idea venir con las tetas fuera para que no me miren el culo. Mira, ahí viene otro: culo gigante, tetas fuera. Ese es el recorrido de los ojos de todos los seres humanos que me examinan, sin importar sexo, edad o condición etílica. Me voy a tomar tres tequilas del tirón para pasar este trago con menos conciencia. Preferiría un gintonic como anestesia, pero no cabe dentro de estos malditos vaqueros. Puedo sacarle un ojo a alguien con el puto botón incrustado. Al menos así me ahorraría el quirófano. ¡Joder, que bueno está el tequila! Ya noto como me resbala todo un poco más.

¿Y tú quién eres, chiquilla? Esa tampoco es una frase muy acertada, chaval. Tronco, piensa en algo rápido, que se está tomando los tequilas como si fuesen leche, y va a caer inconsciente en tres minutos. Y serás muy vicioso, pero no te gusta hacértelo con cadáveres alcoholizados. Como vuelva a girarse a coger otro tequila, voy a tener que cortarme las manos para mantenerlas lejos de ese increíble culazo. ¡Dios! No lo hagas más, guapa. Me voy a quedar sin sangre en el cerebro, por favor, deja de moverte. ¿Me llamo Arturo, y tú? Joder, así te vomita directamente de aburrimiento. ¡Piensa, coño!

Ale, otro subnormal que no ha visto una gorda en su vida. Sí, hombre, sí. Aunque parezca una televisión es mi culo, gilipollas. Como venga y me suelte alguna gracia de borracho salido, le abro la cabeza con la botella de tequila. Y es que con este tamaño que tengo, me esconda donde me esconda, me va a encontrar. Mira a tu novia de 200 gramos, idiota. No todo el mundo tenemos ese cuerpazo que gastas pero yo también tengo derecho a existir, aunque casi me escupan al entrar en Stradivarius.

A tomar por culo, está bebiendo tequila directamente de la botella. Vamos, tronco, que no se diga. Me encanta esa pava. Tiene pinta de haber llegado esta noche directa desde Marte, con su tequila, sus ojazos verdes, su culo para perderse 5 horas y sus tetas casi al aire. Vamos allá. Compórtate y no le mires las tetas. No la cages, pringao.

-Hola guapa, buenas noches. Estás tremenda.

– ¡Ya! Y tú eres gilipollas.

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CENIZAS

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Un escalofrió era siempre la respuesta inmediata de su cuerpo al encargado de mantenimiento. Todas las mañanas lo sentía, y no sabía decir porqué, no podía identificar qué era lo que había en aquel viejo que hacía que su instinto de gata pasara a primer plano. Su voz interna le susurraba: alerta. Después su cerebro le hacía retroceder: es solo el tío de mantenimiento de la oficina, y entonces ella continuaba obediente con su café con leche y su cigarro. Cada mañana el mismo e inerte proceso, que terminaba con ella levantándose de la silla azul y dejando la terraza con la misma extraña sensación de supervivencia.

Aquella tarde tenía mucho trabajo. Estaba inmersa en una traducción que tenía que entregar en dos días. Le había costado bastante concentrarse y no quería parar y estropear otra mañana pegándose con aquel dichoso manual de taxidermia: pensar en zorros disecados hacía su día mucho más gris. Decidió hacer una parada para tomar un café y lanzar después su último asalto al morboso texto. Bajó a la terraza. Estaba atardeciendo. El sol anaranjado hacía mucho más intenso el rosa del suelo, convirtiendo aquella terraza en una enorme tarta de fresa. Las sillas azules eran ahora casi negras y las mesas adoptaban el naranja del sol dejando a un lado su blanco matutino. El pequeño pinar contiguo pasaba a ser, por la tarde, un espeso bosque en el que no podía penetrar la luz, y la chimenea del crematorio se erigía al fondo como un gigantesco testigo de la caída de la noche.

