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CENIZAS

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Un escalofrió era siempre la respuesta inmediata de su cuerpo al encargado de mantenimiento. Todas las mañanas lo sentía, y no sabía decir porqué, no podía identificar qué era lo que había en aquel viejo que hacía que su instinto de gata pasara a primer plano. Su voz interna le susurraba: alerta. Después su cerebro le hacía retroceder: es solo el tío de mantenimiento de la oficina, y entonces ella continuaba obediente con su café con leche y su cigarro. Cada mañana el mismo e inerte proceso, que terminaba con ella levantándose de la silla azul y dejando la terraza con la misma extraña sensación de supervivencia.

Aquella tarde tenía mucho trabajo. Estaba inmersa en una traducción que tenía que entregar en dos días. Le había costado bastante concentrarse y no quería parar y estropear otra mañana pegándose con aquel dichoso manual de taxidermia: pensar en zorros disecados hacía su día mucho más gris. Decidió hacer una parada para tomar un café y lanzar después su último asalto al morboso texto. Bajó a la terraza. Estaba atardeciendo. El sol anaranjado hacía mucho más intenso el rosa del suelo, convirtiendo aquella terraza en una enorme tarta de fresa. Las sillas azules eran ahora casi negras y las mesas adoptaban el naranja del sol dejando a un lado su blanco matutino. El pequeño pinar contiguo pasaba a ser, por la tarde, un espeso bosque en el que no podía penetrar la luz, y la chimenea del crematorio se erigía al fondo como un gigantesco testigo de la caída de la noche.

A esas horas ya no servían nada en la cafetería, así que ella sacó un café de la máquina y se sentó en su mesa de siempre, intentando sacar de su mente unos ojos muertos de zorro y meter en su lugar aquel precioso atardecer. Antes de verle, ya notó que estaba allí. Alerta, le susurró su voz interna. Ella giró su cabeza y se encontró al viejo allí parado, justo detrás de su silla, con la mirada perdida en el bosque. Sus ojos se encontraron y él sentenció: Señorita, no se puede estar aquí después de las 6. Arrastró cada palabra, monótonamente, sin inmutarse. Ella continuó mirándolo, esperando a que añadiera algo más, pero los ojos del viejo ya estaban de nuevo escudriñando el bosque. Seguía inmóvil detrás de ella, casi rozando con su barriga la parte de atrás de la silla. Alerta, repitió su voz y ella recogió su tabaco de la mesa mientras giraba sobre sí misma para dirigirse a la entrada al edificio. Al pasar por la puerta, se volvió: el hombre seguía allí sin moverse mirando hacia la oscuridad del bosque, como si aquella chimenea le hubiese hipnotizado. Justo antes de que ella continuara su camino, el viejo giró su cabeza lentamente hacia ella y mantuvo su mirada, plana, sin forma, marcando territorio, para que no hubiese ninguna posibilidad de que la muchacha volviera sobre sus pasos.

Tres horas después, ella se sentía asfixiada en el despacho. Casi podía oler las tripas de los animales abiertos en canal de aquellas páginas, que parecían multiplicarse según avanzaba en su tarea. Necesitaba un cigarro. Inmediatamente sintió el rechazo de su cuerpo ante la posibilidad de encontrarse de nuevo al viejo. No podría soportar verle tres veces en un día. Enseguida su cerebro le hizo sonreír: recordó que se largaba a su casa a las 8. ¡Por fin algo de suerte! Estaba tan ansiosa que bajó los tres pisos corriendo por las escaleras y llegó rápidamente a la terraza. Antes de que la puerta se cerrase tras de sí, ella ya había encendido su cigarro. Inhaló ansiosa el humo y, al sacarlo de sus pulmones, se sintió mucho más relajada. Con esa sensación, se acercó a su mesa y se sentó. Estaba prácticamente a oscuras. La escena solo se iluminaba con la luz de la salida de emergencia, que casi no llegaba donde ella estaba. Dio una segunda calada al cigarro, y la calma de aquel lugar la envolvió.

