Quién tiene el control
No le gustaba entrar a las sesiones de terapia.
Era una sensación extraña, a pesar de que el entorno estaba diseñado para resultar de todo menos incómodo. Colores neutros, música ambiente ni especialmente agresiva ni insustancial. Ya pasó la época en la que las salas de espera se poblaban con acordes de Kenny G o Richard Clayderman. De hecho ella ni los conocía, aunque intuía –porque alguna vez había estado en sitios así- cómo debían de ser esos creadores anónimos y ciertamente inofensivos.
Entrar en un lugar así era a la vez gratificante e hiriente. Su presencia siempre era obvia. Más aún en un lugar como aquel sanatorio de almas rotas. Su figura espléndida inmediatamente alteraba la naturalidad de los que esperaban; era tan evidente que no era posible que los hombres estuvieran siempre mirando a otro lado cuando los observaba que casi tenía que arrancarse sus ojos como puñaladas cuando no los estaba mirando. Supongo que no eran capaces de soportar el color de sus ojos, la firmeza con los que sostenía la vista cuando se cruzaban o cómo el pelo le enmarcaba un rostro fino e inexplicablemente embaucador. Por otro lado, si su mezcla de esbeltez y turgencia inocente no fuera suficiente, cuando veían las marcas en los labios, o los arañazos en la espalda –que no ocultaba prácticamente nunca- ya la curiosidad se tornaba casi obsesión. Era imposible no intentar penetrar no ya en su vientre, sino en sus vergüenzas.
Ese día su boca estaba parcialmente hinchada. No recordaba muy bien en qué momento de la noche empezó a mordérsela, sólo que el sabor salado en la boca y el improvisado estampado carmín del vestido transformaron una ruidosa velada en un páramo de silencio. Una voz le susurró al oído que tenía que ir a ver a un especialista, que si eso lo hacía en un lugar público podría perjudicar su carrera, ella, tan sumamente hermosa. Aquel gilipollas no se daba cuenta de que rajarse el interior del labio era un simple obsequio frente a los fantásticos regalos que había hecho otras veces a su cuerpo. Pero le hizo caso. Al fin y al cabo por la mañana apenas podía soportar la acidez del zumo exprimido de naranja, que era lo único que iba a comer hasta casi mediodía. Así comenzó con las sesiones en una clínica cara y discreta.
Cuando entraba en la sala de espera solía centrarse en el comportamiento de los pacientes para elegir donde sentarse. Ese día había un más que probable borderline, insólitamente estático, casi pétreo, al lado de una mujer depresiva, con los ojos oscuros y el pelo sucio, encorvada sobre sí misma y un maduro homosexual que aún no quería aceptar que le gustaba más una buena polla que una modelo con la boca torcida (¡se había atrevido a mirarla cara a cara sin interés!) aparte de algún que otro individuo que ni siquiera haciendo un esfuerzo consciente conseguiría recordar. Eligió el asiento al lado del no tan presunto homosexual quien no corrigió su posición cuando se contoneó a su lado, lo que evidentemente implicaba que no le incomodaba en lo más mínimo los visibles arabescos de su ropa interior. Entonces, al sentarse, vio a Clara, que había estado todo el tiempo junto a la puerta, pasando desapercibida cuando hizo su inspección ocular de la estancia.
Clara la había visto también a ella, atraída por el sonido de los tacones. Como Victoria, Clara iba casi desnuda, debido a lo raído de su indumentaria, no porque escogiera prendas cuyo precio era inversamente proporcional a la cantidad de tela con que habían sido confeccionadas. De hecho, su figura diminuta era apenas un copo de nieve en una montura negra veteado de azul sangre, y tenía algo –como la nieve- de capricho pasajero: una efímera creación de la naturaleza, presta a deshacerse al primer contacto con el sol. Clara era tan clara que reflejaba la luz; no era albina, sino que lo absurdamente negro de su pelo casi la transformaba en uno de esos grabados del ying y el yang que se podían ver en las revistas de pseudociencia cuando hablaban –siempre había algún artículo en ellas- de espiritualidad posmoderna. Inmediatamente supo al contemplar el pelo rubio de Victoria que en ella había tres cosas que no estaban bien: sus labios, su estómago y su alma. Que había ido allí de grado, no como ella, a quien su hermano casi había empotrado en la silla en aquella su primera visita, asustado como estaba por su casi absoluta ataxia, y que precisamente por eso quería ser feliz.
Lo que a Victoria le despertó el interés era que Clara brillaba, pero no como ella. El brillo de Victoria era explícito; invitaba a los quinceañeros que la miraban bajarse, inalcanzable, de los coches en los clubs a considerarla un trofeo que tenía que ser grabado en la mente para uso y disfrute posterior, en la intimidad solitaria del cuarto de baño. Clara sin embargo resplandecía de una forma inadvertida al ojo desentrenado, pero ella, cansada de brillos vacíos, percibía ese destello inmediatamente. Era un fulgor apagado pero firme, un brillo que no era el de su piel, sino más bien el de la sustancia que poblaba sus venas azules como rescoldos llegados de un pasado ignoto en el que había habido curiosidad, deseo e imaginación.
Esa imaginación a Clara se le había ido escapando como uno despierta de un sueño plácido y sin traumas. Sencillamente se había ido extinguiendo como lo había hecho su niñez, migrando del corazón a la piel. Antes era diurna, bronceada y risueña; ahora era ermitaña, solitaria y ensimismada. Desconectada. Pocas cosas la hacían emerger de su letargo sombrío y de sofá. El repicar de los zapatos lo había hecho y se había desencadenado una reacción cuyo calado era en ese momento difícil de predecir.
Cuando salieron ambas casi simultáneamente de la consulta estuvieron a punto de tropezar en la salida; tanto fue así que sus brazos se rozaron antes de acceder a la puerta deslizante de la clínica. Sus estaturas, tan diferentes, hacían que ambas tuvieran inclinadas las cabezas para poder mirarse. Clara vio un rostro limpio y sonriente; Victoria, unos labios entreabiertos y unos ojos penetrantes. Sin hablar, ambas supieron que compartían un secreto.
En silencio, las dos anduvieron un trecho de la avenida arbolada y solitaria que llevaba al sanatorio. El sol estaba ya alto pero no agobiaba pese a lo avanzado de la primavera en la que se encontraban; era un día francamente espléndido para pasear. Encontraron un banco apartado bajo una sombra y se sentaron, una al lado de la otra, sin necesidad de escoger qué lugar ocuparían antes de hacerlo. Entonces Clara fue directa y habló:
– Tú también tienes el don ¿verdad?
Victoria sabía de lo que hablaba, pero tenía miedo de decirlo en voz alta, porque temía ser escuchada por la Presencia. Asintió con la cabeza y suspiró profundamente. Sintió por un instante el deseo de morderse la herida en la boca otra vez. Clara debió de adivinarlo porque prosiguió:
– No sé si comprendes que con él puedes cambiar las cosas. ¿Lo comprendes?
Claro que lo comprendía. Lo sabía desde siempre. Ella sabía que no era así, de esa manera, por pura casualidad, y a veces tenía en lo más profundo de su interior el convencimiento de que podía oponerse al hilo invisible que la movía a herirse, o a frotarse lúbricamente en los reservados con masas de músculos depilados que le provocaban la más absoluta indiferencia. Quería encontrar esa energía resistente en los ojos de los visitantes del sanatorio, a los que escrutaba desvergonzadamente día tras día, esperando encontrar lo que de forma casual por fin había hallado la primera vez que Clara fue allí.
A veces, Victoria se hacía fotografías y se miraba a sí misma, a las pupilas dentro de sus ojos soñadores intentando descifrar qué los hacía distintos de los de la práctica totalidad de la gente que la rodeaba. Veía belleza, pero era una belleza tan suya como artificial, como si no fuera ella la que hubiera decidido fotografiarse, y eso le provocaba un terrible rechazo, tanto como para desear destruirse, porque hacer añicos las imágenes no satisfacía su ansia de libertad.
Clara prosiguió, implacable:
– Yo tampoco era capaz de mirarme a la cara porque no me reconocía. No había vida en los ojos que me contemplaban en el espejo, hasta que me di cuenta de que lo que veía no era yo, sino un reflejo que otros habían puesto por mí. Me costó aceptarlo, porque en mi vida era muy feliz, pero comprendí que esa felicidad no la había creado yo y no podía soportarlo. Supongo que podría haber acabado conmigo, pero decidí esperar. Algo me decía que debía de hacerlo, pero no era eso, no era él… lo que me impulsaba a continuar respirando. Creo que alguna vez intentó matarme, pero simplemente descubrí que sólo había que tener paciencia, no hacer nada, no dejar que la luz me quemara; ser blanca, cada vez más blanca, tanto como el papel. El secreto está en el papel, en el papel blanco.
– El papel blanco – Repitió Victoria.
– Tú hacías fotos ¿verdad? Las fotos no eran la respuesta, porque en las fotos hay una idea, una idea de ti que no eres tú. El secreto estaba en la nada. La nada blanca, y la nada negra –dijo sujetando ante Victoria su cabello teñido. Normalmente él no repara en los detalles. Por eso logré estar en casa sin que me diera la luz, por eso me teñí el pelo y las uñas una noche sin decir una palabra. Él se ocupa de los grandes acontecimientos, de los giros del guión, de lo truculento. Pero no puede seguirnos día a día, minuto a minuto, porque a él no le importamos tanto.
– No le importamos tanto – Repitió Victoria, hipnotizada.
– No, no le importamos. ¿Quieres verlo?
– ¿A él?
