Publicado en Curso Escritura, Relato

Mi bella durmiente

En el castillo, todo era alegria. No se había visto una niña igual en todo el reino. Desprendia una luz que embriagaba a todos los asistentes y, así, fueron llegando de todos los rincones con sus bendiciones.
Ay, la pobre bruja mala, que estaba en casa comiéndose las uñas ya que, el que fuera el amor de su juventud habia elegido a una reina, digamos más adecuada. Desde luego la niña hubiera salido más resultona siendo suya.

¿Podría colarme en sus aposentos mientras duermen, con una capa de noche, a hacerle recordar lo que en su lecho pasaba de joven? -pensaba la malvada-  Espera un momento… ¡en dormir está la clave! Ahora mismo me pongo el ahumado en los ojos y me lanzo al bautizo multitudinario, que seguro que no piden invitación ¡A esa niña la duermo yo como que me llamo Malefica!

Y allá que se fue, con su esencia de morfeo recien destilada dispuesta a todo. Pero entre tanta hada buena era muy difícil hacer un conjuro en condiciones.

Después de una larga espera en la cola, ya era su turno en la cuna real pero lo único que podía ver eran esos ojos azules que la llevaban por la calle de la amargura. Los mismos ojos que brillaban al verla allí.  Seguro que fue sólo un segundo pero a ella le parecieron horas. Pero tenía un trabjo que hacer. Estaba ya apunto de abrir el bote del sueño cuando su rey se levantó, como impulsado como un resorte, la cogió en brazos y saliendo del castillo gritaba » Maléfica, siempre has sido mi mejor mala compañía»

Y tirando la esencia de morfeo al pueblo, los dejó dormidos para siempre, niña y esposa incluidas, y Maléfica y su Rey vivieron felices y comieron perdices.

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Relato semanal

Viernes, tres de la tarde. Me encanta ese momento de la semana en el que estas apagando el ordenador y tienes todo el fin de semana por delante. – Pues no me va Internet, oigo decir a la pesada del fondo. – Nuria, a estas horas no tengo que estar pendiente del wifi, y dejalo ya, que no vas a heredar la empresa.
El resto de la tarde discurre entre cervezas, risas, tapas, saltos de calidad a los gin tonics, exaltaciones de la amistad y sin poder pronunciar la «r», hasta llegar a la amnesia. Claro que el día siguiente no es mucho peor. El que dijo que la resaca se pasaba con cerveza seguro que era el dueño de Mahou, pero yo siempre he sido muy de placebos y antes de que llegue la hora de la cena ya estoy con el móvil, cual arma de destrucción masiva, marcando el teléfono de mi ex. Creo recordar a alguien gritando «tu no estas pensando en lo que estas haciendo» y esta claro que no lo sabía porque el domingo me levanté en esa cama tan ajena como conocida. Sólo pude comenzar a gritar «Mierda» en mi cabeza cuando se abrió aquella boca que sonreia a mi lado.
– Bueno, y ¿ahora qué? porque esto significará algo ¿no?
– Por favor, Clara, callate un poco, dejame pensar.

Bien chaval, lo suficientemente ambiguo para que te deje trazar un plan de huida. Sí, pero no. Tengo que irme. No te he olvidado, pero no estoy en ese momento. Un polvo mal echado por compasion y un mañana te llamo.

Ya eran más de las doce cuando abro la puerta. ¡Mi casa! ¡Por fin! Técnicamente ya es lunes, pero me llega ahora ese momento tan dominguero de «No me vuelvo a emborrachar » Parece que con la edad todo se va retrasando. El martes aún sigo pensando en Clara o, mejor dicho, intentando atar los cabos que me traen las pequeñas islas de la gran laguna que es aquella noche. Lo único que tengo claro es que no quieri volver a esas discusiones de ventanas abiertas y trastos volando en las que desembocaban el un, dos, tres del amor. Posibles respuestas a la pregunta ¿Qué te pasa, cari? Como por ejemplo, “No sé, tú sabrás”, responda otra vez:
– ¿A MI?? ¿NADAAA?
– ¿En serio no lo sabes?
– Nada, estoy fenomenal, como tu nueva amiguita del Facebook…
Campana y se acabó. Necesito hablarlo con alguien, así que convoco al consejo de sabios el miércoles. Abrazo a mi amigo Giancarlo. Es un abrazo grande y entregado entre dos grandes amigos. Nada, todo postureo. Es el único del grupo de siempre que todavía me aguanta. No es que me caiga bien, pero a nuestra edad ya vamos quedando pocos en el país de nunca jamás. “Vaya mierda de semana que llevas” es su conclusión tras tres horas de conversación. Siempre sospeché que no era muy listo.
De todos modos, razón no le falta. Quizá debería hacer algo con mi vida, tan llena de relaciones sin sentido y de alcohol en vena. Pero hoy es juernes y, en el fondo, ya sé para siempre, que sólo está vacía.

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Relato: un personaje y una obsesión

El personaje:

Él está sentado en el metro y sé que es pintor por las manchitas blancas que encuentro en su cabeza, casi sin pelo resaltan mucho. Es tan grande que ocupa casi dos asientos. Yo diría que es ruso, un pintor ruso. ¿Qué hace jugando a los marcianitos con sus 45 años y sus manos de jugar al baloncesto? No sé si es guapo, porque no levanta la cabeza de los muñequitos, pero su nariz es recta y su piel curtida.

La obsesión:

Los perros

Hace quince años, en el metro de San Petersburgo, volvía del trabajo como  todos los días cuando, de repente, me pregunté qué podía hacer para salir de la rutina. Siempre llegaba a casa y soñaba con los números de las tarjetas y de las cuentas bancarias y al final tenía la cabeza llena de cosas y el cuerpo vacío de cansancio. No dormir en días pasa factura. Si tuviera un perro al menos tendría la obligación de salir todos los días, así que, al día siguiente salí de la perrera con mi cruce de mastín.

Y ahí todo empezó a cambiar. Ya todo el día estaba pensando en Blini el mastín, y en el momento de llegar a casa y verle corriendo hacia mí con su cadera loca.

Ya no había números en mi cabeza, sólo pelos que formaban bolas. Los clientes no hablaban sino ladraban y el director de la sucursal me invitó a irme cuando intenté jugar con uno de ellos a la pelota.

Ahora vivo a las afueras, ya no podía vivir en mi apartamento con mi camada, y me dedico a pintarlos. Ellos me inspiran y cada vez que termino un cuadro lo someto a votación popular entre mi familia. Dependiendo de los «guaus» que obtenga le pongo el precio para venderlos y ganar lo suficente para comprarnos el pienso.