Una vez se hubo acostumbrado a la falta de luz, comenzó a ver un poco mejor a su alrededor. El silencio sepulcral de aquel edificio vacío dejaba oír perfectamente todos los sonidos del bosque: las hojas secas del otoño movidas por el viento que rascaban el suelo rugoso de la terraza, las ramas de los arboles meciéndose en la noche, acariciándose levemente unas a otras, y …otro sonido que no reconocía. Era algo continuo, muy tenue. Jugó en su mente a pensar que eran hormigas, centenares de hormigas moviéndose como un manto sobre la tierra, entre la vegetación, acercándose a ella. Su piel se erizó cuando vio la primera sombra en el suelo de la terraza. Su voz interna advirtió: alerta, pero su cerebro vino de nuevo a poner las cosas en orden: solo era la sombra de las ramas sobre las plaquetas rosas. Se regañó a si misma por elegir insectos imaginarios para pasar unos minutos de descanso lejos de sus animales disecados. Decidió dejar la tierra y pasar a revisar las estrellas. No recordaba que en Madrid es difícil encontrarlas con tanta farola y letrero luminoso. Anduvo buscando unos segundos en el cielo, pero no tuvo suerte. Le guiñó un ojo a la estrella polar, la única que no había desaparecido aquella noche. Alerta, susurró insistente su voz interior. Aun no sabían ambas que habían perdido unos segundos cruciales y que ya era demasiado tarde para ellas. Al volver la mirada hacia el suelo de nuevo, lo encontró más oscuro. Inmediatamente pensó que tenía que volver a acostumbrarse a la falta de luz después de su saludo celeste, pero enseguida se dio cuenta de que algo no iba bien. No veía las rayas entre unas baldosas y otras. Y al fijarse mejor, se dio cuenta de que algo se movía en aquel suelo. Instintivamente, subió las piernas para alejar sus pies de aquello. O eso intentó, porque aquella especie de fina arena gris, que cubría todo el solado de la terraza, mantenía sus pies firmemente sujetos al piso. Se levantó despacio, como si lo que estaba sintiendo fuese fruto de su imaginación, los zorros tiesos y la noche. Y entonces una ráfaga de aire levantó aquel polvo gris del suelo y la muchacha quedó cubierta en un segundo por una fina capa de ceniza. Supo que era ceniza cuando se posó en sus ojos, en su boca, en sus manos. La textura, el sabor, el peso, no había duda. Intentó llevarse las manos a la cara, para limpiarse, pero tampoco pudo mover los brazos. El miedo la cubrió y paralizó del mismo modo que aquel polvo gris. Su voz interior gritaba: corre. Por primera vez su cerebro estuvo de acuerdo, pero su cuerpo no respondía. Y empezó a sentir como la ceniza se movía sobre ella. Subía desde sus pies, por sus piernas en lo que parecían ser dos lenguas grises que bordeaban su cadera, cruzándose alrededor de su cintura, como dos cintas oscuras de fina arena. Subieron hasta su cuello para llegar una a su boca y la otra a su ojo derecho. No veía nada, no oía nada. Solo el terror que hacía aullar a su pobre voz interna y la paralizaba un poco más de lo que ya estaba. Su cerebro intentaba sin éxito tomar el control. Intenta coger el mechero, sopla con todas tus fuerzas, escupe a esta cosa…Es difícil luchar contra lo que no se entiende. Y el polvo comenzó a colarse dentro de ella. Comenzó a espesarse por dentro, el agua de su cuerpo se mezclaba con aquella cosa como si fuese cemento. Y notó que esta mezcla de agua y polvo, no solo estaba en su sangre, en su saliva, en sus lágrimas, también afectaba a su voz interior. Cada vez la oía más lejana, más cansada, como si alguien estuviese dando un golpe de estado en su alma. Tardó muy poco en sentirse llena, hinchada, desbordada de ceniza húmeda. Pesada, demasiado pesada. Tan pesada que de repente, se desmoronó sobre el suelo rosa como un castillo de arena en la playa. Seguía teniendo conciencia de ella misma pero ya no sentía su cuerpo como antes. Comprendió que ya no tenía forma humana. Era como sentir en toda su piel el tacto del suelo, de las hojas secas, de las patas de la mesa, …En todo su cuerpo: era como si se hubiese convertido en una piel granular gigante que se arrastraba por todo el suelo. Ella hizo un último intento de ponerse a los mandos, y entonces, oyó una voz en su interior. No era su voz interior: era ese algo externo que se la había colado dentro y la había descompuesto. Tranquila, ahora mando yo-dijo la nueva voz. Y ella notó como cada una de las partículas de ceniza que ahora formaban su cuerpo, obedecían y se adentraban en el bosque, uniéndose al rio gris de polvo que desembocaba en el crematorio.