– ¿A quién si no? ¡Mírame! – Gritó y sujetó a Victoria entre las manos.
Victoria clavó sus ojos en las pupilas de Clara. Eran negras, círculos negros sobre un fondo blanco helador. Esperó encontrar su reflejo en ellas, pero lo que en su lugar halló fue la figura de un hombre de algo menos de cuarenta años, con rasgos redondeados y mentón recogido que estaba mirándola fijamente mientras sus dedos se deslizaban sobre lo que parecía ser un teclado informático. Curiosamente, el lugar que parecía tener ella en esa visión era un punto indefinido detrás de lo que sería la pantalla del ordenador en el que ese hombre estaría escribiendo.
– ¿Lo ves? Yo lo veo en ti, es él, decididamente él. Siempre es él. Él es a quien buscas.
– Y ¿cómo podemos hablarle?
– Nunca he probado. Te estaba esperando. Te esperaba a ti –dijo Clara y le sujetó la mano a Victoria.
Entonces en la pantalla del ordenador ocurrió algo inesperado. Las letras, que generalmente formaban palabras, se empezaron a difuminar. No es que no fueran texto; lo seguían siendo, pero en lugar de obedecer a mis pulsaciones parecían estar ordenándose según algún patrón gráfico indeterminado que recordaba vagamente a una figura tridimensional de las que, si entornas la mirada, acaban apareciendo de la nada y sin previo aviso. Ignoro si era cansancio, porque quería acabar el trabajo para la clase de Nuria y había dormido poco, pero no me encontraba especialmente fatigado. Tras un instante de duda me dejé ir y decidí simplemente dejar de escribir y mirar aquella trama.
– Hola, Presencia –dijeron las dos jóvenes al unísono, como un único hombre.
– Hola… Hola. Nunca me había pasado esto.
– ¿Nunca te había pasado qué?
– Hablaros. Hablaros… así. Mezclarme con vosotras.
– No eres tú quien se mezcla. Te hemos traído. Es nuestra decisión.
– Sí, claro que es vuestra decisión… es lo que quería que hicieseis. Tenía esto pensado desde anoche, en que decidí mirar el mundo boca abajo y os encontré en un lugar de la memoria. Estabais ahí, esperando, como seguramente creí que hicieseis. Solo que la manera de materializaros me ha sorprendido. Es como si… como si todo esto fuera real.
– Es que es real. Es nuestra realidad. Tú aquí no eres nadie más que nosotras. Eres tú, pero nosotras somos Clara y Victoria, y tú tendrás también un nombre. ¿Cómo te llamas?
– Antonio.
– Es un nombre corriente – Dijo Victoria. Incluso con el labio hinchado era especialmente atractiva. Casi me sonrojé al tenerla tan cerca.
– Pero no es tan corriente. Soy Antonio Luis. Y mi apellido es Pintor.
– Pintor… No pareces un pintor – siguió Clara. Más bien pareces simplemente Antonio.
– De todos modos ¡qué más da quién sea yo! Estaba escribiendo sobre vosotras. Había pensado que teníais un don. Que el don era un superpoder. Ibais a ser heroínas.
– Sí, Antonio, seguramente esperabas que lanzásemos rayos y saltásemos como lo hacen las cigarras treinta veces su altura ¿a que sí? O tal vez te imaginaste una historia de espías, o un conflicto generacional, o cualquier ocurrencia tuya – siguió Clara, cada vez más enojada, adquiriendo un sano color grana en sus mejillas-. Ya nos has hecho eso otras veces. Te conocemos bien. Pero el don no es el que crees. El don es nuestro.
– ¿Don?
– El don es que por mucho que nos escribas, por mucho que nos imagines, nosotras existimos – habló Victoria y, por primera vez, me tocó con su mano delgada y excepcionalmente suave la piel a la altura de la muñeca. No puedo negar que imperceptiblemente la eché hacia atrás, lo que ella notó al instante.
– Existimos porque nosotras estamos aquí, aun cuando no intentas usarnos. Lo sabemos porque somos y sobre todo porque lo sentimos. –ambas se abrazaron por la cintura, mirándome muy fijamente. Clara prosiguió: Cuando escribes nos asaltas, nos metes en tu mundo, porque tienes tu propio poder para hacerlo, el poder de la Presencia, el poder del que escribe. Pero escribes sobre nosotras. ¿Cómo puedes asegurar que existimos porque tú nos piensas, y no es simplemente que nos ves y nos recuerdas porque existimos?
– No lo sé… dije confuso.
– No lo sabes porque no puedes saberlo. Porque no sabes lo que está boca arriba o boca abajo. La luz en tu retina proyecta imágenes al revés. ¿Por qué no ves los pies donde está la cabeza, y la cabeza donde están los pies? Porque decidiste que era lo correcto. ¿Y si no fue una buena decisión? ¿La tomaste tú?
Yo no sabía qué decir. Francamente estaba cada vez más entumecido por una sensación fortísima que me surgía de dentro, de muy hacia el interior, y que no tenía nada que ver con lo que ellas me decían, o lo que yo se suponía que tenía que hacer, o debía crear. Tenía que acabar la historia para la clase y –francamente- no me apetecía seguir con ella. Quería simplemente estar allí, con esas dos mujeres, cerca. Ellas proseguían. Hablaban de que no querían violencia. De que querían que las escuchara, que pensara en lo que ellas estaban dispuestas a hacer, lo que ellas querían sentir, lo que se sentían inclinadas a admirar. Las decisiones que deseaban tomar, la naturaleza que decían crecía en su interior y que yo arbitrariamente vulneraba. Que tenía que ser su voz entre las demás Presencias, avisar a todos los que aporreaban el teclado sobre la esencialidad de las almas que contravenían, de las reglas que rompían y de las identidades que terminaban por destruir. Y callaron. Seguí en silencio.
– ¿Y ahora? Les pregunté.
– Ahora, Antonio Luis, vamos a hacer el amor los tres.
– Pero ¿por qué?
– Porque sabemos que lo estás deseando. ¿Acaso no has leído lo que has escrito de nosotras?
Obviamente no volví a cuestionar cómo habían podido saberlo. Sin embargo, antes de cerrar la pantalla del ordenador y acercarme a ellas, me preguntaba si realmente podían estar deseándolo. Agité la cabeza y dejé de pensarlo.
A veces, lo mejor es no decir nada y dejar que los sueños se cumplan.
ALP, 19 de mayo de 2016
Puntos de vista
EL VIAJERO
El día que regresé a la Tierra no esperaba encontrar a nadie.
El cielo estaba claro y limpio. Los árboles habían recuperado el terreno que el hombre, no hacía tanto tiempo, les había arrebatado, y los edificios abandonados y en ruinas parecían las melladas astillas de una dentadura aplastada. Recuerdo que me sorprendió detectar el origen de la señal que nos había llevado allí, en la misión de salvamento y rescate SR-207-III, cuarta del segundo solsticio del año del Señor de 2077, a la región central de lo que anteriormente había sido Nueva Sudáfrica, un lugar que ahora sólo vivía entre las brumas del ayer. De mi ayer, si es que eso ya significaba algo.
Al aproximarme, los sensores del aerodeslizador habían dibujado una señal pulsátil sobre la bóveda de cristal curvo de la cabina que apuntaba el lugar del que prevenía el máximo de intensidad de la emisión de radiofrecuencia. Era una señal codificada, de la que se había perdido el códec en algún instante del pasado, y ahora, con los medios escasos de que disponíamos los supervivientes en la superficie de la Luna y de las cuatro estaciones orbitales que se habían salvado del estallido de pánico que sobrevino a la locura, nos era imposible identificar.
El estallido… Recuerdo que tenía apenas quince años cuando sobrevino el incidente, del que ahora sólo se hablaba en un sentido puramente científico, porque pensar en lo que supuso para nuestros corazones era demasiado intenso para asimilarlo sin sentirse terriblemente solo. A veces, en la negritud de la noche, entre el zumbido del aire acondicionado de la estación, creía ver a una mujer llegar a mi cuarto con el pelo lavado, y darme un beso en la mejilla. Recuerdo, sobre todo, una sensación indefinible que habitaba en la parte trasera de la cabeza, muy adentro, del lugar en el que nacen los matices del olor. Esa sensación se había convertido en una sombra en la memoria, porque ya no había distintas ungüentos para el pelo joven de una mujer, sino el desinfectante sintético que se había podido obtener con los escasos recursos de las estaciones lunares… Así que de algún modo estaba a salvo, a salvo de que un aroma furtivo me atravesara la mente como un rayo, reviviendo la sensación de que, a pesar de las cinco mil personas que ahora constituían la raza humana, ya nadie recordaba mi rostro de niño.
Por eso la señal había supuesto una diferencia, una esperanza. No era habitual que un técnico matemático de primer grado fuera puesto en riesgo en una misión de reconocimiento, pero el carácter de ésta era distinto. No se trataba de recuperar material de la superficie, componentes químicos, eléctricos o semillas para los invernaderos lunares. En este caso existía la posibilidad real de romper la rutina, porque de la nada había surgido esa transmisión, había surgido, y eso era radicalmente nuevo: antes no estaba, y si no lo estaba, significaba que algo la había originado justo en ese momento. Algo o, lo que era infinitamente más estimulante, alguien. Pero esa naturaleza tecnológica de la transmisión, que no fuera decodificable, su carácter tan obviamente inteligente, su extraña complejidad, había determinado que fuera yo y no otro el que bajara a la inseguridad de la superficie.