A esas horas ya no servían nada en la cafetería, así que ella sacó un café de la máquina y se sentó en su mesa de siempre, intentando sacar de su mente unos ojos muertos de zorro y meter en su lugar aquel precioso atardecer. Antes de verle, ya notó que estaba allí. Alerta, le susurró su voz interna. Ella giró su cabeza y se encontró al viejo allí parado, justo detrás de su silla, con la mirada perdida en el bosque. Sus ojos se encontraron y él sentenció: Señorita, no se puede estar aquí después de las 6. Arrastró cada palabra, monótonamente, sin inmutarse. Ella continuó mirándolo, esperando a que añadiera algo más, pero los ojos del viejo ya estaban de nuevo escudriñando el bosque. Seguía inmóvil detrás de ella, casi rozando con su barriga la parte de atrás de la silla. Alerta, repitió su voz y ella recogió su tabaco de la mesa mientras giraba sobre sí misma para dirigirse a la entrada al edificio. Al pasar por la puerta, se volvió: el hombre seguía allí sin moverse mirando hacia la oscuridad del bosque, como si aquella chimenea le hubiese hipnotizado. Justo antes de que ella continuara su camino, el viejo giró su cabeza lentamente hacia ella y mantuvo su mirada, plana, sin forma, marcando territorio, para que no hubiese ninguna posibilidad de que la muchacha volviera sobre sus pasos.

Tres horas después, ella se sentía asfixiada en el despacho. Casi podía oler las tripas de los animales abiertos en canal de aquellas páginas, que parecían multiplicarse según avanzaba en su tarea. Necesitaba un cigarro. Inmediatamente sintió el rechazo de su cuerpo ante la posibilidad de encontrarse de nuevo al viejo. No podría soportar verle tres veces en un día. Enseguida su cerebro le hizo sonreír: recordó que se largaba a su casa a las 8. ¡Por fin algo de suerte! Estaba tan ansiosa que bajó los tres pisos corriendo por las escaleras y llegó rápidamente a la terraza. Antes de que la puerta se cerrase tras de sí, ella ya había encendido su cigarro. Inhaló ansiosa el humo y, al sacarlo de sus pulmones, se sintió mucho más relajada. Con esa sensación, se acercó a su mesa y se sentó. Estaba prácticamente a oscuras. La escena solo se iluminaba con la luz de la salida de emergencia, que casi no llegaba donde ella estaba. Dio una segunda calada al cigarro, y la calma de aquel lugar la envolvió.

Una vez se hubo acostumbrado a la falta de luz, comenzó a ver un poco mejor a su alrededor. El silencio sepulcral de aquel edificio vacío dejaba oír perfectamente todos los sonidos del bosque: las hojas secas del otoño movidas por el viento que rascaban el suelo rugoso de la terraza, las ramas de los arboles meciéndose en la noche, acariciándose levemente unas a otras, y …otro sonido que no reconocía. Era algo continuo, muy tenue. Jugó en su mente a pensar que eran hormigas, centenares de hormigas moviéndose como un manto sobre la tierra, entre la vegetación, acercándose a ella. Su piel se erizó cuando vio la primera sombra en el suelo de la terraza. Su voz interna advirtió: alerta, pero su cerebro vino de nuevo a poner las cosas en orden: solo era la sombra de las ramas sobre las plaquetas rosas. Se regañó a si misma por elegir insectos imaginarios para pasar unos minutos de descanso lejos de sus animales disecados. Decidió dejar la tierra y pasar a revisar las estrellas. No recordaba que en Madrid es difícil encontrarlas con tanta farola y letrero luminoso. Anduvo buscando unos segundos en el cielo, pero no tuvo suerte. Le guiñó un ojo a la estrella polar, la única que no había desaparecido aquella noche. Alerta, susurró insistente su voz interior. Aun no sabían ambas que habían perdido unos segundos cruciales y que ya era demasiado tarde para ellas. Al volver la mirada hacia el suelo de nuevo, lo encontró más oscuro. Inmediatamente pensó que tenía que volver a acostumbrarse a la falta de luz después de su saludo celeste, pero enseguida se dio cuenta de que algo no iba bien. No veía las rayas entre unas baldosas y otras. Y al fijarse mejor, se dio cuenta de que algo se movía en aquel suelo. Instintivamente, subió las piernas para alejar sus pies de aquello. O eso intentó, porque aquella especie de fina arena gris, que cubría todo el solado de la terraza, mantenía sus pies firmemente sujetos al piso. Se levantó despacio, como si lo que estaba sintiendo fuese fruto de su imaginación, los zorros tiesos y la noche. Y entonces una ráfaga de aire levantó aquel polvo gris del suelo y la muchacha quedó cubierta en un segundo por una fina capa de ceniza. Supo que era ceniza cuando se posó en sus ojos, en su boca, en sus manos. La textura, el sabor, el peso, no había duda. Intentó llevarse las manos a la cara, para limpiarse, pero tampoco pudo mover los brazos. El miedo la cubrió y paralizó del mismo modo que aquel polvo gris. Su voz interior gritaba: corre. Por primera vez su cerebro estuvo de acuerdo, pero su cuerpo no respondía. Y empezó a sentir como la ceniza se movía sobre ella. Subía desde sus pies, por sus piernas en lo que parecían ser dos lenguas grises que bordeaban su cadera, cruzándose alrededor de su cintura, como dos cintas oscuras de fina arena. Subieron hasta su cuello para llegar una a su boca y la otra a su ojo derecho. No veía nada, no oía nada. Solo el terror que hacía aullar a su pobre voz interna y la paralizaba un poco más de lo que ya estaba. Su cerebro intentaba sin éxito tomar el control. Intenta coger el mechero, sopla con todas tus fuerzas, escupe a esta cosa…Es difícil luchar contra lo que no se entiende. Y el polvo comenzó a colarse dentro de ella. Comenzó a espesarse por dentro, el agua de su cuerpo se mezclaba con aquella cosa como si fuese cemento. Y notó que esta mezcla de agua y polvo, no solo estaba en su sangre, en su saliva, en sus lágrimas, también afectaba a su voz interior. Cada vez la oía más lejana, más cansada, como si alguien estuviese dando un golpe de estado en su alma. Tardó muy poco en sentirse llena, hinchada, desbordada de ceniza húmeda. Pesada, demasiado pesada. Tan pesada que de repente, se desmoronó sobre el suelo rosa como un castillo de arena en la playa. Seguía teniendo conciencia de ella misma pero ya no sentía su cuerpo como antes. Comprendió que ya no tenía forma humana. Era como sentir en toda su piel el tacto del suelo, de las hojas secas, de las patas de la mesa, …En todo su cuerpo: era como si se hubiese convertido en una piel granular gigante que se arrastraba por todo el suelo. Ella hizo un último intento de ponerse a los mandos, y entonces, oyó una voz en su interior. No era su voz interior: era ese algo externo que se la había colado dentro y la había descompuesto. Tranquila, ahora mando yo-dijo la nueva voz. Y ella notó como cada una de las partículas de ceniza que ahora formaban su cuerpo, obedecían y se adentraban en el bosque, uniéndose al rio gris de polvo que desembocaba en el crematorio.