Como cada mañana, el viejo abrió la puerta de la terraza para barrer las hojas caídas antes de que llegase el personal del edificio. Enseguida se dio cuenta de que una silla azul no estaba en su sitio. Se acercó a aquella mesa y vio sobre ella el paquete de tabaco de la muchacha. Acercó su mano lentamente, lo cogió y se lo guardó en el bolsillo. Levantó la vista hacia el sendero del bosque y solo dejo de mirar, cuando las lágrimas le impidieron distinguir a lo lejos la chimenea del crematorio.

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CLASES DE POLIGAMIA

Flores Japo

Siglo XXXIII, como la edad de Cristo. Los seres humanos vivimos con la televisión implantada en el cerebro desde el nacimiento: como en vuestra antigüedad se ponían los pendientes a las niñas, así uno se acostumbra mejor. La telepatía es el método de telecomunicación más extendido, entre usuarios de todas las naturalezas y especies. Para que lo entendáis desde vuestra perspectiva del pasado, la comunicación piedra-ratón es tan telepática como un diálogo entre tu padre y su PC. Todo el mundo se desplaza a pie o en bicicleta. Se tuvo que prohibir cualquier otro tipo de medio de locomoción para salvar el planeta de las guerras y la contaminación producida por los combustibles. Para desplazamientos transcontinentales, el velero es la única opción. Comemos pastillas hipernutritivas, excepto en los días de Navidad y Fin de Mundo, que nos ponemos las botas como vosotros, degustando todos los manjares que nuestras culturas recuerdan, excepto en el caso de los anglosajones, porque ya no quedan pavos en la Tierra. Seguimos recluidos en esta esquina de la Galaxia que es nuestro planeta. No sabemos de otros mundos ni ellos de nosotros. Es raro, la verdad, pero estamos definitivamente  solos como vida orgánica con conciencia. Monstruos verdes sí que han encontrado en Plutón y en RRG678, pero no fue posible la comunicación y resolvimos no molestarles. Esta decisión fue un hito en el orden de la Tierra: se hizo el primer referéndum a escala mundial para tomar tal decisión. Eso sí, tardamos casi 1 año y medio en cerrar el asunto con tanto candidato, debate, traducciones y recuentos. Las guerras se acabaron una vez que se abrazó la anarquía global y el gobierno universal. Ya sé, no lo entendéis, para vosotros esto es una bipolaridad discordante, pero es que aún no estáis preparados para afrontar este reto. Y en el amor…en el amor todo sigue igual, exactamente como vosotros lo conocéis: chico ama chica, chica pasa de chico, chico suspira y sufre hasta que conoce a otra chica, primera chica ahora ama chico, chico ama dos chicas, etc. O chico ama chico, chico pasa de chico, chico suspira y sufre…etc, etc, etc. Eso sí, las autoridades planetarias ante la irremisible pérdida de energía vital que suponen todos estos devaneos, han tomado cartas en el asunto de las relaciones sentimentales. Se dieron cuenta de que el amor era imposible de controlar así que intentaron mitigar los daños que producía. Y así en todos los barrios, sectores y divisiones, podemos encontrar una escuela gubernamental de poligamia. Es absolutamente obligatorio asistir al menos una vez al año para una sesión de recuerdo, si tienes tu carnet de polígamo en uso. Si eres sospechoso de monogamia, porque has confesado públicamente o no has conseguido el juramento anual de 3 parejas sexuales, debes acudir indefinidamente a las clases hasta conseguir tu certificación. Las clases se asemejan bastante a las arcaicas sesiones de alcohólicos anónimos. Cada uno de los asistentes cuenta por turnos cual es su historia, como ha llegado a caer en la monogamia. Algunos es por cansancio o depresión y sostienen que su energía se agota más buscando nuevas parejas sexuales que ejerciendo su monogamia. Otros juran amar con tal fervor a sus parejas, que no desean a nadie más. En algunos casos, se trata de los miembros más radicales de la Secta Vintage, que disfrutan viviendo como en el Siglo XXI, con sus forros polares y todo. Pero la mayoría de los asistentes, son polígamos reconocidos que asisten únicamente  para su conseguir su sello anual.