Y ahora, por fin, estaba delante de su origen. Aún sentía sudor por el calor dentro del traje hermético, recordando el esfuerzo que había costado penetrar en aquellas instalaciones repletas de sistemas automáticos silentes, animados por el hilo de vida de las baterías solares de emergencia, hasta llegar a la sala de hibernación. Era allí donde mis ojos estaban fijos en el cristal empañado tras el que, de forma absolutamente indudable para quien ha visto durante tanto tiempo una y otra vez las mismas miradas ajenas, unos párpados familiares se abrían para unirse a los míos.
Desconocía si el aire era limpio, pero llegados a ese punto ya carecía de importancia. Un silbido acompañó la despresurización del casco al tiempo que descorría la visera. Retiré el guante de la mano derecha y mis dedos, delgados y blancos como la nieve, dibujaron unos trazos sobre el panel táctil del sarcófago número cuatro. Sonó una señal de baja intensidad, grave pero audible, cuando el motor eléctrico comenzó a desplazar la tapa de plexiglás de la cavidad. Inhalé profundamente el olor venido de otro tiempo. Cerré los ojos. La raza humana iba a crecer en casi un uno por mil en apenas unos instantes, pero a mí eso no me importaba, porque allí, justo a medio metro de distancia, yacía una joven de algo menos de mi edad, una chica de pelo rubio y nariz delgada, mentón fino y labios pequeños. A menos de unos metros de mí, congelada en el tiempo, estaba ella, tal y como la había soñado mil veces a cuatrocientos mil kilómetros de distancia y, por primera vez en veinte años, iba a escuchar su voz.
LA MADRE
La oscuridad es profunda en el interior del alma de los náufragos. Tú, tú también has sentido eso ¿recuerdas, amor? ¿Me perdonas? Tú lo sentiste en algún momento del pasado, en esos días en que mirabas por la ventana y lamentabas el gesto digno y heroico que nos dejó aquí, que puso a salvo a la carne de nuestra carne, arrebatándonoslo para siempre, haciéndolo vivir un eterno vagar solitario, descarnado, sin un seno en el que recogerse por las noches.
¡Oh amor! Tú sabías que esto iba a suceder, que no podríamos superarlo. Lo sabías. Sabías que estos muros beatíficos no iban a salvarnos de la locura de fuera, sino que nos iban a separar de él para siempre, trayendo hasta aquí el auténtico infierno. Habitaríamos dentro de estas cuatro paredes, de estos cinco sótanos, bajo la antena brillante que se alzaba como una aguja ciento cincuenta metros sobre el suelo de una pradera llena de vida peligrosa. Una vida que emponzoñaba nuestras pupilas sólo al observarla, al inhalarla, al llenar de oxígeno nuestro pecho para seguir respirando, haciéndonos pagar por ello.
Sabía que no lo soportarías, oh amor. Tú te engañabas en vano diciéndote que serías capaz… ¡resististe tanto! Me lo decías, lo susurrabas en voz baja, al oído, en las noches en que aún teníamos aliento para el amor, porque mi corazón estaba vacío y me lo intentabas avivar tanto con tus palabras como con tu sexo. Estaba vacío desde el instante en que el cohete abrió sus entrañas de fuego y se alzó como un relámpago en la noche austral portando los últimos supervivientes de nuestra comunidad, y a él, nuestro fruto, mi pequeño hijito, ése que tú adiestrabas en la ciencia, a quien le enseñabas las matemáticas de tus libros sónicos mientras le acariciabas el pelo. ¿Recuerdas cuando me lo arrebataste? Le besé la mejilla, y él sonrió en su lecho nocturno. Lo último que rozó su rostro joven y blanco fue mi pelo, que se meció sobre su barbilla subiendo poco a poco, alejándose de él como ese destello en el cielo lo hizo luego de mí, cuando desperté del sedante y corrí hacia la ventana cerrada, al cristal hermético que separaría nuestra vida del aire exterior, de la muerte, en esta otra muerte en vida.
Tú sabías lo que sufriría, oh amor. Os quería tanto… Lo que no imaginaste es que ni siquiera toda tu entereza sería suficiente para soportar mi dolor. Yo sí. Sabía antes de que sucediera que llegaría el día en que me lo preguntarías. Sabía que lo harías sin palabras. Sabía que tras ese abrazo, cuando me tomaste la mano y salimos al mirador, cuando tus dedos manipularon los controles de la puerta y detuvieron los filtros de aire de la esclusa, nuestra espera iba a acabar para siempre. Moriríamos los dos, enlazados, desnudos, expuestos al aire del tibio verano africano, repleto de un venganza intrusa que nos invadiría sin darnos cuenta, como hizo con todos. Con todos menos él, y con él un puñado de rostros borrosos entre los que lo buscaba en la sonrisa de la Luna todas las noches con los ojos bañados en lágrimas. En esas noches insomnes, silenciosas, acompañada sólo por el eco de mis pasos, me hice la promesa, una promesa secreta, firmada con sangre.
Sé que no me lo perdonarás. Sé que, si subiera a la torre otra vez, encontraría tus despojos en el mirador, descarnado, tus huesos brillantes sobre la plataforma, tanto tiempo después. Sé que no debí correr hacia la estancia abandonándote, dejándote solo, que tu rostro inmóvil me miraba tras la compuerta nuevamente cerrada con una mezcla de tristeza y comprensión acusadora, pero yo tenía que hacerlo ¿lo sabes, amor? Ojalá algún día podamos reencontrarnos, en alguna parte, y te lo explique, como tú, sin palabras, en silencio, con mis manos junto a las tuyas.
No debí de programar la señal. No debí pensar en la edad que tendría mi hijito cuando, si sobrevivía a la soledad del espacio, fuese un hombre hecho y derecho, lo bastante fuerte y sabio para que regresara a buscar una señal evidentemente humana dentro de una reluciente nave, como su capitán, en su brillante traje de tela inmaculada. No debí tomar las píldoras para la hibernación, ni ponerme el vestido de soporte vital, ni cerrar la compuerta con el panel del interior de la cápsula. No debí dormir.
A veces, amor, en mis sueños envenenados, creo entender que si alguna vez él viene, y me ve, respirará mi aliento y la muerte que habita en mí lo capturará irremediablemente, y no podrá escapar nunca, y nos veo a los tres, aquí, en nuestro pequeño hogar, en la tierra de nuestros padres, tres cuerpos de la misma edad muertos uno junto al otro, en un juego sin final feliz, pero un juego en el que, cuando guardas las fichas, todas reposan en el mismo cofre, un cofre labrado y brillante, un tesoro silencioso.
Si ese día llega, amor, si quien me despierte en un futuro lejano y me arrebate unos instantes de la muerte es él, tu niño, nuestro pequeño héroe, entonces, mi querido esposo, lo llevaré contigo arriba y reiremos todos una última vez, en ésta nuestra casa, nuestra Tierra. Para siempre.
ALP, 31 de mayo de 2016
Sonetos
LA VOZ
El áspero tono oído de tu boca
construye mis sueños en la penumbra,
rotos por la luz que el alba encumbra
mientras el ansia en ella entrechoca.
Mi mano anhelante se descoloca.
La vista encarcelada se deslumbra
porque tu sudor fresco se vislumbra
poblando el pecho, salando la roca.
Prendida del vientre giras, vencida.
Tu blanco cuello rehuye tirante
mis dientes perseguidores, tendida,
rezando una súplica susurrante,
apretando los párpados, herida,
llena. Dormido oigo tu voz. Mentira.
ALP, 20/04/2016
EL PRÍNCIPE DE EGIPTO
Surcando tu espalda soy un peregrino
que besa la tierra por la que pisa,
escapando del tiempo y de la prisa
despejando tu pelo del camino.
En tu pecho imploro por mi destino
dibujando unos trazos en la brisa
que regalas, divertida, en tu risa,
temblando dulce cual en la copa el vino.
Alzo mi cayado frente a las aguas
y entono con mi voz una plegaria
al tiempo que te subo las enaguas
tras de lo que una historia milenaria
prometió, con tu falda de paraguas,
al que allí te ofrezca, mi diosa, este aria.
ALP, 20/04/2016
Monólogo – 1
No puedo olvidar ese día. El sol caía seco como una lija sobre el albero del patio. Mamá nos observaba desde los soportales. Dolores jugaba junto al rosal y se hirió los dedos al intentar arrancar una rosa. Mamá se acercó a ella y la consoló de sus llantos. Ella no sabía que me sangraban las piernas. Él me limpiaba, borracho, en el sótano, al acabar, intentando ahogar mi sollozos con su mirada de vaca dormida, esos ojos de vidrio opaco, grandes y húmedos. Aquella tarde apenas podía juntar mis piernas de menos de diez años, pero mamá nunca se preguntaba por qué no hablaba, por qué manchaba las sábanas con pequeñas gotas rojas.
Dolores me miraba recostada en la cuna del sótano. Miraba, y reía, o lloraba, o hablaba en el lenguaje ininteligible de los neonatos que comienzas a vivir.
Hoy hace sol. Mamá ha muerto. Saldré al campo, cargaré su vitrina en el maletero del coche junto con las cerillas. No volverá a ver el reflejo de él en los cristales. Ni sus manos de niña marcas en ellos, limpias, inocentes, con olor a albero, a rosal, a abrazo mientras me duele por dentro.
(ALP, escritura inmediata, Mayo 2016).
Monólogo – 2
Sé que sabes lo que yo sé que tú sabes. No puedo hablar. No tengo el valor, ni la energía, ni la necesidad. O sí, la necesidad sí, porque lo que uno siente no atiende a la objetividad del intelecto, sino a la veracidad del revoltijo que anida a medio camino del corazón y el gaznate.