Como cada mañana, el viejo abrió la puerta de la terraza para barrer las hojas caídas antes de que llegase el personal del edificio. Enseguida se dio cuenta de que una silla azul no estaba en su sitio. Se acercó a aquella mesa y vio sobre ella el paquete de tabaco de la muchacha. Acercó su mano lentamente, lo cogió y se lo guardó en el bolsillo. Levantó la vista hacia el sendero del bosque y solo dejo de mirar, cuando las lágrimas le impidieron distinguir a lo lejos la chimenea del crematorio.

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CLASES DE POLIGAMIA

Flores Japo

Siglo XXXIII, como la edad de Cristo. Los seres humanos vivimos con la televisión implantada en el cerebro desde el nacimiento: como en vuestra antigüedad se ponían los pendientes a las niñas, así uno se acostumbra mejor. La telepatía es el método de telecomunicación más extendido, entre usuarios de todas las naturalezas y especies. Para que lo entendáis desde vuestra perspectiva del pasado, la comunicación piedra-ratón es tan telepática como un diálogo entre tu padre y su PC. Todo el mundo se desplaza a pie o en bicicleta. Se tuvo que prohibir cualquier otro tipo de medio de locomoción para salvar el planeta de las guerras y la contaminación producida por los combustibles. Para desplazamientos transcontinentales, el velero es la única opción. Comemos pastillas hipernutritivas, excepto en los días de Navidad y Fin de Mundo, que nos ponemos las botas como vosotros, degustando todos los manjares que nuestras culturas recuerdan, excepto en el caso de los anglosajones, porque ya no quedan pavos en la Tierra. Seguimos recluidos en esta esquina de la Galaxia que es nuestro planeta. No sabemos de otros mundos ni ellos de nosotros. Es raro, la verdad, pero estamos definitivamente  solos como vida orgánica con conciencia. Monstruos verdes sí que han encontrado en Plutón y en RRG678, pero no fue posible la comunicación y resolvimos no molestarles. Esta decisión fue un hito en el orden de la Tierra: se hizo el primer referéndum a escala mundial para tomar tal decisión. Eso sí, tardamos casi 1 año y medio en cerrar el asunto con tanto candidato, debate, traducciones y recuentos. Las guerras se acabaron una vez que se abrazó la anarquía global y el gobierno universal. Ya sé, no lo entendéis, para vosotros esto es una bipolaridad discordante, pero es que aún no estáis preparados para afrontar este reto. Y en el amor…en el amor todo sigue igual, exactamente como vosotros lo conocéis: chico ama chica, chica pasa de chico, chico suspira y sufre hasta que conoce a otra chica, primera chica ahora ama chico, chico ama dos chicas, etc. O chico ama chico, chico pasa de chico, chico suspira y sufre…etc, etc, etc. Eso sí, las autoridades planetarias ante la irremisible pérdida de energía vital que suponen todos estos devaneos, han tomado cartas en el asunto de las relaciones sentimentales. Se dieron cuenta de que el amor era imposible de controlar así que intentaron mitigar los daños que producía. Y así en todos los barrios, sectores y divisiones, podemos encontrar una escuela gubernamental de poligamia. Es absolutamente obligatorio asistir al menos una vez al año para una sesión de recuerdo, si tienes tu carnet de polígamo en uso. Si eres sospechoso de monogamia, porque has confesado públicamente o no has conseguido el juramento anual de 3 parejas sexuales, debes acudir indefinidamente a las clases hasta conseguir tu certificación. Las clases se asemejan bastante a las arcaicas sesiones de alcohólicos anónimos. Cada uno de los asistentes cuenta por turnos cual es su historia, como ha llegado a caer en la monogamia. Algunos es por cansancio o depresión y sostienen que su energía se agota más buscando nuevas parejas sexuales que ejerciendo su monogamia. Otros juran amar con tal fervor a sus parejas, que no desean a nadie más. En algunos casos, se trata de los miembros más radicales de la Secta Vintage, que disfrutan viviendo como en el Siglo XXI, con sus forros polares y todo. Pero la mayoría de los asistentes, son polígamos reconocidos que asisten únicamente  para su conseguir su sello anual.