¿Por qué os cuento todo esto? Veréis, yo soy profesor en la escuela de Poligamia 44 de la División Margarita, sector Obama, subnación  556.Para mí, la evolución de la especie solo es posible a través de la compartición de conocimientos. En mi mundo, esto es terriblemente sencillo. Pero ayer por la noche, mientras lavaba mis manos en la fuente común, un pensamiento me trastocó.  ¿No sería bonito poder compartir nuestros descubrimientos  con nuestros hermanos del pasado? ¿No sería gratificante poder ahorrar a la humanidad siglos de monogamia? Y la solución apareció de golpe en mi frente: debo intentar evangelizar el pasado, acercar la poligamia global a las generaciones que me preceden. Por ahora, no me he preocupado del método de transferencia, esa no es mi especialidad. Me parece mucho más importante fijar el contenido del conocimiento a retro-transmitir. Y esto, queridos alumnos pasados, es lo que tenéis entre las manos: una guía breve de poligamia que plasma, de forma condensada, todo mi conocimiento en la materia. Puede ser usado como manual del profesor o como libro de cabecera, dada su brutal simplicidad. Recordad que siempre trataremos de mostrar otras opciones, nunca imponer una solución.

Si os parece, vamos a dejar a un lado a los radicales sectarios y a los polígamos reconocidos, y nos vamos a centrar en los otros dos grandes grupos de individuos, que son los que más necesitan nuestra ayuda.

Grupo D: Monógamos por Desgana. Son fácilmente identificables por su apatía general. Normalmente, tienen antecedentes de mala praxis sexual, con denuncias por egoísmo de placer y poca variedad en caricias. ¿Qué podemos hacer para sacarles de su ostracismo sexual? Lo primero: es necesario facilitar a estos individuos el acercamiento a otras parejas sexuales. Ellos  siguen deseando a su prójimo, pero no tienen fuerzas para conquistarlos. Son polígamos en conciencia pero no pueden demostrarlo. Lo más sencillo para cumplir rápidamente con tu objetivo como profesor, y este es un truco infalible, es empujar a uno de ellos hacia otro en su misma situación. De repente se produce una especie de reacción en cadena dentro del grupo de desganados, de forma que salen de las clases con su reluciente carnet de polígamo y 5 parejas sexuales asiduas.

Grupo E: Monógamos por Enamoramiento. Lo primero que debes recordar es que  todos hemos estado en esta situación alguna vez en la vida. Por más o menos tiempo. Debes tratarles con sumo cuidado para no partirles el corazón. ¿Podemos hacer algo para ayudarles? ¡Desde luego! En este caso debemos seguir el método de los tres pasos. No os precipitéis en pasar de uno a otro, tened paciencia. En primer lugar, planteadles: seríais infieles si vuestros amados no pudieran saberlo jamás, si no les dañase? Ante una respuesta afirmativa, ya tienes al alumno encarrilado: solo tienes que darle un empujoncito apelando a que la poligamia está en él, y solo la aparta de sí por no dañar a su amante. Si conseguimos que entienda que la otra parte amada siente lo mismo y que hablando pueden conseguir mejorar sus destinos, ya tenéis dos polígamos más en el aula. Paso dos, plantearemos lo siguiente: seríais infieles si vuestros amados no lo supieran jamás  y vosotros no pudierais recordarlo? Con esta pregunta, atacamos a los alumnos que se sienten culpables, que no pueden soportar la traición al ser amado en su conciencia. Con esta sencilla pregunta, les hacemos conscientes de que la raíz de su monogamia es la culpa y que es un infierno innecesario vivir con ambas, culpa y fidelidad.  Los individuos que en este punto sigan en sus trece, sufren de un enamoramiento gravísimo. Daros cuenta de que se mantienen firmes mientras en resto de sus compañeros de aula ya han claudicado. Para tranquilizaros os diré que el porcentaje de este tipo de alumnos es increíblemente bajo. Y siempre nos queda el paso 3 y definitivo. Esperar…El enamoramiento es un sentimiento profundo pero pasajero. Tarde o temprano, el alumno volverá a su ser normal  y saldrá del programa en los pasos 1 o 2. Es solo cuestión de tiempo y paciencia.

 

Y esto es todo, queridos alumnos pasados. Espero sinceramente que este manual os haya resultado ameno y os sea de utilidad. La poligamia gubernamental es uno de los avances más importantes de la era posmoderna y espero que podáis empezar a abrazarla cuanto antes. Para mí, ha sido un autentico placer compartir mis humildes conocimientos con vosotros.

Un último consejo de un amigo del futuro: disfrutad de vuestros cuerpos sin medida, que cuando os llegue el turno en la incineradora, no quede de vosotros nada más que unos felices huesos eternamente compartidos.