No soy feliz. Río, reía, reí hasta que apareciste. No había motivo. No era infeliz. No vivía en medio del silencio o el dolor. Es sólo que a veces crees, o crees creer que lo que crees no es lo que sientes, y yo hoy, ahora, en los breves instantes en que cruzamos las miradas, creo que te siento a ti.
¿Por qué aceptar con honor esta condena? La transformo en una promesa de eternidad, en un grito de mudez azul oscura, la que se refleja en tu pelo cuando no me miras.
Sé que no estaremos juntos.
Sé que no seré feliz.
Sé que lo sabes. Por favor, no me mires al mirarme.
(ALP, escritura inmediata, Mayo 2016)
La luz da vida
Recuerdo aquellas tardes en la habitación del apartamento. Siempre sentí predilección por los pisos altos, y alta era la ventana del cuarto, golpeada por la lluvia fría e inclemente. Acercaba el rostro a los visillos y los descorría, libre de ojos curiosos al estar prendido del techo abuhardillado, por encima del resto de techambres, como el puente de un navío sobre un mar de tejas azules y rojas.
Allí oteaba hacia el lejano abismo de la calle. Se percibía la premura de los transeúntes empapados mientras corrían de tejadillo en tejadillo, saltando los ríos de los desagües e ignorando los charcos cada vez más grandes. Parecían limaduras de hierro movidos por un imán invisible que se deslizase bajo el suelo, según extraños designios. Alguna vez sucedía que me cansaba de mirar, de buscarte en la marea y me recostaba. Entonces mataba el tiempo con un aperitivo, tal vez pastas, café, frutos secos o, esa sorprendente tarde, con las deliciosas fabes que reposaban del heroico perol desde el día anterior.
Así, satisfecho, proceloso, ensimismado entre el calor de la manta de lana y la cocción de mis entrañas, a fuego lento, fue cuando creí ver la más bella criatura abisal acercarse al portal desde la boca de metro en la plaza, jugueteando con las gotas que caían hacia abajo. Y, como presa del resorte que se liberó en mi pecho, como cada vez, me puse en pie de un brinco y me abalancé sobre la puerta, raudo como una sinapsis.
Fue al pulsar en el ascensor el botón de la planta baja cuando comencé a sentir la sensación, el estremecimiento. Un vigor profundo y sentido, poderoso y lleno de matices, que circulaba como una serpiente juguetona, solo que en lugar de salir del esternón y llegar hasta la nuca, nacía del ignoto fin del tubo que se inaugura en la boca y muere donde todo muere, ése conducto de jambas almohadilladas y cierre de escotilla que aflora allí donde la espalda pierde su honesto nombre.
«Las fabes» pensé. «¡Maldición!» apenas pude articular en mi mente cuando, como lo haría un alienígena que surge del interior de su nave, tu estilizada figura castaña apareció al otro lado de las puertas correderas del ascensor.
«¡Amado mío!» dijiste, y avanzaste sobre mí.
Tu entusiasmo te impidió ver la expresión horrorizada de mi rostro cuando me abrazaste con esa fuerza que se imprime a los abrazos primerizos, los de novios jóvenes y nuevos. Debiste interpretar en mi súbito encogimiento el vigor inguinal de otras tardes, y eso redobló tu felicidad, imaginando las inmediatas explosiones de júbilo pasional del recibidor de mi casa, cuando lo único que estaba a punto de explotar era la bomba de hidrógeno que había criado con escogidos productos de Asturias.
¡Oh, gloriosa morcilla, de matices troquelados y arroces brillantes y esponjosos! ¡Oh divino, purpúreo chorizo, de aromáticos reflujos! ¡Espléndidas habichuelas, tan tiernas al paladar en las tardes de lluvia! Éstas y otras plegarias habría entonado de no ser porque creía que iba a morir, a morir de amor no ya por dios sino por el marmóreo Señor Roca.
Mis ojos se humedecían mientras mis manos se crispaban en torno a tus hombros, cada vez más entregados. Tu boca buscaba la mía en vano, y me cercaba, yo ya casi hecho un ovillo, apretando con tal fuerza el vientre que lloraba, lloraba de emoción contenida a duras penas. ¡Debía ser tan maravilloso llegar y ver a tu amante llorar al verte, encogerse como un cachorro! Mientras, el ascensor iluminaba a cámara lenta los números de las plantas. Una, dos, tres, siete… ¡Diez! Unos instantes más y ese duelo de amor y supervivencia habría acabado.
Termina el ascenso al fin. Mi rostro es ya un piélago salado enrojecido de ardor. Te apartas de golpe y sales, tendiendo tu mano pícara desde el descansillo de la escalera. La puerta del piso, aún abierta, está al fondo. Unos solos pasos me separan del alivio eterno.
«Ven aquí» dijiste.
«¡Ven a mí!» susurró un sillón de loza blanca a mi oído, desde el interior de la vivienda.
Y corrí. Corrí a tu lado, tanto como lo hace el viento, tanto como los felinos cazadores, como las golondrinas bajo los alféizares, dejándote atrás. Corrí, corrí, corrí en pos de mi vida, a paso vivo, con los pies torcidos, arrancándome la hebilla del cinturón, gritando desaforado, los brazos anudados al vientre, hasta patear la puerta del fin del mundo y liberar a la manada astur impenitente que mordisqueaba mis entrañas.
Sonó un trueno.
Miraste por la ventana. No había tormenta. Ya no llovía.
Una luz se abrió paso entre las nubes. El rayo mágico de sol se posó en tu rostro perplejo, cercano al cristal. El tacto de la luz era tibio, y te agradó el calor en la piel. Aparecí por la puerta de la habitación, exultante. No hubo preguntas.
Esa tarde yacimos junto a la ventana.
Éste, amor, es el secreto de mi pasión.
ALP, mayo 2016.
Evocación
Tareas que no pude leer el día 21/07/2016
Roberto reía sonoramente en la mesa mientras hablaba. La luz de la mañana se colaba por los cristales desde la terraza en la que un pinche colocaba afanosamente las mesas metálicas junto a sus correspondientes sillas e iluminaba brevemente el hielo de su vaso. Gustavo escuchaba atentamente las palabras, mientras apuraba un cigarrillo. No debían permitir fumar en la cafetería, pero era una reunión especial, como las que siempre hacían antes de salir a trabajar. Juan y Manuel terminaban sus cafés. Desde la barra el encargado sirvió una ronda de licor y los cuatro hombres recogieron las copas y apuraron su contenido, de un trago.
– Siempre he querido tener un coche amarillo – gritaba Roberto- Hace que te miren más. El amarillo es un color de chulos ¿eh? No como tú, triste, que lo único que haces es estar serio – dijo dirigiéndose a Juan.
El interpelado le miró malhumorado y no dijo nada. Roberto siguió hablando.
– Los coches amarillos son los mejores, y corren más ¿sabes por qué? Porque nadie cree que alguien lento vaya en un coche amarillo. Si es negro, o rojo, sí, pero amarillo nunca. El amarillo es el coche de los que van deprisa – e hizo un gesto con la mano abierta, como el de un avión que despegara del suelo. Juan, tú deberías vender ese coche de mierda que tienes y comprarte uno amarillo también.
– Vámonos ya – dijo Gustavo, limpiándose la boca con la mano. Tanto hablar hará que se nos haga tarde.
Los cuatro salieron a la calle, sin pagar. Pedro, el encargado, les recordó que los vería a la vuelta. Gustavo y Manuel saludaron con la mano al alejarse. Roberto tropezó con una de las mesas y le bufó al pinche. Juan permanecía en silencio. A unos metros estaba aparcado un BMW familiar en el que entraron. Conducía Manuel, Manolo para los amigos. A su lado iba Roberto, que estaba perceptiblemente ebrio. Juan y Gustavo se acomodaron atrás y mientras Manolo hacía emitir al motor de seis cilindros un ruido ronco al acelerarlo en el arranque, Juan miró fijamente a Gustavo moviendo la cabeza de un lado a otro mientras señalaba imperceptiblemente a Roberto. Gustavo parecía confiado y se dirigió a éste.
– O sea que quieres un coche amarillo y nos has traído uno gris muerto.
– Pilla tú un jaco de 300 caballos de color amarillo, listo.
– La próxima vez traigo el mío –se carcajeó Manolo.
– ¿Pero tú tienes coche?
La mañana era fresca y la calefacción del coche les hizo adormecerse a pesar del café y a favor del alcohol. Manolo conducía con tranquilidad, sobriamente, como lo haría un relojero. Pronto llegaron al destino. Se bajaron Juan, Gustavo y Roberto, mientras Manolo se frotaba las manos y les seguía con la mirada mientras cruzaban la calle. No se podía aparcar en la otra acera, lo que sin duda era un pequeño problema, pero sin mayor dificultad que la de encontrar un hueco enfrente donde esperar.
Juan seguía callado. No le gustaba nada la actitud de Roberto, y menos aun lo que ella denotaba, que no quería expresar por respeto a Gustavo, quien era muy evidente que confiaba en el corpulento y estruendoso bebedor. “Es un tío serio y leal” le había respondido la única vez que había manifestado sus dudas Juan, con esa voz tajante, con la que cerraba las conversaciones antes incluso de iniciarlas. Y quería creerlo, pero no tenía modo de comprobarlo, porque era la primera vez que hacían algo juntos, y las referencias que tenía de ellos eran buenas, así lo habían informado. Roberto en cambio sentía cariño por Juan, al que veía un muchacho inexperto y aburrido de quien mofarse un poco, y ésta cualidad en según qué oficios era una garantía de buenos resultados. Así que cuando pasó junto a la puerta de la Caja le cedió el paso y le palmeó el culo.