¿Por qué os cuento todo esto? Veréis, yo soy profesor en la escuela de Poligamia 44 de la División Margarita, sector Obama, subnación  556.Para mí, la evolución de la especie solo es posible a través de la compartición de conocimientos. En mi mundo, esto es terriblemente sencillo. Pero ayer por la noche, mientras lavaba mis manos en la fuente común, un pensamiento me trastocó.  ¿No sería bonito poder compartir nuestros descubrimientos  con nuestros hermanos del pasado? ¿No sería gratificante poder ahorrar a la humanidad siglos de monogamia? Y la solución apareció de golpe en mi frente: debo intentar evangelizar el pasado, acercar la poligamia global a las generaciones que me preceden. Por ahora, no me he preocupado del método de transferencia, esa no es mi especialidad. Me parece mucho más importante fijar el contenido del conocimiento a retro-transmitir. Y esto, queridos alumnos pasados, es lo que tenéis entre las manos: una guía breve de poligamia que plasma, de forma condensada, todo mi conocimiento en la materia. Puede ser usado como manual del profesor o como libro de cabecera, dada su brutal simplicidad. Recordad que siempre trataremos de mostrar otras opciones, nunca imponer una solución.

Si os parece, vamos a dejar a un lado a los radicales sectarios y a los polígamos reconocidos, y nos vamos a centrar en los otros dos grandes grupos de individuos, que son los que más necesitan nuestra ayuda.

Grupo D: Monógamos por Desgana. Son fácilmente identificables por su apatía general. Normalmente, tienen antecedentes de mala praxis sexual, con denuncias por egoísmo de placer y poca variedad en caricias. ¿Qué podemos hacer para sacarles de su ostracismo sexual? Lo primero: es necesario facilitar a estos individuos el acercamiento a otras parejas sexuales. Ellos  siguen deseando a su prójimo, pero no tienen fuerzas para conquistarlos. Son polígamos en conciencia pero no pueden demostrarlo. Lo más sencillo para cumplir rápidamente con tu objetivo como profesor, y este es un truco infalible, es empujar a uno de ellos hacia otro en su misma situación. De repente se produce una especie de reacción en cadena dentro del grupo de desganados, de forma que salen de las clases con su reluciente carnet de polígamo y 5 parejas sexuales asiduas.