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No quieres ser como yo

Créeme, no quieres ser como yo. De primeras puede que parezca una gran idea. Es una chica guapa, independiente, con su buen trabajo, un puñado de amigos y su casa. Pero para ser como yo existen sacrificios que debes hacer.

Para empezar tienes que desconfiar de todo el mundo. Tranquila, porque eso no va cambiando según vayas conociendo a la gente, ya que siempre vas a ver más allá y habrá algo que consiga decepcionarte. Así, hasta que no haya nadie a tu lado.

También tendrás que aprender a vivir dentro de un cuerpo que te resulta extraño, que no va acorde con tu cabeza y que te obliga a parar cuando tu cerebro esta trabajando al máximo nivel. Y créeme cuando te digo que esas dos cosas son tan incompatibles como la nieve en verano o el amor con los tiempos que corren.

Tampoco puedes saber cómo expresarte. Si lo haces, la gente empatizará contigo, te entenderán e incluso pueden que te tomen algo de cariño y eso sería un hito nuevo en esta historia.

Puedes pensar que eres buena en algo. En tu trabajo, en tu vida social o en una actividad en particular. Pero sólo puedes elegir una cada vez y sólo por un ratito. Si realmente te das cuenta de que vales más de lo que nunca sentiste, no vas por el buen camino. Quizá puedas ser otra persona, pero desde luego no eres yo.

Créeme, no quieres ser como yo. Ni tan siquiera yo quiero ser como yo.

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Despojar a una mujer de la camisa

encierra en sí una intriga y una apuesta

un acertijo serio, un duelo inmenso

una aventura, un azar, una promesa.

Despojar a una mujer de la camisa

nos propone un enigma irresoluble

una cábala distinta en cada hombro

un olor a verano en los ojales

que nos contagia de la urgencia del bandido

y nos hace desear que el tiempo pare.

Liberar cada botón, un regocijo

donde la yema del dedo se nos quema

el contacto con el nácar nos embriaga

y la palma de la mano redondea

el prodigio de la curva femenina

que nos llama como el agua a la marea.

Despojar a  una mujer de la camisa

nos convoca a misterios de otros tiempos

nos contrata a destajos infinitos

y nos hace generales sin su guerra.

Una mujer sin botones en su blusa

contiene irreverencias siempre ignotas

cortesías de la piel que no entendemos

armonías incansables y estivales

estridencias, recovecos y hambres fieras.

Despojar a una mujer de la camisa

nos hace levantar nuestra mirada

al vuelo ya iniciado de la tela

como niños mirando una cometa

y bajarla en la caída al blanco tibio

que nos muestra otro país tras la frontera.

Despojar a una mujer de la camisa

tiene consecuencias a futuro,

los arboles se inclinan a tu paso

acelera el respirar, se mira al frente

nuestros ojos aletean como mirlos

los latidos se adelgazan y en un punto,

en la alcoba se desparejan los zapatos

y en la ciudad se trabaja sin sentido.

Despojar a una mujer de la camisa

nos guía firme el timón, alta la proa

y nos saca al mar azul en cada hilo

con un rumbo inevitable hacia la alcoba.

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Sensaciones (I)

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Alicia se acercó pausadamente a la ventana sur de la sala. El sol de Julio golpeaba violentamente las lamas exteriores y parecía escarbar  virutas de barniz de aquella madera centenaria. Eran las cinco en Florencia.