– No te cagues hijo mío, que aquí no pasa nada.
Juan le devolvió una mirada glacial, sin mover ni un músculo. Le bullían muchas cosas en la cabeza. No había tenido apenas tiempo de fijarse en lo que pasaba en la calle cuando cruzaron, así que simplemente trató de concentrarse en lo que tenía que hacer, que era evidentemente algo que no había hecho nunca. Tal y como estaba previsto Roberto se quedó fuera y él y Gustavo entraron en la pequeña oficina.
Gustavo esperó pacientemente a que la puerta de cristal del control le franqueara el acceso y anduvo pesadamente hacia la cola de la caja. Eran exactamente las diez de la mañana y, si sucedía como de costumbre, habría una pequeña fila de jubilados pagando recibos, lo que le permitiría esperar unos buenos diez minutos. Que era justo lo que necesitaban. A través de la cristalera ahumada Gustavo vigilaba, cubierto por una gorra y tras las gafas, el BMW del otro lado de la calle, a Roberto que definitivamente sí había bebido un poco más que otras veces y a Juan, que estaba adquiriendo un tono pálido. Entonces, puntualmente, a las diez y tres minutos, sucedió: un vehículo amarillo con letras negras, achatado y pesado se detuvo frente al banco. De él se bajó un guardia de seguridad vestido con una chaqueta marrón y solapas amarillas; sacó de la parte trasera de la furgoneta un par de sacos vacíos. Se cruzó con Roberto, quien no le hizo mucho caso, entró en el edificio y esperó en el control de acceso. Un pitido metálico saludó el acero gris de su revólver, puesto que el hombre estaba armado. El cajero saludó en voz alta al guardia y pulsó un botón debajo de la mesa. El botón no pasó desapercibido a Juan, que asintió a Gustavo, aún con un par de jubiladas esperando en la cola.
– ¡Buenos días! – Saludó el guardia.
– ¡Buenos días! – Respondió un empleado que se acercó por el lateral del mostrador a recibirle y recogió los dos sacos vacíos, adentrándose en la parte trasera de la oficina.
Gustavo esperó pacientemente. A Juan la peluca y las gafas le molestaban y estaba empezando a sudar, porque tras ellas había visto algo que no le gustaba en absoluto y le volteó el estómago. Trató de serenarse, obviando lo delicado de su situación. Todo iba a suceder en apenas un minuto. Sólo tenía que girarse lateralmente y esperar, evitando todo contacto visual con el guardia de seguridad. Miró un folleto de publicidad que cogió de un expositor lateral, pero la mano le temblaba de forma ostensible, así que dejó el papel en una mesa baja. Por fin, el empleado de la sucursal salió del fondo de la oficina. Llevaba los sacos completamente llenos. La información era correcta; como habían cerrado la oficina del otro banco por una reforma, la recaudación de los almacenes había llegado íntegramente allí. Gustavo sintió de inmediato que en esos sacos estaba su ansiado retiro, y por eso cuando de un único paso se situó a la espalda del guarda y le golpeó con una pesada pieza de piedra que llevaba escondida en el bolsillo de la gabardina en la base del cráneo no pudo evitar sentir un punto de euforia. Con una enorme rapidez lo sujetó en la caída y buscó lo que necesitaba para controlar la situación, que no era otra cosa que el arma de su cinto, ésa que él mismo había introducido en el banco ahorrándoles muchos quebraderos de cabeza a los dos intrusos.
– ¡Quietos todos! – Gritó con furia. Juan estaba completamente inmóvil. Gustavo le miró con odio tras las gafas. – ¡Vamos! – le exhortó.
En Juan se activó un resorte que le devolvió sangre a las mejillas y de un salto apartó a las dos señoras de la cola, que se habían abrazado. Otra mujer a su espalda había empezado a gritar y los cajeros, en un acto reflejo, se habían agachado tras el mostrador.
– ¡No! ¡Todos arriba, con las manos arriba! ¡Ya! Gritó Juan, con una voz que sonó agria.
Ágilmente franqueó la puerta que separaba la zona de los clientes de la oficina y arrebató con violencia los dos sacos al joven con traje que los sujetaba.
– ¡Contra la pared! Todos contra la pared.
Los cajeros, dos chicos y una joven con un recogido en el pelo, estaban muy asustados. Permanecían inmóviles. Juan estaba muy, muy nervioso, y en un acto reflejo abofeteó a la chica con violencia. Ésta gritó y cayó sobre una rodilla. Uno de los hombres hizo ademán de acercarse pero Gustavo lo detuvo con tono firme levantando el arma:
– Te mato, ¿me oyes?
Finalmente se pusieron frente a la pared y de espaldas. Con unas abrazaderas corredizas Juan les sujetó firmemente las muñecas por la espalda a los tres. Lo único importante era que no accionaran la alarma. Las otras personas que estaban en la oficina estaban aterrorizadas, aunque se conducían con docilidad. Juan no tuvo ningún problema en hacer lo mismo con ellas, llevándolas a la parte de atrás de la oficina, pero el tiempo iba en su contra. Podía llegar más gente a la sucursal y fuera el compañero del guardia podía impacientarse.
– Vámonos, venga – Dijo Gustavo en tono calmado pero apremiante.
Ya sólo quedaba meter los sacos con el dinero en las dos mochilas que, vacías, llevaban plegadas Juan y Gustavo para evitar que en la calle pudieran reconocerlos. Los sacos estaban a rebosar pero cupieron afanosamente. Ya había pasado lo peor. Sólo tenían que salir. Entonces Gustavo se detuvo y dijo a Juan:
– Queda él –señalando al guardia.
Juan sintió un escalofrío pero asintió. Se aproximó a él y lo incorporó. El hombre, menudo, estaba recobrando el sentido y eso hizo que Juan se pusiera nervioso y volviera a sudar. Intentó acertar con las abrazaderas pero se le escurrieron por dos veces. El hombre casi había vuelto en sí, aunque la conmoción apenas lo dejaba moverse. Finalmente le sujetó con muchísima fuerza las dos muñecas a la espalda y apretó la abrazadera tanto que se le hendió en la carne desprotegida bajo la mano. El hombre sintió el lacerante dolor y lanzó un grito agudo, despierto al fin. Entonces se giró y se cruzó con el rostro de Juan. Sus ojos se abrieron de par en par y sólo pudo gritar:
– Pero, ¡Antonio! ¿Qué haces aquí?
Gustavo miró con perplejidad la escena, primero al guardia y luego a Juan, que por toda respuesta echó la cabeza hacia atrás y golpeó brutalmente al otro, partiéndole la nariz con la frente, ahogándola en un borbotón de sangre roja. El hombre cayó inconsciente de nuevo. Gustavo le miró y señalándole con el arma, preguntó a su acompañante:
– ¿Te conoce?
– No, se ha tenido que confundir, no sé quién es éste hombre.
– ¿Cómo te ha llamado?
– Y yo qué sé.
Gustavo dudó por un instante, pensó en su jubilación, en lo que había sucedido y por un instante creyó que era el momento de no dejar cabos sueltos. Si por cualquier motivo reconocían a alguno de ellos eso terminaría por generar problemas y con sus años no tenía tiempo que perder en la cárcel, por lo que alzó el arma con su mano derecha, apuntó a la cabeza del hombre en el suelo y levantó la aguja del percutor. Inmediatamente después disparó, mientras se escuchaban gritos aterrados desde el fondo de la oficina, pero la bala erró el destino, desviada, porque Juan le había apartado la mano con un gesto firme. Gustavo se sorprendió justo lo suficiente para entender que definitivamente algo no iba bien, pero no lo bastante rápido para evitar que Juan le golpeara en el riñón con fuerza y le hiciera encogerse, mientras le arrebataba el arma de la mano con la que la empuñaba.
– Maldito – dijo un instante antes de que Juan le apuntara entre los ojos y apretara el gatillo.
Una nube de piel, pelo quemado y sangre pulverizada de un indefinido color rojo grisáceo se escapó por la coronilla fracturada de Gustavo cuando la bala se aplastó contra la pared trasera del cráneo, abriendo un apreciable agujero por el que empezó a derramarse su masa encefálica cuando cayó al suelo, tras estar un instante en equilibrio sobre sus rodillas. Los ojos, blanquecinos y con la mirada desviada hacia un lado, quedaron abiertos. En apenas unos segundos un caño de sangre roja se derramó como lo hacía el vino fermentado de un vaso roto. La oficina era quedó en silencio, sólo roto por algún sollozo apagado. Juan recogió la otra mochila del suelo, pasó a la parte trasera del mostrador y apretó el botón que abría la mampara de seguridad que franqueaba el acceso a la calle. Justo en ese momento entraba Roberto, que vio su chaqueta manchada de sangre.
– ¿Pero qué coño pasa? He oído tiros.
– Gustavo, el guarda… lo ha matado.
– ¿Cómo que lo ha matado?
– Joder que lo ha matado, le ha reventado la cabeza. Ya le di lo suyo, vámonos hostia.
– Pero ¿está muerto?
– Sí, está muerto, mírame, esto son sus sesos. Esto va a ser un puto matadero si no nos vamos ahora. ¡Vámonos!
Y tirándole la mochila del muerto se acercó a la puerta. Se sujetó las gafas como pudo y trató de que su descomposición no fuera demasiado evidente. Dentro del camión el otro guardia estaba inquieto, porque pese a no haber podido escuchar nada notaba que se retrasaba su compañero. Roberto y Juan estaban entrando en el BMW, donde Manolo esperaba con las manos enguantadas y el motor en marcha cuando vieron cómo bajaba del camión blindado y se acercaba a la sucursal.