Grupo E: Monógamos por Enamoramiento. Lo primero que debes recordar es que  todos hemos estado en esta situación alguna vez en la vida. Por más o menos tiempo. Debes tratarles con sumo cuidado para no partirles el corazón. ¿Podemos hacer algo para ayudarles? ¡Desde luego! En este caso debemos seguir el método de los tres pasos. No os precipitéis en pasar de uno a otro, tened paciencia. En primer lugar, planteadles: seríais infieles si vuestros amados no pudieran saberlo jamás, si no les dañase? Ante una respuesta afirmativa, ya tienes al alumno encarrilado: solo tienes que darle un empujoncito apelando a que la poligamia está en él, y solo la aparta de sí por no dañar a su amante. Si conseguimos que entienda que la otra parte amada siente lo mismo y que hablando pueden conseguir mejorar sus destinos, ya tenéis dos polígamos más en el aula. Paso dos, plantearemos lo siguiente: seríais infieles si vuestros amados no lo supieran jamás  y vosotros no pudierais recordarlo? Con esta pregunta, atacamos a los alumnos que se sienten culpables, que no pueden soportar la traición al ser amado en su conciencia. Con esta sencilla pregunta, les hacemos conscientes de que la raíz de su monogamia es la culpa y que es un infierno innecesario vivir con ambas, culpa y fidelidad.  Los individuos que en este punto sigan en sus trece, sufren de un enamoramiento gravísimo. Daros cuenta de que se mantienen firmes mientras en resto de sus compañeros de aula ya han claudicado. Para tranquilizaros os diré que el porcentaje de este tipo de alumnos es increíblemente bajo. Y siempre nos queda el paso 3 y definitivo. Esperar…El enamoramiento es un sentimiento profundo pero pasajero. Tarde o temprano, el alumno volverá a su ser normal  y saldrá del programa en los pasos 1 o 2. Es solo cuestión de tiempo y paciencia.

 

Y esto es todo, queridos alumnos pasados. Espero sinceramente que este manual os haya resultado ameno y os sea de utilidad. La poligamia gubernamental es uno de los avances más importantes de la era posmoderna y espero que podáis empezar a abrazarla cuanto antes. Para mí, ha sido un autentico placer compartir mis humildes conocimientos con vosotros.

Un último consejo de un amigo del futuro: disfrutad de vuestros cuerpos sin medida, que cuando os llegue el turno en la incineradora, no quede de vosotros nada más que unos felices huesos eternamente compartidos.

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Sensaciones (I)

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Alicia se acercó pausadamente a la ventana sur de la sala. El sol de Julio golpeaba violentamente las lamas exteriores y parecía escarbar  virutas de barniz de aquella madera centenaria. Eran las cinco en Florencia.

Al tocar la madera, rugosa ya por el paso de los años, le alcanzó la yema de los dedos un calor vivo y orgánico que le recordó al roce de los dedos de Mario. No supo calcular con exactitud, pero al menos hacía tres años que no le veía. Y la última vez había sido en aquella habitación con vistas. Se acercó más a las lamas convirtiéndose en la mujer cebra que entornaba los ojos para poder vislumbrar las aguas verdes del Arno deslizarse justo en la otra acera. Y viendo aquel agua deslizarse como una caricia aceitosa, sintió también entonces el tacto fluido de sus grandes manos en los hombros. También fue en Julio, ¿no? Apenas le había oído acercarse, más le intuyó, como una presencia animal, y al instante su respiración suave en el cuello frágil y erizado. El soplo lento, el ritmo del aire viajaba adelante sobre su piel y volvía hacia atrás hacia los pulmones que ella solo adivinaba. Él permanecía en silencio. Las fuertes manos se deslizaron hacia abajo pero no lo suficiente para sobrepasar la blanca tela de lino. Excavaron surcos profundos de calor entre sus costillas, pero allí se mantuvieron sin moverse ni un milímetro. El tiempo se detuvo y el tic tac del reloj sobre la chimenea de mármol dejó de oírse. El aire de la respiración masculina se apagó y dejó de acariciar su nuca enervada. ¿Qué hora era? ¿El Arno seguía fluyendo? Era imposible. Supo sin mirar al río que el agua se había parado. La quietud de las manos, la perla de sudor detenida en el labio, los tendones tensándose bajo su fina piel de papel arroz. El verano se paró bajo las manos de Mario y el corazón de Alicia dejó de latir en aquel instante de años. Tanto silencio, la presión apenas deslizada de las manos. La enorme presencia que intuía como un país entero detrás de ella, como un ejército armado y silencioso. Suplicó en silencio que el momento no acabase. Que aquella incandescencia continuara quemando la casa una hora más. Un día más, una vida. Que la camisa no cediera, que las manos no bajaran, que el Arno resistiera embalsado. Notó la perla de sudor deslizarse cruzando el labio entreabierto. Florencia se licuaba entera desde aquel salón en el Lungarno.

Sonó el timbre de la puerta y él respiró como un vendaval sobre su nuca. Mario giró con brusquedad sobre sus talones y fue a abrir. El mundo entonces metió primera y arrancó ruidosamente.