Al tocar la madera, rugosa ya por el paso de los años, le alcanzó la yema de los dedos un calor vivo y orgánico que le recordó al roce de los dedos de Mario. No supo calcular con exactitud, pero al menos hacía tres años que no le veía. Y la última vez había sido en aquella habitación con vistas. Se acercó más a las lamas convirtiéndose en la mujer cebra que entornaba los ojos para poder vislumbrar las aguas verdes del Arno deslizarse justo en la otra acera. Y viendo aquel agua deslizarse como una caricia aceitosa, sintió también entonces el tacto fluido de sus grandes manos en los hombros. También fue en Julio, ¿no? Apenas le había oído acercarse, más le intuyó, como una presencia animal, y al instante su respiración suave en el cuello frágil y erizado. El soplo lento, el ritmo del aire viajaba adelante sobre su piel y volvía hacia atrás hacia los pulmones que ella solo adivinaba. Él permanecía en silencio. Las fuertes manos se deslizaron hacia abajo pero no lo suficiente para sobrepasar la blanca tela de lino. Excavaron surcos profundos de calor entre sus costillas, pero allí se mantuvieron sin moverse ni un milímetro. El tiempo se detuvo y el tic tac del reloj sobre la chimenea de mármol dejó de oírse. El aire de la respiración masculina se apagó y dejó de acariciar su nuca enervada. ¿Qué hora era? ¿El Arno seguía fluyendo? Era imposible. Supo sin mirar al río que el agua se había parado. La quietud de las manos, la perla de sudor detenida en el labio, los tendones tensándose bajo su fina piel de papel arroz. El verano se paró bajo las manos de Mario y el corazón de Alicia dejó de latir en aquel instante de años. Tanto silencio, la presión apenas deslizada de las manos. La enorme presencia que intuía como un país entero detrás de ella, como un ejército armado y silencioso. Suplicó en silencio que el momento no acabase. Que aquella incandescencia continuara quemando la casa una hora más. Un día más, una vida. Que la camisa no cediera, que las manos no bajaran, que el Arno resistiera embalsado. Notó la perla de sudor deslizarse cruzando el labio entreabierto. Florencia se licuaba entera desde aquel salón en el Lungarno.

Sonó el timbre de la puerta y él respiró como un vendaval sobre su nuca. Mario giró con brusquedad sobre sus talones y fue a abrir. El mundo entonces metió primera y arrancó ruidosamente.

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Mi Bella Durmiente

La reina miró a su rey justo cuando su orgasmo se hizo inevitable. Y en ese mismo segundo, después de 10 años de compartir lecho con su amor, supo que iba a ser madre. Mordió la lengua de su marido y, apretando aún su cuerpo contra sus muslos, le susurró al odio: ¡Esta vez, sí!

Y llegó ella. Y con su llegada colmó de felicidad a sus padres y a todo el reino. La bella Aurora brillaba con luz propia en aquel castillo de vicio y perdición. Y las hadas del reino acudieron encantadas a palacio a regalar sus hechizos a la recién nacida: tus labios serán tan dulces que nadie podrá besarte solo una vez, tus manos serán tan suaves que hombres y mujeres temblarán sin remisión bajo tus caricias, tu sexo será tan caliente que hasta los caballos querrán vivir dentro de ti…Y así se sucedieron los bellos deseos hasta que llegó Morgana. Roja de rabia y celos, cambió virtud por castigo y dijo así: Cuando el deseo de tu amado te envuelva y a tu sexo acceda apremiante, caerás en un sueño eterno del que no podrás despertarte. Y marchó dejando una corte desolada tras de sí.

16 años estuvieron escondiendo a Aurora de cualquier muchacho. Aun cuando la última hada buena hubo mitigado el horror de aquel presagio, el peligro era demasiado. Ya no sería un dormir sin fin: despertaría si podía ser tan deseada, que fuese besada con pasión, aun a costa de la propia muerte del incauto ardiente.

Ignorando esta maldición que cargaba sobre sus dulces hombros, una mañana en el bosque, Aurora encontró un leñador. Cortaba leña sin descanso. Su cuerpo se dibujaba perfecto y potente a través de su humilde atuendo, y ella cayó presa de un nuevo deseo, de una urgencia sin conocer. Y se acercó para tocarle, mientras él soltaba rápidamente su hacha y buscaba los labios de Aurora. Y la besó una y otra vez hasta que sus pantalones no pudieron contenerlo. Desnudó jadeante a la febril Aurora, que abrió sus piernas, deseosa de recibir al leñador. Y en ese instante justo en que sus sexos se tocaron, la joven cayó muerta en brazos de su ardoroso amante.

Así, inerte y sin vida, permaneció hasta que ,100 años después, un apuesto príncipe la encontró tendida en un lecho de flores en el bosque, a los pies de un letrero que rezaba: No besar, peligro de muerte. No pudo dejar de contemplar extasiado la extremada belleza de Aurora: su delicada piel blanca, sus largas pestañas, sus rosados labios carnosos, sus jóvenes pechos apuntando al sol y sus largas piernas abiertas. Sin poder evitarlo, iba acercándose lentamente hacia la muchacha y sin remedio, olvidando el aviso, selló sus labios con el beso mortal tanto tiempo esperado. Muerto el príncipe, resucitó Aurora que, viendo su cadáver desconocido a los pies del lecho, pasó sin pudor por encima, y de una gran zancada, se adentró en el bosque rápidamente, en busca de su leñador 100 años soñado.