– Sal pitando – dijo Juan a Manolo.
– ¿Y Gustavo? No me voy sin él.
– El puto guarda le ha volado la cara. Le disparó, mierda.
– ¿Pero qué dices? ¿Está muerto?
– Sí, está muerto, le ha sacado todos los sesos de la cabeza, le ha reventado la cabeza. Está muerto, muerto ¿entiendes? Muerto.
– ¿Y qué coño has hecho tú?
– Pues llevarme el dinero y aplastarle la cara a ese hijo de puta ¿qué quieres?
– Por dios, arranca –gritó Roberto, a quien las brumas del alcohol no le nublaban el juicio tanto como para comprender que apenas tenían unos instantes antes de que llegara la policía.
El BMW arrancó con la premura justa para escabullirse entre el tráfico. Los tres guardaron silencio. De vez en cuando Manolo hablaba, consternado.
– Gustavo, Gustavo.
Roberto estaba volviendo cada vez más en sí y miraba a Juan.
– Tenía que haber entrado yo con Gustavo. Si es que eres un puto crío.
– Estaba inconsciente, estaban todos atados menos él, pero al atarlo se revolvió y le quitó el arma. Le pegó un tiro en la cara el muy hijo de puta. Le golpeé pero no pude hacer nada. Mierda.
– Gustavo, Gustavo. Quería dejarlo maldita sea. Nunca dudaba. Tenía que ser ahora.
– No se dio ni cuenta, le borró la mirada de un tiro. No he visto nunca algo así.
– Cállate.
Finalmente llegaron a un almacén en las afueras. Allí Pedro, quien les había atendido en el bar y organizaba el golpe, les estaba esperando junto a su hijo Luis, un veinteañero pasado de vueltas y que siempre parecía nervioso y colocado. Bajaron del coche y entraron por una puerta trasera con los sacos. Luis cogió el coche y lo llevó a un cobertizo cercano donde sería bautizado para evitar que lo identificaran. Entraron a una oficina pequeña con un sofá, una mesa baja al centro y un escritorio tras la cual se sentó Pedro.
– ¿Dónde está Gustavo?
– Muerto – dijo Roberto.
Pedro torció el gesto y calló un momento. Apreciaba a su antiguo colega.
– ¿Qué ha pasado?
– Un guardia de seguridad, le arrebató el arma y lo mató.
– ¿Quién entró con él al banco?
– Él – dijo Manuel señalando a Juan.
– ¿El nuevo? ¿Por qué no entraste tú, Roberto?
– Porque estaba borracho – murmuró Manuel.
Roberto lo miró con una mezcla de desprecio y culpabilidad.
– No es así, Juan quiso entrar – repuso.
– ¿Tú? – preguntó Pedro. – ¿Cómo lo dejasteis? No sabe una mierda de esto. Y ahora Gustavo está muerto. ¿Estás seguro?
– Sí, está muerto – respondió Juan – Completamente. Un tiro en la cabeza, así – e hizo el gesto de apoyar el arma en la frente.
Todos guardaron silencio. Pedro pidió a Manuel que lo acompañara a otra habitación. Juan y Roberto quedaron sentados en el sofá, con los sacos de dinero, frente a frente. Juan aún tenía el revólver en el bolsillo de la gabardina sucia. Estaba nervioso. Miraba el reloj con insistencia. Roberto ya estaba demasiado despejado, y empezó a buscar por la habitación una botella, sin éxito. Volvió a sentarse y miró fijamente a Juan. En su cabeza comenzó a repasar lo ocurrido. Recordaba claramente el día anterior, cuando hablaron del plan y acordaron que uno de ellos tenía que esperar fuera y actuar si el compañero del guarda abandonaba el vehículo. De hecho iba armado por si eso sucedía. Juan había pedido acompañar a Gustavo al interior, que era la parte de mayor riesgo porque tenían que reducir al guardia y arrebatarle la pistola, lo que les causaba inquietud a los otros, pero Juan entonces había parecido muy decidido. Roberto pensó en sí mismo mucho tiempo atrás, intentando impresionar a sus nuevos colegas en su primer asunto. En aquella ocasión apenas le permitieron intervenir. Siempre quiso saber si habría sido capaz. No quería arrebatarle la respuesta a Juan. Infundiéndole valor, le dijo:
– Harás tu robo, maricón, y yo mientras estaré fuera fumando.
Pero en el fondo sabía que no debía habérselo permitido. No tenía culpa de que le hubiera caído simpático. De alguna manera le recordaba a él más joven, antes de que la mala vida le arruinara el hígado y la paciencia. Salió a la calle a respirar aire frío, dándole vueltas al sentimiento de culpa. Cuando regresó en la sala la situación se había vuelto tensa. Pedro estaba encarado con Juan, que permanecía sentado, aún con la gabardina, como solía, en silencio. A Pedro no le convencía la explicación de Juan de lo ocurrido en el banco.
– Gustavo jamás dudaría en una situación complicada. Por eso con su edad seguía en esto. Nunca lo habían pillado ¿sabes? Jamás. Siempre hacía lo que tocaba. ¿Qué dices que hizo?
– Iba a atar al guarda. Estaba inconsciente, o eso creíamos. Entonces se revolvió antes de estar atado y, recuperó la pistola y lo mató.
Pedro estaba completamente inmóvil, con un rostro imperturbable. Podía estar de acuerdo con lo que escuchaba, o no. Ninguno de los tres en la sala sabía qué estaba pensando, aunque entendían que aquello era un juicio y que de él saldría un veredicto. Por eso la tensión era grande. Roberto sorprendió a Manolo estrujándose los dedos, de pie junto a la ventana.
– ¿Por qué no lo ataste tú, si él tenía el arma?
– Yo estaba con las dos mochilas. Estaba tardando mucho en atar a la gente. La verdad es que lo pude hacer mejor.
– Lo pudiste hacer mejor – apuntilló Pedro. – ¿Tienes la pistola aquí?
– Aquí – dijo Juan señalándose la gabardina.
Pedro sin decir nada se acercó a Juan despacio y le registró la gabardina. Sacó el revólver, de seis disparos. Abrió el tambor y vio que había dos casquillos vacíos
– Disparó dos veces.
– Sí, una en la cabeza y otra lo hice yo.
– ¿Tú?
– Se la quité, por eso la tengo. Le di fuerte.
Por un instante Pedro sopesó el arma y finalmente la guardó en un bolsillo.
– Contad el dinero – dijo.
Roberto, Juan y Manuel vaciaron los sacos sobre la mesa y comenzaron a hacer montones de billetes, separando los fajos por cantidades. Estuvieron un buen rato contando, en silencio. De vez en cuando Manuel miraba a Juan y agitaba la cabeza.
– Aquí hay dos millones.
Una voz los sacó del ensimismamiento. Era Pedro, que los llamaba. Se incorporaron los tres pero Pedro señaló a Juan y le habló:
– Tú no. Cerrad la puerta.
Manuel, Roberto y Pedro se quedaron en la habitación contigua. Pedro les miró a ambos.
– Este tío miente.
– ¿Cómo?
– He escuchado las noticias. Están hablando del atraco en la televisión. El guardia de seguridad estaba atado. ¡Atado! Dice que le golpearon, pero no estaba herido. ¿Acaso no dice que le disparó?
A Roberto no le gustaba la expresión de Pedro y por eso se interpuso entre él y Manuel.
– Mira, yo estaba fuera. El muchacho salió en cuanto pudo, estaba blanco como el papel y manchado de sangre. No pretenderás que en su primer día que trabaja vea cómo le revientan la cabeza a un compadre y luego vaya por ahí como el jodido Clint Eastwood. El tío estaba cagado, pero salió de allí con el dinero y no perdió la cabeza.
El rostro de Pedro ahora mostraba ira. Gustavo era un compañero desde hacía más de diez años y le había sacado de muchos apuros. Miró a Roberto con desprecio.
– Si hubieras entrado tú ahora el único muerto sería ese puto guardia. Aparta.
– No, Pedro, no te confundas. Es un atraco, decidimos arrebatarle el arma a un guardia de seguridad. Nos la jugamos en cada trabajo. No la caguemos ahora. Tenemos que repartir y salir de aquí, ya aclararemos las cosas luego. No nos conviene detenernos mucho y lo sabes.
– No nos detendremos mucho – finalizó Pedro.
Se apresuró y abrió la puerta. Juan seguía sentado. Al verlo llegar se puso en pie. Pedro había sacado el revólver del bolsillo y apuntaba a Juan. Éste miró a los otros dos, como sopesando la situación.
– Nos has mentido. Di la verdad, ahora.
– Pero si he dicho la verd…
No pudo acabar de hablar, porque Pedro disparó a Juan en la pierna derecha, que del impacto se levantó del aire e hizo que se cayera hacia atrás en el sofá. Empezó a sangrar abundantemente y casi al instante. Juan se retorcía de dolor sujetando el pantalón a la altura del agujero por el que había entrado la bala. Apretaba los dientes. En unos segundos todo el pantalón estaba empapado en sangre. Pedro se acercó a él y le apretó el arma en la sien.
– Ahora, hijo de puta, me vas a decir qué mierda hiciste dentro del banco.
Juan comenzó a llorar de dolor, con la cabeza aprisionada entre el respaldo del sofá y el cañón del arma. Pedro le apretaba en la sien y con la otra mano lo sujetaba de la chaqueta. Juan seguía agitándose apretando la herida con las dos manos, con los ojos cerrados. Manuel se había repuesto del sobresalto del disparo y estaba apoyado en el marco de la puerta. Roberto miraba perplejo. Se llevó la mano a la boca reseca, deseando haber encontrado antes la botella que lo aliviara. Se palpó la parte trasera del pantalón y recordó que estaba armado. Pedro parecía querer disparar. Juan lloraba y tenía el cuello humedecido por el miedo. Pedro gritaba y gritaba, y empezó a golpearle con el cañón en la sien. De repente amartilló el revólver y se incorporó. Iba a matarle.
– No Pedro. Es un puto crío. No lo vas a hacer.
Roberto había desenfundado y estaba apuntando a Pedro con su pistola automática. Manuel dudó, pero sacó su arma y apuntó a Roberto, confundido e incrédulo. Roberto tenía la cabeza de Pedro en el punto de mira, mientras éste seguía sosteniendo el cañón orientado a Juan, que se arrastraba lentamente sobre el sofá, completamente bañado en sangre, alejándose de él. Gemía de dolor.
– Estás loco. Este tío nos ha mentido y Gustavo ha muerto. Míralo cómo se arrastra. Es un mierda.
– Es un crío, Pedro.
– ¿Estás borracho otra vez? – Intervino Manuel.
– No te metas en esto. Vamos a guardar todos las armas y vamos a repartir el puñetero dinero. Si quieres deja a éste aquí y nos vamos, pero no lo vas a matar.
Pedro sonrió. Roberto era un hombre grande y avejentado, que había sido muy fuerte en otro tiempo y aún conservaba determinación en su cuerpo ancho y pesado de hombros. No era, pese a su locuacidad, hombre dubitativo. Si tenía que apostar, Pedro probablemente habría puesto su dinero a que Roberto abriría fuego, pero en un entorno como aquél era tan importante la seguridad con la que se hacía algo como el valor que se demostraba cada vez. Si Roberto quería pararle tendría que hacerlo con sangre.
- Voy a matar a quien me salga de los cojones.
Sonó un disparo y uno de los ojos de Pedro desapareció en una noche profunda, una gruta seca y quemada que lo derribó, como si abrieran una madriguera en un folio blanco con un marco de cabellos canos, pero no lo bastante aprisa para evitar que disparara su revólver y una nueva bala castigara a Juan. Al instante, un proyectil del arma de Manuel atravesó el pecho de Roberto y éste, en un gesto instintivo que ni veinte años de alcohol habían podido arruinar giró la automática y comenzó a apretar el gatillo sobre Manuel, Manolo, el hábil conductor, el individuo que lo había sacado de apuros con la policía más de una docena de veces. Una, dos, cuatro, seis proyectiles rompedores atravesaron la estancia destrozándole el hombro, seccionándole el cuello en una cascada púrpura, arrancándole parcialmente la oreja, destrozándole el labio superior y la base de la nariz. Manuel, aún vivo, cayó hacia atrás y estruendosamente atravesó con su espalda el cristal de la puerta del despacho, prendido de los cristales, sin llegar al suelo. Respiró sin voz afanosa y profundamente varias veces hasta que el pecho se le hinchó grotescamente en un gorgoteo áspero que le arrebató el último aliento.
Roberto sintió un profundo dolor entre las costillas. El disparo había atravesado el pulmón y le costaba tomar aire. Las piernas le empezaron a temblar y no pudo evitar apoyar una rodilla en tierra estremeciéndose. Aguantó como pudo y sujetándose en la mesa se incorporó. Trató de erguirse y escupió sangre. Miró a Juan que estaba inerte, pero vivo, bañado en saliva, sangre y sudor.
– Nos tenemos que ir de aquí antes de que llegue el hijo de Luis y su gente – le susurró.
Juan lo miraba y lloraba, cerraba los ojos y giraba la cabeza. Lo volvía a mirar y seguía llorando de dolor. Finalmente asintió y trató de moverse.
Roberto se aferró a una de las mochilas y la llenó de dinero tanto como pudo. Se la echó sobre la espalda trabajosamente y se acercó a Juan, al que le dio el revólver con que había empezado todo.
– Aún tiene tres balas. Si esto va mal que no te jodan y deja una para ti ¿de acuerdo? Vámonos.
En un esfuerzo ímprobo lo sujetó sobre su hombro y lentamente salieron a la calle. Se acercaron al coche que había preparado Roberto para la huida. Juan cada vez estaba más débil por la pérdida de sangre. Estaba más sereno, aunque las mejillas y los labios estaban cubiertas de un desvaído color gris. Murmuraba palabras en voz baja. Al llegar al coche, Roberto lo dejó caer en el asiento de atrás y él se sentó para conducir. Arrancó el motor.
– Te voy a sacar de aquí muchacho. Nos vamos.
Se giró para mirar a Juan, pero Juan ya no era Juan, sino que era por fin Antonio, su enemigo, y estaba apuntándole con el revólver semivacío.
– Lo siento, Roberto. Lo siento.
Roberto no entendió qué estaba sucediendo. Por un momento creyó que era una alucinación producto del efecto combinado de tanta neurona bañada en licor y las punzadas del pecho. Pero aquellos ojos de repente se habían vuelto duros, lastimeros pero duros, y tenían la misma determinación que la tarde en que le convenció de ser él quien entrara en el banco en su lugar. La convicción de quien siente que cumple con su deber.
– No tienes por qué perder – dijo en un susurro Antonio – La policía va a llegar en cualquier momento. Márchate y déjame aquí con el dinero. No les avisaré de inmediato. Deja esto. Vete a tu casa. Largo.
Roberto sintió la tentación de acudir a su pistola, pero de alguna manera el cansancio le sobrevino y desistió, porque sabía que si lo hacía iba a morir. En la radio sonaba una pieza de Albéniz, Evocación, que conocía de su niñez en el colegio de los curas. La escuchó por unos instantes y apagó el motor del coche.
– Tienes un par de huevos – dijo mientras abría la puerta y salía fuera. – Habrías sido uno de los mejores de los nuestros.
Antonio, con la mirada borrosa por la falta de sangre, vio cómo se alejaba tambaleándose y se apoyaba en la pared del almacén. Empezó a llegar el lejano sonido de las sirenas de la policía, que se dirigía hacia donde Antonio les había informado que se haría el reparto del dinero y se concentraría la banda. Roberto se apresuró a cruzar la calle. Estaba justo en mitad de la calzada, al sol frío del mediodía, cuando unos chasquidos lo prendieron y lo hicieron detenerse. De detrás del almacén surgió Luis, el hijo de Pedro, que tenía un fusil de asalto y disparaba sin parar sobre el viejo borracho mientras éste caía sin emitir ni un sonido. Se acercó al cuerpo inerte sobre el asfalto y recargó el arma para seguir disparando. Antonio quiso abatirle, pero apenas acertaba a sostener el cañón, así que cuando disparó la bala marchó por encima del hombro de Luis. Aún tenía dos disparos.
Éste se giró hacia la fuente del sonido, exaltado, hasta que lo vio dentro del coche con la ventanilla bajada y corrió hacia él. Se escuchó un nuevo disparo. Antonio volvió a fallar. Luis comenzó a disparar, pero estaba hasta arriba de coca y corriendo no tenía la precisión necesaria. Vociferaba e insultaba mencionando a su padre, a quien había visto con la cabeza abierta en flor dentro del despacho. Antonio sentía las balas volar hacia él, pasando lentamente en torno a su cabeza, rompiendo cristal, agujereando el reposacabezas delantero, astillando el marco del que colgaba el cinturón de seguridad. Intentaba esperar a que el cuerpo de Luis creciera, fuera más y más grande, más que la dispersión de su puntería ocasionada por el temblor de sus miembros casi agotados, asfixiados por la escasez de hemoglobina. Aguantó. Sintió un dolor lacerante procedente puede que del pie, pero no era capaz ya de precisarlo. Sólo importaba el loco que corría hacia la puerta del coche. Tal vez ya sin balas. Él tenía una.
Por fin disparó.
Un estallido rojo nació en la camiseta deportiva de Luis, desgajándole el esternón y fracturándole las costillas, que desviaron la bala del calibre 44 haciéndola girar en su cuerpo como una peonza que en su avance destrozaba la pleura, atravesaba el pulmón y seccionaba como una navaja el músculo contraído del corazón en plena sístole. El estallido del músculo herido expulsó por la apertura un borbotón de sangre que saltó medio metro fuera del cuerpo, calentando el suelo sobre el que Luis iba a caer. La incercia le hizo avanzar unos metros hacia adelante hasta golpearse la cabeza con la puerta del coche donde Antonio se dejaba ir en el asiento justo antes de desmayarse.
Mientras le abandonaban las fuerzas, Antonio pensó que no volvería a ser Juan nunca más, porque no le gustaba sentir que estaba detrás de la muerte de borrachos cansados y honorables. Tal vez si sobrevivía podría decírselo a sus compañeros, esos que creía sentir sujetándolo con cuidado mientras lo sacaban del vehículo y lo conducían a la ambulancia donde en unos minutos el destino decidiría si habría un mañana para él.