Publicado en Curso Escritura, Escritura diaria

Ojala tu…

Ojala tu con una loca como yo que te haga posar tus pensamientos en el limite del cielo, que con una sonrisa te haga olvidar todas tus penas, que en cada suspiro grite tu nombre en el rincon mas prohibido de la calle mayor, que con un «venga tio no es para tanto» te haga perder los pantalones, que con sus locuras te haga sentir vivo en este puto mundo que cada dia te regala una oportunidad para sentirla, tocarla, amarla…

Publicado en Curso Escritura, Relato

Mi bella durmiente

En el castillo, todo era alegria. No se había visto una niña igual en todo el reino. Desprendia una luz que embriagaba a todos los asistentes y, así, fueron llegando de todos los rincones con sus bendiciones.
Ay, la pobre bruja mala, que estaba en casa comiéndose las uñas ya que, el que fuera el amor de su juventud habia elegido a una reina, digamos más adecuada. Desde luego la niña hubiera salido más resultona siendo suya.

¿Podría colarme en sus aposentos mientras duermen, con una capa de noche, a hacerle recordar lo que en su lecho pasaba de joven? -pensaba la malvada-  Espera un momento… ¡en dormir está la clave! Ahora mismo me pongo el ahumado en los ojos y me lanzo al bautizo multitudinario, que seguro que no piden invitación ¡A esa niña la duermo yo como que me llamo Malefica!

Y allá que se fue, con su esencia de morfeo recien destilada dispuesta a todo. Pero entre tanta hada buena era muy difícil hacer un conjuro en condiciones.

Después de una larga espera en la cola, ya era su turno en la cuna real pero lo único que podía ver eran esos ojos azules que la llevaban por la calle de la amargura. Los mismos ojos que brillaban al verla allí.  Seguro que fue sólo un segundo pero a ella le parecieron horas. Pero tenía un trabjo que hacer. Estaba ya apunto de abrir el bote del sueño cuando su rey se levantó, como impulsado como un resorte, la cogió en brazos y saliendo del castillo gritaba » Maléfica, siempre has sido mi mejor mala compañía»

Y tirando la esencia de morfeo al pueblo, los dejó dormidos para siempre, niña y esposa incluidas, y Maléfica y su Rey vivieron felices y comieron perdices.

Publicado en Cadáver exquisito, Poesía, Teatro 2015

Cadáver exquisito (III)

En cualquier parte nace un verso que convierte el mundo en un sitio mejor. En un lugar dónde quedarse. Quieto, inmóvil, muerto, en una vida que siempre pensé que no me correspondía porque yo siento que mi vida no puede continuar de fresa y chocolate.

Y me muero en sus ojos verdes cada vez que me mira. Es que no puedo pensar en nada que no sean tus manos en mi cuerpo desnudo, como estaba en su cama, empotrandome como nadie. Me tocó como nadie. Me mordió la lengua que buscaba el fondo de su boca, y mis dientes se clavaron en sus labios rojos y carnosos, manos que se posan en mi culo. Tan alto que nunca soñaste llegar. Buscame entre sabanas que me recubren lo justo, aunque tampoco inporta. Nunca más nada importaría, sólo su lengua en mi sexo.

Publicado en Cadáver exquisito, Poesía, Teatro 2015

Cadáver exquisito (II)

Maria se levanta cada mañana y se arrastra. Su corazón estalla en mil pedazos. Ya no sé si es de noche o de dia, porque el sol sale a cualquier hora, para saltar los muros de los miedos, y por fin logramos lo que siempre soñamos, lo que nunca nos atrevimos, corriendo desnudos como haciamos cuando nos escondiamos en aquellas playas de arena fina y sus aguas bañaban mi razón.No pude más y me dejé llevar.

A ti, tan tonto, que me ignoras. Ya te pedí perdón ¿Qué más quieres hacer conmigo? Vuelame más allá de los sentidos, arrancame la ropa y hazme sentir como si nunca me hubieran follado así, rompiendo mi boca juguetona, y entonces, mi risa me acompañó y se murió de repente.

Sangre viva, pasión, en tu cuerpo, nos amamos en la noche hasta que ya no tengo manos sin tu olor, no versos que no te nombren junto a mis tetas. La izquierda, la derecha, que más da.