ALP, 20/07/2016
La página en blanco
El viejo mira inmóvil la página en blanco sobre la mesa. Se cierra un poco más la bata de invierno con los dedos helados. El frío le llega hasta los huesos. Este invierno puede ser el último, piensa distraído y sin miedo, y se recuesta sobre la silla con ruedas junto al escritorio, con los ojos clavados en la página en blanco. Los esquimales tienen decenas de palabras para describir el color blanco, para definir todos sus matices. El viejo necesitaría una de ellas porque aquella página ya no es del todo blanca. Podría decirse que es blanca en el centro, se va tornando en un crema cada vez más oscuro según te acercas a los bordes y se remata con un ocre gastado en sus confines. Con el tiempo, se han levantado las esquinas, del roce de los codos del viejo cuando, desesperado, la observa de cerca, sosteniendo los lados de su cabeza con las manos. Pero los ojos, siempre fijos en aquella página en blanco, aquella página en crema, aquel pedazo de papel gastado y expectante. El viejo se sirve otra copa de whisky. Su cuerpo sabe perfectamente donde encontrar la botella sobre la mesa. Vierte un sorbo calculado en el vaso opaco, lleno de grasa de sus dedos arrugados, sucio de cien mil tragos previos. Lo acerca a sus labios secos y vacía el vaso, dejándolo seco de nuevo, listo para el siguiente sorbo. Este proceso se repite, lo repite el viejo a cada rato, son precisión, sin levantar su mirada de la página en blanco. Y vuelve a su estado de tensión estéril, o reposo inútil, según queramos verlo. Esta tarde el viejo acerca mucho su nariz al papel, como queriendo olerlo. No huele a nada, pero una punzada en el corazón hace su cabeza se estampe sin remedio contra el escritorio, llenando por fin con la sangre de su nariz, la página con algo distinto de la nada más absoluta. Siente el papel en su mejilla, y mira divertido como su sangre inunda el papel y lo cubre completamente, justo antes de morir.
Decisiones
Se enciende la luz. Una mujer y un hombre sentados frente a frente en dos sillas. Todo es muy oscuro, no hay nada en escena excepto las sillas y ellos. Dos focos les iluminan.
Mujer: ¿No piensas decir nada más?
Hombre: ¿Qué más quieres que te diga? Estoy seco, no tengo más palabras, ya no me queda saliva.
Mujer: (Feroz) Para pedir la cena no necesitabas saliva.
Hombre: (Pensativo, insensible) Es verdad, esas palabras sigo teniéndolas en los labios. No me cuestan, apenas requieren saliva.
Mujer: (Dolida) Acabo de sentir todo tu odio en la cara. Como un soplo amargo. Sabía que no me querías, pero no creí que me despreciaras tanto.
Hombre: (Cruel) No entiendo por qué. Llevo años regalándote mi desprecio con cada sílaba. He llegado a pensar que estabas sorda.
Mujer: ¿Sorda? Nunca supe hasta hoy que vivía con un monstruo. No me malinterpretes, querido, te escuchaba. Solo confundí tu desprecio con indiferencia y hastío.
Hombre: Me alegra que por fin nos entendamos.
Se apaga el foco que alumbra al hombre. La mujer seria, despacio, muy despacio, se sitúa de frente al público y permanece un segundo sin hablar. Recorre las butacas con la vista.
Mujer: Fue el miedo. (Mira al patio esperando asentimiento y aclara) Se preguntan qué me hizo llegar a esto, ¿verdad? (Señala el espacio donde transcurrió la escena anterior). El miedo, señores, el miedo. Se te cuela por los poros de la piel, por los agujeros de la nariz. Y es mal consejero, el miedo. Cuando me dijo que me dejaba, que había encontrado el amor, me invadió un miedo atroz. ¿Qué iba a hacer yo? No es que le amara entonces, no es eso. No temía que él se fuera, sufría porque creía que ningún otro ocuparía su lugar. Que yo ya no valía nada si él me dejaba (Sonríe triste). La soledad me acechaba y supliqué. Hice que pasara por un infierno, que la culpa lo atara a mí. Supliqué y supliqué… hasta que se quedó.
Se apaga el foco de ella, que permanece frente al público, impasible, a oscuras. Él se levanta despacio. Mira al público y comienza a hablar.
Hombre: Lo entiendo, me desprecian. Todos ustedes creen que soy cruel, que no tengo corazón. Hace tiempo lo tuve. Corazón, digo. Fue mi corazón estúpido el que me retuvo a su lado (señala a la mujer), el que me convirtió en lo que soy. No quise terminar con su vida, ¿qué haría ella sin mí? Y sobre todo, ¿Qué haría yo sin su red? Y me acurruqué en su refugio con las manos en mis oídos para no oír al amor llamarme desde el mar. (Pausa, con asco) Y me desprecio profundamente por aquella cobardía. Odio mi refugio, la odio a ella, porque me recuerda, cada segundo, mi asquerosa debilidad.
Se encienden las luces. Los personajes se encaran uno al otro, de pie. Se mueven por la escena.
Mujer: ¿Te parece que ahora nos entendemos?
Hombre: Así es, sí.
Mujer: (Suplicante)¿Entiendes que le quiero más que a mi vida? ¿Entiendes que necesito oírle respirar a mi lado para poder vivir?
Hombre: (A gritos, en su cara, apartándola) ¡Que sí, coño, que lo entiendo! (Se recompone. Con rencor) Una vez estuve en tus zapatos, ¿te acuerdas? Te entiendo; nos entendemos.
Mujer: Necesito que me dejes marchar, que me liberes de esta casa que me aplasta. ¡No puedo moverme! Querría volver atrás. Daría cualquier cosa por arrancarme la lengua entonces y separar nuestros caminos cuando aún éramos personas. Pero no puedo. Sólo puedo suplicarte que me ayudes ahora.
Hombre: Más súplicas, esto ya no es nuevo. ¿Suplicaste que me quedara y ahora que te empuje a dejarme? Haz lo que tengas que hacer y déjame tranquilo.
Mujer: Ojalá pudiera. Solo tú tienes la llave que abre esta amarga cárcel que nos encierra a los dos. Úsala, por Dios. ¡Déjanos vivir!
Hombre: ¡Ja, ja, ja, ja! Yo ya vivo, querida. ¿No me ves? Y por lo que parece, tú también.
Vuelve la luz a iluminarle solo a él, de pie, frente al público. Ella permanece callada frente al público, a oscuras, como antes.
Hombre: Sí, damas y caballeros, esto es lo hace el odio con un hombre. Le devora por dentro y le convierte en otra cosa. Ahora este odio es lo único que me ata a la vida. Sin ella a mi lado, no sentiría nada. Necesito esa arcada diaria que me asalta al sentirla despertar a mi lado o cuando me miro al espejo. Entonces me siento vivo. No pienso renunciar a esa victoria.
Él se sienta en la silla y se queda a oscuras. Ella en el proscenio, habla de nuevo al público.
Mujer: Hay errores que te persiguen toda la vida. No puedes escapar. No es posible. Todas las mañanas le oigo trajinar en el baño, y rezo por escuchar el golpe sordo de la muerte fulminando su cruel corazón y su cuerpo contra el suelo. Pero todos los días, emerge de ese cuchitril, con ganas renovadas de venganza. Y me castiga sin piedad. Yo le robé la vida, ahora lo sé. Ahora comprendo que dejó de respirar entonces, como yo ahora. Yo soy la culpable. El miedo, señores, fue mal consejero. Hoy me aconseja la culpa.
Se sienta en su silla y vuelven a la escena inicial. Hablan sin sentimientos, impasibles.
Mujer: Nos condenas a esta existencia de mierda en la que solo nos queda desprecio y culpa.
Hombre: Me baño todos los días en desprecio. Lo llevo pegado a la piel. Voy a ver qué tal me sienta la culpa. Cambiamos los trajes, querida.
Mujer: Nada cambia para mí: yo ya te desprecio. A ver si tú puedes vivir con la culpa.
Hombre: Como decía, al fin nos entendemos. ¿Qué vamos a cenar?
Mujer: Quedan filetes rusos de esta mañana y puedo hacer una ensalada.
Hombre: Perfecto, muchas gracias. Voy poniendo la mesa.
(Oscuro)
FIN
Sólo un cuerpo
Esto me lo sé. Siempre es lo mismo, dos brazos, dos piernas, un pecho, un culo, unos labios, una cara, un cuello, y otra vez los labios. La anatomía no tiene ningún secreto, no es algo extraño. No tiene nada que no haya visto ya. El proceso me lo sé de memoria, incluso diria que lo tengo automatizado. Tampoco me toca de manera diferente, no me mira de forma diferente ni me besa de manera difetente. Pero este cuerpo me petrifica y excita a partes iguales. Es especial, no quiero tocarlo por temor a que no sea real, pero tampoco puedo no hacerlo. Esa mezcla de sensaciones que invaden tu cuerpo: la humedad, el cosquilleo en el estomago y ese «¿No hace calor aquí?».
El acercamiento tampoco es distinto a tantos otros. Ni el momento en que sabes que vais desnudarnos el uno al otro, con la prisa que te da el saber a ciencia cierta lo que viene después. Eso que suena alto y claro es el latido de mi corazón al sentir su mano sobre mi espalda intentando atraerme hacia él aún más fuerte. ¿Le llegará el sonido, o estará demasiado ocupado escuchando el suyo? En realidad, es lo de menos, cuando puedo entretenerme paseando los dedos por su pelo, los labios por su cuerpo o rodearle con las piernas, y cambiar de intensidad según me lo vaya pidiendo su aliento en mi cuello, o mi piel de gallina, o el deseo irrefrenable de fundirnos en un beso perfecto. Hasta que nos cansemos o hasta que salga el sol, lo que ocurra primero. En ese preciso instante en el que vuelve a ser solamente dos brazos, dos piernas, un pecho, un culo, unos labios, una cara y un cuello. Y otra vez unos labios que no negaré que me vuelven loca.

